miércoles, 22 de abril de 2009

martes, 14 de abril de 2009

El curioso caso de Benjamin Button. Un relato fantástico sobre la finitud del hombre y la juventud eterna




Título: El curioso caso de Benjamin Button
Ficha técnica
Dirección: David Fincher
Producción: Paramount Pictures y Warner Bros.
Guión: Eric Roth
Música: Alexandre Desplat
Fotografía: Claudio Miranda
Reparto : Brad Pitt, Cate Blanchett


Ganadora de 3 Oscar, a la dirección artística, al mejor maquillaje y a los mejores efectos visuales, El Curioso Caso de Benjamin Button (The Curious Case of Benjamin Button) es más un trabajo de adaptación, un ejercicio formal, y un desafío cinematográfico -frente a una de las preocupaciones más antiguas del hombre, su imagen y su belleza-, que una obra con entidad propia, conceptualmente hablando. Por algo, esos tres premios se refieren, sin duda, al hombre como retrato, figura, icono, como apariencia y como levedad. Y no sólo eso, el eje es quizá la imposibilidad de volver a vivir una vida, la imposibilidad de replantear una vida, y la imposibilidad de recrear una vida que fue, que ya transcurrió y que indefectiblemente tiene un fin con la muerte.

La historia, el cuento, en realidad, es muy interesante, y es lo que más convoca nuestra atención. No hay duda que es realmente curiosa. Su autor, Francis Scott Key Fitzgerald (1896-1940) la escribió en 1921, antes de publicar su obra maestra “El gran Gatsby”, preocupado por un contexto social banal, vergonzoso y artificioso, que lo incitó a tratarlo contando una historia al revés, es decir donde el protagonista nace viejo y muere como si naciera, esfumándose, disolviéndose, desapareciendo en la nada. Las últimas frases del cuento son realmente de una calidad literaria extraordinaria:



“ …Le gustaba mucho tomar del perchero un gran bastón y andar de acá para allá golpeando sillas y mesas, y diciendo: «Pelea, pelea, pelea». Si había visita, las señoras mayores chasqueaban la lengua a su paso, lo que le llamaba la atención, y las jóvenes intentaban besarlo, a lo que él se sometía con un ligero fastidio. Y, cuando el largo día acababa, a las cinco en punto, Nana lo llevaba arriba y le daba a cucharadas harina de avena y unas papillas estupendas.
No había malos recuerdos en su sueño infantil: no le quedaban recuerdos de sus magníficos días universitarios ni de los años espléndidos en que rompía el corazón de tantas chicas. Sólo existían las blancas, seguras paredes de su cuna, y Nana y un hombre que venía a verlo de vez en cuando, y una inmensa esfera anaranjada, que Nana le señalaba un segundo antes del crepúsculo y la hora de dormir, a la que Nana llamaba el sol. Cuando el sol desaparecía, los ojos de Benjamin se cerraban, soñolientos… Y no había sueños, ningún sueño venía a perturbarlo.
El pasado: la salvaje carga al frente de sus hombres contra la colina de San Juan; los primeros años de su matrimonio, cuando se quedaba trabajando hasta muy tarde en los anocheceres veraniegos de la ciudad presurosa, trabajando por la joven Hildegarde, a la que quería; y, antes, aquellos días en que se sentaba a fumar con su abuelo hasta bien entrada la noche en la vieja y lóbrega casa de los Button, en Monroe Street… Todo se había desvanecido como un sueño inconsistente, pura imaginación, como si nunca hubiera existido.
No se acordaba de nada. No recordaba con claridad si la leche de su última comida estaba templada o fría; ni el paso de los días… Sólo existían su cuna y la presencia familiar de Nana. Y, aparte de eso, no se acordaba de nada. Cuando tenía hambre lloraba, eso era todo. Durante las tardes y las noches respiraba, y lo envolvían suaves murmullos y susurros que apenas oía, y olores casi indistinguibles, y luz y oscuridad.
Luego fue todo oscuridad, y su blanca cuna y los rostros confusos que se movían por encima de él, y el tibio y dulce aroma de la leche, acabaron de desvanecerse. Fin”


