jueves, 2 de diciembre de 2010

MUNDO GRÚA (LA BREVE Y SENCILLA HISTORIA DEL RULO)



Título: Mundo Grúa
Dirección: Pablo Trapero
Guión: Pablo Trapero
Con la asesoría en la estructura de: David Oubiña
Fecha de Estreno: 17 de junio de 1999

Equipo Técnico

Producción: Lita Stantic y Pablo Trapero
Producción ejecutiva: Pablo Trapero
Productor asociado: Lita Stantic
Coordinación de producción: Cristina Vargas
Jefe de Producción: Fiona Heine y Hernán Musaluppi
Asistente de Dirección: Ana Katz
Fotografía: Cobi Migliora
Cámara: Cobi Migliora
Dirección de arte: Andrés Tambornino
Montaje: Nicolás Goldbart
Sonido: Catriel Vildosola y Federico Esquerro
Asistente de producción: Matías Mosteirín
Ayudante de cámara: Cristian Vega

Reparto: Luis Margani, Adriana Aizemberg, Daniel Valenzuela, Roly Serrano, Federico Esquerro.


Todos sabemos quien fue Roberto Arlt aunque no nos animemos a hablar mucho de él. Notable escritor argentino son de su autoría “Las aguafuertes porteñas”, pequeños e inteligentes escritos, relatos, impresiones, pensamientos, radiografías del ser porteño, sus miserias, sus lugares o espacios, su mentalidad, prejuicios y sentimientos, pobres y cosmopolitas. He aquí uno de ellos, luego explicaremos por qué su transcripción:


La Isla Maciel es rica en espectáculos brutales. En ella no se puede deslindar, por
momentos, dónde termina el cañaveral y empieza la ciudad.
Tiene calles terribles, dignas de la cinematografía o la novela.
Calles de fango negro, con puentecitos que cruzan de casa en casa. Los perros,
en fila india, cruzan estos puentes para divertirse, y es regocijante verlos avanzar
un metro y retroceder cincuenta centímetros.
Hay calles a lo largo de sauzales, más misteriosas que refugio de pistoleros, y un
tranvía amarillo ocre pone sobre el fondo ondulado de chapa de zinc de las casas
de dos pisos, su movediza sombra de progreso.
En cierta direcciones, a las once de la mañana, en la isla parecen las tres de la
tarde. No sabe si se encuentra uno en una orilla de África o en los alrededores de
una ciudad nueva en la península de Alaska. Pero es ostensible que los fermentos
de una creciente civilización se están fraguando entre los chasquidos de idiomas
raros y los “overloes” de los hombres, que cruzan lentamente caminos paralelos a
las vías que no se sabe a dónde irán a parar.
Pero el espectáculo que más llama la atención al entrar en la isla, a pocos
metros del puente del Riachuelo, es una guardia de veinte gigantes de acero,
muertos, amenazando el cielo con los brazos enredados de cadenas, abandonados quizá hasta la oxidación. Son veinte grúas que hace algunos años trabajaban
frente a la costa de la Capital.
Un día, resultó que el frigorífico hizo nuevas instalaciones, que las convirtieron
en superfluas, y que desde entonces no han vuelto a moverse sus poderosos brazos
de acero, cosidos por largas filas de remaches.
Y es extraordinario ver estos mecanismos abandonados, enfilados en los rieles
de la orilla, y enrejando el cielo de azul cobalto con sus brazos en V, oblicuos y detenidos
en la misma dirección. Parece éste un paisaje de algún cuento fantástico
de Lord Dunsany.
De roldanas negras, cargadas de grumos de grasa y hollín, caen las cadenas de
eslabones partidos, y en esa alta soledad de hierro frío y perpendicular, un chingolo
salta de una polea a un contrapeso.
Y nada más sombrío que este pajarito revoloteando entre hierros inútiles, tirantes
de hierro mordidos por la oxidación. Él da la sensación definitiva de que esas
toneladas de acero y de fuerza están muertas para siempre.
Ni las casetas de los maquinistas se han librado de la destrucción.
Los vidrios han desaparecido totalmente, los marcos de madera, agrisados, se
hienden y se parten, y como una blancura de hueso de esqueleto es la blancura de
la masilla que en los contramarcos se desprende lentamente para seguir el camino
de los vidrios. E incluso el mango de madera de las palancas de los guinches se ha rajado, en la incuria del tiempo y sus inclemencias.
Todo revela la destrucción aceptada.
El malecón, donde cruzan los rieles que soportan estos guinches, también se
desmorona. Numerosas tablas del piso han desaparecido, y las que quedan blanquean
como osamentas de dromedarios en el desierto, y por estos huecos, que
dejan escapar un viento áspero, se escucha como chasquea el agua morena.
Retorcidos y rojizos quedan, de lo que fue, los clavos de cabeza cuadrada y matas
de pasto verde.
Y por donde se mira en torno de esas veinte grúas, enfiladas como condenados
a muerte, o patíbulos, no se contempla otra realidad que la paralización de
la vida. En los carriles, las ruedas parecen petrificadas sobre sus ejes; bajo las
bóvedas de sus cuerpos piramidales han construido refugio los desocupados y
los vagos, y secándose al sol, colgadas de sogas, se mueven las ropas recientemente
lavadas.
Mientras tomo apuntes, por allí sale de debajo de una grúa un criollo ciego,
con bigotes blancos. Un cocinero de una chata, a gritos despierta a un vago para
ofrecerle de una fuente las sobras de una tallarinada, y únicamente mirando
hacia el puente, o hacia el agua, o a los bares de la vida se olvida uno de este
espectáculo siniestro, que encarnan los veinte brazos, enguirnaldados de cadenas
hollinosas, enrejando el cielo de un azul cobalto, entre la desgarrada forma
de sus dobles V.
“Grúas abandonadas en la isla Maciel”
Roberto Arlt, en: Aguafuertes porteñas,
Buenos Aires, Ediciones Nuevo Siglo, 1996.