Por supuesto, no podemos hablar mucho, aquí y ahora, sobre la teoría del cuento, menos sobre su historia. Ya lo trataron los grandes autores, lo hicieron y lo estudiaron en todos sus aspectos. Investigaron su origen, su desarrollo, sus formas, su evolución y sus peculiares características. Y, por supuesto, sus conexiones con el cine, resaltando su estructura, sus cuestiones formales, y su influencia sobre los contenidos, las historias y los temas que abordó. Pero, también, sus dificultades, problemas y aristas a la hora de su adaptación al lenguaje cinematográfico. Este es el asunto cuando abordamos este cuento de F. Scott Fitzgerald y su traslado a la imagen del cine.

Se me ocurre que David Fincher, su director, o su guionista (también de “Forrest Gump”) Eric Roth quedaron impresionados ante semejante relato teniendo en cuenta el año en que había sido escrito. El desafío era magnífico, nada menos que contar la vida de un individuo, sea quien fuere, de atrás para adelante, no un cuento desde el final para ser un poco más claro, sino sobre alguien que vive su vida al revés, o sea que nace viejo y muere siendo un recién nacido . Y habrán pensado, también se me ocurre, acerca de la implicancias existenciales y filosóficas que tal empeño les traería. El mito del eterno retorno, y el de la fuente de la juventud eterna, impregna toda la historia. Lo fantástico tiñe el relato desde su comienzo, y el fatalismo tratado como una fina ironía nos brinda la claridad de una concepción profundamente existencial sobre el paso del hombre sobre la tierra, llena de vana apariencia y deseos de eterna juventud. Si en el cuento era evidente esta idea acerca de la “levedad del ser”, en la película la angustia que transpira se cierne sobre sus protagonistas ante la imposibilidad de no poder detener lo impostergable y lo indefectible, sensación que se acrecienta o se potencia con sólo pensar en lo inevitable del rejuvenecimiento hasta su mínima expresión o hasta su estado más tierno y verde como vida –que ya es muerte-. Vida que se transforma en tránsito, en disolución, al fin de cuentas. El film es una adaptación libre del cuento, hay muchos aspectos tratados de manera diferente, como ser que Benjamin nace viejo, con un cuerpo normal y una larga barba blanca, mientras que el Benjamin de Fincher nace como un bebé, arrugado, feo, y deforme por su senectud. Pero si bien esto es anecdótico, lo importante es ver en el cuento cómo un hombre anciano de 70 años va rejuveneciendo y adoptando las formas corporales del paso de los años hacia atrás, en tanto que en el film el recién nacido-anciano (80 años), que lo vemos como casi un monstruo, va creciendo como un bebé normal, pero rejuveneciendo, y embelleciéndose como un personaje legendario, maravilloso, mágico o de cuento de hadas. Y esto es importante ya que el realizador apuntó, sin duda, hacia la concepción mítica moderna, producto de los medios audiovisuales, entre ellos el mismo cine, sobre la juventud eterna y la belleza corporal, cuando en realidad Scott Fitzgerald ironizó sobre la situación vergonzosa o vergonzante de la deformidad en la sociedad de la década del veinte, imposible de tolerar en ciertos estamentos de niveles socio-económicos en franco apogeo.

De todas maneras, y analizado el film, las secuencias se van sucediendo y el film se va desarrollando tanto como la historia cronológicamente va incursionando en los distintos aspectos temáticos o históricos con la natural sucesión de las épocas construidas con cierto detallismo y verosimilitud. La imagen del reloj que gira en sentido contrario, y que, aparentemente, desencadena la serie de sucesos que dan sentido a la película, es muy elocuente y gráfica, tanto por su uso frecuente y repetitivo en la historia de la narrativa (cine o literatura) para situarnos temporalmente, como por su aporte contradictorio e incoherente con la sucesión natural de los hechos que narra. Desde el punto de vista del relato todo evoluciona, los personajes y las distintas ambientaciones según los años o los sucesos se van produciendo. Diríamos que es construido el film sobre una estructura convencional con aquellos aportes tan particulares, en cuanto a ciertos aspectos formales propios del realizador, sin embargo, el protagonista involuciona biológicamente, es decir, se va acercando al estado de reposo absoluto, constituyendo toda una paradoja, ya que si bien logra la tan ansiada transformación del deterioro natural de la vejez hacia el mejor estado biológico del hombre, se va acercando en forma indefectible hacia el final de su vida, para desaparecer en brazos del ser que más quiso en su vida. Una historia trágica sin duda, donde la intervención del pensamiento mágico, feérico, lo mitológico, los deseos inconscientes, y la intervención del fatalismo biológico (Brad Pitt), confluyen para quitar sin pausa el hedonismo, la ligereza y la irresponsabilidad del júbilo sin sentido de lo banal (Cate Blanchett), tal como el autor del cuento intentó referirnos.

Héctor Correa
Punta Alta, abril de 2009

viernes, 10 de abril de 2009

Cómo contribuir a generar violencia construyendo muros



Inseguridad / Crecen las quejas de los vecinos Posse insiste en continuar con el muro

El intendente de San Isidro fue criticado por la Presidenta y el gobernador bonaerense; el jefe comunal cuestionó a Scioli; incidentes

lanacion.com | Información general | Jueves 9 de abril de 2009

jueves, 2 de abril de 2009

The Reader


TITULO ORIGINAL: “The Reader”
AÑO: 2008
DURACIÓN: 123 min.
PAÍS: Estados Unidos
DIRECTOR: Stephen Daldry
GUIÓN: David Hare
NOVELA: Bernhard Schlink
MÚSICA: Nico Muhly
FOTOGRAFÍA: Chris Menges, Roger Deakins
REPARTO: Kate Winslet, David Kross, Ralph Fiennes, Bruno Ganz, Lena Olin, Alexandra Maria Lara, Linda Bassett, Susanne Lothar, Matthias Habich, Ludwig Blochberger, Volker Bruch, Hannah Herzsprung
PRODUCTORA: Coproducción USA-Alemania; The Weinstein Company / Mirage Enterprises / Neunte Babelsberg Film.

Otros films del realizador: Las Horas (2002); Billy Elliot (2000), etc.

2009: Oscar: Mejor actriz (Kate Winslet). 2009: Globos de Oro: Mejor actriz secundaria (Kate Winslet)



Este film se inscribe en esa categoría de obras donde la conciencia y el tiempo son los verdaderos protagonistas. Es difícil describir estados de conciencia con imágenes. Muchos directores, en el cine, han utilizado la voz en off para “mostrar” la conciencia de sus personajes. Proust, Joyce, Faulkner, en literatura, escribieron dejando fluir, a través de su escritura, los estados de conciencia, transformando la narración, la historia, en un río introspectivo –por utilizar alguna figura-, de sensaciones, emociones, estados de ánimo, pensamientos, en fin, un mundo interior sin interrupciones donde tiempo y espacio se funden y se alternan sin respetar la cronología de los hechos, ni la precisión en la ubicación espacial, dándonos la impresión de que personaje y conciencia son un sólo ente; narrador y conciencia conforman un sólo y único creador. Por supuesto, esta técnica, desde el punto de vista formal, ha presentado numerosas variantes y estilos. En cine, Bresson ha dado obras maestras –que hemos mencionado en otra nota-, y Alain Resnais (“Hace un año en Mariembad”, “Hiroshima mon amour”, etc.) se constituyó, luego, en el autor de cine por excelencia de esa forma expresiva tan particular como polémica.

Hablamos de la conciencia individual, del fluir de la interioridad de hombres y mujeres, personajes de la obra, y de una forma de narrar donde el objeto y el sujeto se funden para conformar la historia, llena de símbolos, detalles, metáforas, alegorías, imágenes, escenarios, donde se desarrollan conductas extrañas, pletóricas de significación y aparente incoherencia. Silencios que dicen mucho, y diálogos que dicen lo que no quieren decir. En fin, un universo en donde el objeto, el mundo exterior, se pierde en un enjambre de rica y compleja interioridad como no puede ser de otra manera en la conciencia de cualquier hombre. Esto han querido transmitir estos autores, y han producido, como resultado, extraordinarios productos creativos y de expresión estética proyectándose a través de la historia del arte en todos sus géneros y modalidades.