En realidad esta nota trata sobre Pablo Trapero y su ópera prima “Mundo Grúa”, así reza el título. Película que realizó en 1999, con la producción de Lita Stantic, y actores improvisados. Tenía 27 años, y muy pocos recursos, como Arlt, cuando escribió estas aguafuertes para el diario “El Mundo”, allá por 1928. Hace poco tiempo atrás escribimos sobre “Carancho”, a la que vamos a situar en otra categoría, en otro orden, de su filmografía, pero que así y todo guarda rasgos y cierto sesgo de “Mundo Grúa”.

El “Rulo”, Luis Margani, tiene aproximadamente 50 años. Como en “Marty”, film de Delbert Mann, del que ya hemos hablado, su vida se mueve en forma pausada y sencilla. Arregla cualquier fierro que se le ponga adelante a duras penas y dándose mucha maña. Pero en este momento de su vida una máquina (grúa) inmensa, monstruosa, puro “fierro”, a la que intenta domar, de alguna manera interfiere en su calma y tranquila vida, y un aparato burocrático que cuida de la salud de los trabajadores, las famosas ART, otro engendro, lo expulsa de ese medio, de su trabajo. La película comienza con la imagen de las máquinas, Trapero recorre esos triangulares hierros como brazos, que se mueven lentamente, de un ser inhumano y sin alma. Presagia no lo mejor para Rulo. Más bien describe, en un blanco y negro primitivo y descarnado, no sólo ese tiempo y ese espacio del protagonista, sino también un mundo insensible, lleno de pequeñas historias, de seres sencillos y previsibles aguafuertes. No hay muchas expectativas, su hijo adolescente así lo expresa, su madre adaptada como pez en el agua se mueve como una olvidada pensionada, y la mujer que presuntamente podría convertirse en su compañera adopta el pragmatismo de la resignación y el destino consabido. Sus amigos, son amigos, nada más, para pasar el rato y hablar de bueyes perdidos.