Incluso la memoria, generalmente elemento provocativo y generador de esa voz interior, ha cumplido y cumple un rol preponderante a la vez que define, insinúa, explica, perfila, y personaliza las intenciones del autor cuando desarrolla su historia, ya sea con palabras o imágenes. El film, así considerado,no es ni más ni menos que un viaje a la memoria del pueblo alemán, no tanto de personajes imaginarios que en última instancia son eso en la ficción, productos de la creatividad de un autor, más bien deben ser analizados, asumidos y comprendidos como paradigmas, vehículos, reflejos y arquetipos de una conciencia colectiva sumida en múltiples interrogantes sobre su pasado e incluso su futuro.

Pero otra es la historia cuando se trata de la memoria y la “conciencia” de los pueblos, si es que poseen tales atributos. Cuando se trata de afrontar hechos, acontecimientos o períodos históricos donde la responsabilidad o el compromiso de la sociedad se enfrenta con la moral colectiva, opuesta a la individual, en algún momento, pensamos, el hombre debe hacerse cargo de sus errores o de sus conductas, más cuando atañe a los destinos como hombre primero, como nación después y por último como sociedad. El sujeto, como hacedor responsable, como parte de lo colectivo ético y moral, en algún momento vuelve sobre sus pasos y juzga, pero no sólo eso, también condena y se cobra sobre sí mismo los errores históricos.

Esta es la cuestión en “El lector”. No sólo describe la iniciación de Michael, ese momento entre ingenuo e inocente, que marca a veces y determina un futuro. También, es un camino hacia atrás, hacia la expiación y la toma de conciencia de un error. Y se interroga sobre la responsabilidad y la culpa. Hasta qué punto somos concientes de esas conductas, hasta qué punto somos responsables de aquello que en algún momento decidimos que es justo, para transformarse luego en horrendo y desequilibrado.



Hanna Schmitz, presunta responsable de conducir a la muerte a niños y mujeres, durante el período nazi en Alemania, inicia sexualmente a un adolescente de 16 años, Michael Bergos. Esto sucede en 1958. Desaparece. Y luego se reencuentran fortuitamente en uno de los juicios por los crímenes del nazismo, 9 años más tarde. Michael es un joven estudiante de abogacía, Hanna es condenada y sentenciada a cumplir una cadena perpetua. Pero tres cosas suceden de suma importancia en la vida de esta mujer que termina sus días en la cárcel. Primero, fue un soldado “incondicional” de la causa nazi y parte responsable de la muerte de judíos; segundo, inicia sexualmente a un adolescente, en medio de un contexto curioso ya que se hace leer día a día por Michael textos de la literatura universal, en especial “La odisea”, provocando de esta manera un clima de apacibles lecturas y apasionados encuentros en esos días; y tercero todo esto la lleva a la cárcel y a la muerte ¿Por qué? Sólo una simple y sencilla decisión la condena, no delata ante el tribunal su condición de analfabeta.

Una historia donde se narra el peso, la tremenda carga que constituye el pasado en la vida de una persona, en este caso, una mujer que esconde un secreto muy especial, una existencia singular, y una vida interior de una profunda y extraña confluencia y convergencia con la triste historia de la Alemania nazi. Detrás está no sólo escondido un secreto, sino además el horror y la lucha por la compasión que surge en algunos al conocer su condición de colaboradora del régimen nazi.

En realidad esta película no es sobre el transcurrir, los conflictos, las contradicciones, o la culpa de una conciencia individual. No está hecha como un mero ejercicio introspectivo de una mujer arrepentida tampoco. Ni sobre el descubrimiento de un hombre ya adulto de las miserias o los secretos de una lejana amante. Diría que esta película está construida sobre la conciencia de un pueblo, que de a poco y gracias a algunos va destapando su historia, y en especial la de aquellos que colaboraron, ayudaron o creyeron en el nazismo, desde la claridad del pensamiento hasta la oscuridad de los seres más abyectos que proveyó ese período alemán.

El relato consta de tres partes, el encuentro de Hanna con Michael; el reencuentro en el juicio 9 años más tarde; y la cárcel, con un Michael ya maduro y padre de una hija. El carácter trágico del final se inscribe en esa concepción del desarrollo histórico tan particular del país europeo, y en procurar entender, comprender, cómo se sufrió y cómo se vivió semejante cataclismo humano. Creemos que son formas de plantear la historia, en este caso, el autor de la novela, su propio punto de vista, su propia explicación, y, por qué no, su propia justificación.

Héctor Correa
Punta Alta, abril de 2009

martes, 24 de marzo de 2009

“Doubt” o el relativismo del Padre Flynn


"En la búsqueda del mal uno se aleja un paso de Dios pero se acerca uno más a su servicio"…"Tengo dudas".
Sister Aloysius



“Doubt” (2008)

Director: John Patrick Shanley (nació el 3 de octubre de 1950)
Producida por: Scott Rudin
Escrita por: John Patrick Shanley
Intérpretes: Meryl Streep, Philip Seymour Hoffman, Amy Adams, Viola Davis
Música: Howard Shore
Distribuida por Miramax Films
Octubre 30, 2008
duración: 104 min.
País: United States




Meryl Streep como Sister Aloysius
Philip Seymour Hoffman como Father Brendan Flynn
Amy Adams como Sister James
Viola Davis como Mrs. Miller
Joseph Foster como Donald Miller
Alice Drummond como Sister Veronica


Típica obra teatral, adaptada muy bien para la pantalla, donde se confrontan concepciones de cualquier índole, "La duda" está ambientada en 1964, después del asesinato de J.F Kennedy, en la Iglesia de San Nicolás, en el Bronx neoyorkino.

La “duda” en realidad no existe. Dos ideas perfectamente concebidas y asumidas en su total expresión y conceptualidad, están en juego. Dos personajes de una obra se prueban acerca de dos aspectos relacionados con la religiosidad. Por un lado, si se admite que la iglesia ha estado sumida en la sectarismo y la intolerancia; o si es necesaria la flexibilidad y la transigencia. Por el otro, si podemos dejarnos llevar por la irracionalidad de la doctrina, la intemperancia y la intransigencia; o cambios fundamentales deben producirse para que las instituciones y los hombres de la iglesia se aproximen al hombre concreto, vital y temporal.

Un caso de pedofilia es tratado en esta pieza teatral - ganadora de cuatro premios Tony y del Pulitzer a mejor pieza teatral, “Doubt: A Parable”- y luego llevada al cine. Hasta aquí, la mera lectura de la obra, la más simple, la más firme incluso, sobre la acusación, surge con algunos motivos de duda pero con la intuitiva seguridad de la madre superiora, Aloysius. Por supuesto el contexto histórico-geográfico nos hace pensar en otras alternativas para poder ubicarnos en las razones por las cuales el padre Flynn comienza su arenga de esa misa con el tema de la duda o de su duda. Tema que ocasiona una de las persecuciones más despiadadas del cine actual. Dos intenciones tendría dicha exposición, la crisis emocional y de fe que podría estar sufriendo, y el comienzo de una historia de pederastia, o una confesión trascendente acerca de las diferencias y las inclinaciones que el hombre libre tiene derecho a ejercer, más allá de la iglesia o las convicciones religiosas.

Es evidente que la alusión a la muerte de John F. Kennedy nos ayuda a situarnos en un terreno de apertura y flexibilidad cultural, económica, política y ética, que hasta ese período estaba como vedado o condenado. Poner en tela de juicio ciertas normas, o muchas normas en todos los ámbitos de la vida, incluida la religiosidad, provoca una reacción conservadora que nos obliga a recordar, ya en el sistema del cine norteamericano, en las famosas listas negras, las delaciones, y las acusaciones sin muchos fundamentos del más ríspido y enervante macchartysmo. Aparentemente la figura del presidente asesinado englobaba y reflejaba las corrientes más liberales -en términos de la concepción de la política estadounidense-, y contestatarias de los movimientos culturales y sociales de la época. Creemos que John Patrick Shanley nos remite a través de esta obra a desenmascarar la rigidez, la actitudes discriminatorias, la intolerancia y la desproporcionada actitud reaccionaria de los sectores más conservadores de la sociedad. Pero no todo termina allí con “la duda”.