Arlt incursionó dentro de estos mundos. “Las aguafuertes porteñas” destilan estos personajes, describe como ninguno los restos oxidados de los fierros retorcidos, “los tirantes de hierro mordidos por la oxidación”, cruel metáfora de un estado socio-económico, de un estado mental, presagio del derrumbe y el abandono. Trapero, arranca con esta metáfora, pero los restos se convierten en verdugos, los mundos se tornan inhumanos, la bondad de Rulo es la insensatez de la esperanza vana e irrealizable, y el destino, que en Arlt es la irracionalidad y el vandalismo, en Trapero vacía y aliena los personajes, los hombres y mujeres que creyeron y siguen creyendo en la vasta y grandiosa Argentina, hasta en el salvaje y olvidado sur. Así le fue.

La película fue hecha en 1999. Quién, en esos momentos, después de 10 años de despojo y vaciamiento “patrio”, con la desesperanza de lo que viene, sin una visión optimista del horizonte incierto, al borde del colapso económico e institucional que se avecinaba, podía plantearse, a los 50 años, volver a crear un proyecto de vida. Trapero fue criticado por esta visión distópica, negra, de nuestro futuro. Así, como Arlt, fue vilipendiado por “Los siete locos”, “El jorobadito” o “El juguete rabioso”. Es que la Argentina estaba saliendo de la presidencia de Marcelo T. de Alvear y se perfilaba la 2da. presidencia de Yrigoyen; en ese contexto la escritura de Arlt, sus metáforas y sus desquiciadas figuras mostraban la confusión existencial del hombre argentino, o, mejor dicho, del porteño “camandulero” o “bonafide”. Estos cuadros arltianos, llenos de irónico costumbrismo, fatalismo intelectual, y sucio realismo dieciochesco, crean micromundos cerrados e indiferenciados, donde Rulo vegeta su moralidad y su ética urbana decadente para terminar estrellándose contra la meseta patagónica, maniobrando máquinas aún más tenebrosas que las de su gran urbe porteña. Pero, a la que, al final, volverá irreductiblemente, cansado, sucio y abatido por un destino signado por lo irremediable en esta Argentina de ásperas geografías y fáciles urbes para la conquista. Tanto en Arlt como en Trapero, y no creo que haya en algún otro, se observa esa capacidad de haber descripto, con tanta fidelidad, la falacia de los grandes mitos urbanos o la irracional idea de la fácil conquista de lo ignoto del paisaje patagónico, sus agresivas dimensiones o sus mortíferos ambientes, con sus gentes ásperas e intratables. Tuvo, Arlt, que inventar palabras, “fiocas”, “semejantas”, “overloes”, para encontrar el término adecuado por el cual lograr el reflejo que llevara a entender, no sólo su concepción del mundo, sino su lugar, su estar y su tiempo. Trapero, con sus simples diálogos que apenas comunican, con sus reflejos urbanos que apenas iluminan, y sus planos larguísimos de una tierra inconquistable, incursiona en la misma actitud de la desfachatez semántica de querer explicar con pobres y oxidados recursos la compleja vivencia de personajes olvidados en las colosales dimensiones de la porteña ciudad y el desierto árido y despojado del sur argentino. Dos geografías se entremezclan en “Mundo Grúa” y pugnan por sobresalir, como tratando de que alguien les explique cuál es la verdadera Argentina; o son dos Argentinas ¿por qué no?, la del Rulo, urbana donde, como dice Arlt:
“Vigilantes, canillitas, ‘fiocas’, actrices, porteros de teatro, mensajeros, revendedores, secretarios de compañías, cómicos, poetas, ladrones, hombres de negocios innombrables, autores, vagabundas, críticos teatrales, damas del medio mundo; una humanidad única, cosmopolita y extraña se da la mano en este único desaguadero que tiene la ciudad para su belleza y alegría ... Y libros, mujeres, bombones y cocaína, y cigarrillos verdosos, y asesinos incógnitos, todos confraternizan en la estilización que modula una luz supereléctrica”. (“Corrientes por la noche” El Mundo 26 de marzo de 1929), y que en el film se refleja en los cuchitriles, los autos de antiguos modelos que apenas ruedan, las construcciones que desplazan lo viejo apelando a máquinas deshumanizadas, los multikioskos que a duras penas se mantienen, o la pizza, la birra y el faso de una juventud sin horizonte. Y aquella otra a la que no se sabe cómo se llega, en los confines inhóspitos del sur que no existe. Esta es la diferencia entre Arlt y Trapero, por lo menos este último se animó a ir más allá. Mientras que lo urbano en el primero domina prácticamente todo, la pluma de la grúa de Trapero se yergue sobre nuestros confines y nos lo muestra en su verdadera dimensión y angustia.