¿Por qué eligió a la iglesia católica para retratar esta lucha, feroz lucha de dos de las posiciones político-religiosas más cruentas de la historia de la humanidad? Podemos vislumbrar algo al respecto.
El lugar donde se desarrola la acción. El Bronx, un barrio considerado el centro vital de Nueva York, pero donde se reúnen los obreros blancos, los negros y latinos, y además considerado un disparador de las grandes manifestaciones artísticas como el jazz y la música más popular de los EE.UU. El templo católico jugó un rol social y cultural de mucha relevancia en todo eso. Hoy, podemos hablar con ciertos fundamentos del fracaso de la ética protestante. La crisis financiera actual “globalizada” no es ni más ni menos que su resultado. Tomás Jefferson, su gran y extraordinario esfuerzo por inculcar la búsqueda de la preciosa ganancia monetaria en todos los órdenes de la vida, junto con la moralina luterana y la construcción del destino manifiesto, tendrá que ser replanteado en todos sus términos. Obama será el encargado de llevar adelante esta transformación, lo que significa pasar del librecambismo más desenfrenado al proteccionismo egoísta del sálvese quien pueda, pero ahora a la sombra del gobierno estadounidense.

Esta geografía urbana estructuró una historia –en este film- de encuentros y desencuentros interraciales, donde se ven abordadas temáticas relacionadas con la discriminación y la xenofobia, las crisis y diferencias religiosas, o las disputas internas de las grandes familias asentadas en tierra extraña. Todo en un espacio urbano, en el asfalto y en el interior de las iglesias.

Por otra parte, no nos extraña el título de la pieza teatral: “La Duda, una parábola” (escrita en 2004). Flynn, el padre, en su sermón inicial, y en los otros hasta su decisión final, utiliza, como todo el cristianismo desde sus comienzos, la parábola, quizá una de las formas o recurso narrativo más ilustrativo y esclarecedor construido por el hombre a la hora de transmitir aquello que la sola palabra no podía expresar. Junto con la alegoría y la metáfora, en la literatura constituyen la esencia misma del arte narrativo.

Andrei Tarkovski en su extraordinaria película “Sacrificio” inicia el film con esta parábola:

"Ven aquí, ayúdame, hijo mío. ¿Sabes? Érase una vez un hombre viejo que vivía en cierto monasterio. Su nombre era Pamve. Plantó un árbol seco en esta colina justamente como lo hicimos nosotros, y ordenó a su discípulo, un monje llamado Kolov... le ordenó que regara este árbol cada día hasta que brotara la vida... Cada día por la mañana Ioann llenaba un cubo de agua y subía a la colina, regaba el árbol y, por la tarde, cuando ya había oscurecido, regresaba al monasterio. Y así siguió haciéndolo durante tres años. Un agradable día escaló la colina y vio que su árbol estaba completamente repleto de flores."

En el cine, y es el gran desafío que este director (Shanley) tuvo que afrontar en su adaptación de semejante drama , las figuras trasuntadas en imágenes, la ideas y las emociones, las dudas y la firmeza de la actitudes, junto con los climas y atmósferas que tiñen la historia y le dan sentido y profundidad, tuvieron que ser manejadas a través del color que brinda la naturaleza, con sus estados de ira como la nieve, el viento, el frío y la lluvia, o sus estados de bonanza y generosidad que se traslucen en las luz otoñal, la calidez del verano y el transparente colorido de la primavera. Todo un contexto de confluencias donde la gran urbe aporta su dramática presencia, y la naturaleza su furia, su potencia, su poder y fuerza.


De todas maneras la obra es ni más ni menos que la lucha entre una fría actitud en la búsqueda de una verdad, y la dubitativa defensa de otra verdad más humana y débil, pero no menos legítima.

Sabemos, y lo hemos repetido innumerables veces y en toda oportunidad, cómo Hollywood contruye sus historias para el cine. Sean éstas adaptaciones de piezas dramáticas, de la novela universal, y bien guiones de los propios realizadores. No importa. Narran con prolijidad, con limpieza, transparencia y claridad. Sus relatos cinematográficos son fáciles de leer, de comprender, y de desentrañar. Los personajes son hombres y mujeres llanos, sencillos en sus matices y perfiles, claros en sus objetivos como firmes en sus decisiones. Son, fueron y serán pergeñados sin dudas y sin extrañas complejidades. El héroe es héroe, el cobarde cobarde y el delincuente un buen delincuente. Pero en este film, de estructura narrativa lineal y cronológicamente bien desarrollada, como siempre quiso Aristóteles, alguien plantea una duda. No cualquier duda, sino una duda que, además, elogia y pone como ejemplo de hechos, tendencias y realizaciones humanas trascendentes; es una duda cartesiana. La madre superiora escucha este extraño sermón y le provoca una rápida alarma. Alarma que corrobora con el cuento de una novicia (maestra) sobre el también extraño comportamiento del padre Flynn con un alumno negro. Enseguida aparece la sospecha de la pederastia, y se inicia una poderosa investigación, más coloquial que real, sobre la conducta del sacerdote, su pasado y su dudosa vocación religiosa. Todo se desarrolla alrededor de esta sospechosa forma de comportarse por parte de Flynn. La historia termina con el traslado del padre y un reconocimiento que la madre superiora confiesa sobre sus propia duda.

La pedofilia debe ser condenada, eliminada de este mundo, es una aberrante y deformada conducta donde lo peor es la participación del niño. El niño es la víctima, el objeto y la razón de esta espantosa enfermedad o delito. Y aquí está la cuestión y el punto central de este film. La sexualidad aberrante en manos de una religiosa intolerante, dura, férrea, imperturbable, tenaz, rígida, y un niño negro en un ámbito educativo teñido de esas mismas conductas y convicciones, en un barrio -el Bronx- habitado por gente sencilla, trabajadores de múltiple orígenes étnicos, y de una riqueza cultural privilegiada por su capacidad expansiva de variadas y múltiples formas de expresión en todos los órdenes. Quizá sobre esto un personaje irrumpe con suma claridad y fuerza en el film, me refiero a la madre del niño, y habla (en un muy bien elaborado encuentro con la Sister Aloysius) no sólo sobre su hijo, sino también sobre la relación padre-hijo, la educación religiosa, el futuro en su país para un chico negro –el primer chico negro en ingresar a esa institución educativa católica-, y la necesidad de asegurar la armonía de su familia, su progenie y su lugar en la sociedad. Todo un planteo de indudable riqueza conceptual y emocional. Una pequeña gran pieza dentro de la obra.

Este director hizo otros films que bien pueden haberse perdido en la historia del cine norteamericano. “Joe contra el volcán”, “Hechizo de luna”, “Viven”, “Congo”, y alguna más. Pero quisimos rescatar ésta, primero como adaptación y segundo por su tema, ríspido, intocable, difícil y complejo. Creemos que lo hizo bien, y no olvidamos la tradición que en esta materia tiene EE.UU, Arthur Miller, Tennesee Williams, o Edward Albee. Pero por sobre todo de esta manera afirmamos nuestra profunda convicción sobre el arte cinematográfico, aquel donde el autor vuelca todo lo suyo, sus concepciones, sus pensamientos y más que nada su profundo compromiso con el hombre.

Héctor Correa
Punta Alta, marzo de 2009

domingo, 22 de marzo de 2009

Televisión, sexo y sociología o cómo promover el envilecimiento, la degradación y la ignorancia supina




Televisión, sexo y sociología

Varios estudios muestran que las muy criticadas telenovelas brasileñas tuvieron una influencia positiva en temas como igualdad de género y violencia familiar

lanacion.com | Enfoques | Domingo 22 de marzo de 2009

 LANZAMIENTO DEL LIBRO  "EJERCICIOS CRÍTICOS SOBRE CINE" PRELUDIO  "El cine es la música de la luz”Abel Gance "Esta músi...