Habíamos dicho en otra ocasión que el neorrealismo italiano fue un producto incomparable de las tremendas guerras europeas del s. XX, y que Italia había sido como un campo experimental de una concepción del hombre descarnado, cruel y expoliador de sus semejantes, asentado sobre las deshumanas conquistas de los países que se habían enriquecido sobre la explotación de los grandes continentes, Asia, África y América. El cine generado sobre estas bases socio-antropológicas, constituyó un movimiento rico y profundo, había bebido, nada menos, de los movimientos fascistas, la Alemania nazi, el Reino Unido real y deshumanizado, y de otros países (España, Portugal, Bélgica, Holanda, etc.) cuyas historias se habían desarrollado entre la conquista y la propia pobreza de la Europa decadente. Por supuesto, el arte cinematográfico, sus lucidos cultores tomaron consciencia de esta realidad y realizaron obras magníficas, muchas de ellas cruzadas por una poesía incomparable. P. Ej. “Ladrones de bicicleta”, “Roma, ciudad abierta”, “Stromboli”, “La Strada”, etc.

Paddy Chayefsky, en “Marty” había descubierto que para la TV una obra podía reflejar la dudas e incertidumbres en la sencillez de la vida urbana en la sociedad norteamericana, que los personajes podían bajar del pedestal para entremezclarse entre nosotros y dialogar cosas mundanas, e incluso tener conflictos sobre decisiones vitales que podían ir más allá de lo superficial y vacío, a lo que nos tenía acostumbrado el star system. Ese cine italiano de postguerra debió haber tenido mucho que ver en este cambio.


Leonardo Favio (“Crónica de un niño solo”, “El dependiente”, “El romance de Aniceto y la Francisca”) y Lautaro Murúa (“Shunko”, “Alias Gardelito”) debieron, también, haberse percatado que podíamos hacer un cine distinto, así lo testimonian estas obras citadas, sus historias y sus personajes. En su ópera prima Trapero retoma esta corriente, bebe en estos movimientos estéticos y se involucra al poner en primer plano a Rulo, un personaje que hereda los rasgos y las expectativas vitales de ese cine. Los diálogos, cortos, francos, espontáneos; el ambiente urbano de la ciudad arltiana, las calles vacías del estridente rumor callejero, las humildes viviendas del laburante resignado, el austero manejo de los escasos recursos y los objetivos o proyectos de vida acordes con la realidad existencial de los personajes, más la cruel ignorancia en la geografía del país con toda la carga de ignominiosas situaciones y ambientes, lograron que el realizador produjera uno de los mejores films de la última década.


Hablamos de “Carancho” pero cometimos el error de no haber dejado un espacio adecuado para este film de Trapero. En realidad, el arte poética, la estética del primero está en este otro, en “Mundo Grúa”, lo que está esbozado en éste, está desarrollado en los posteriores, así como “Taxi Driver”, de Scorsese, pauta una forma de hacer cine, la pronostica y la preanuncia, Trapero nos avisa que el “Rulo”, su hijo y sus amigos pueden ser el andamiaje de conceptos distintos, de formas cinematográficas quizá más nuestras, más sinceras y menos pretensiosas.

Héctor Correa
Punta, Alta, diciembre de 2010





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