martes, 16 de diciembre de 2008

SOBRE LOS PREMIOS EN PUNTA ALTA




Dos premios, instituidos para celebrar y galardonar aquellas instituciones y personas de Cnel. Rosales que se abocan o se hubiesen abocado a crear hechos o productos culturales, han cobrado cierta relevancia desde los albores de la ciudad, y del distrito todo; uno con el advenimiento de la democracia post-dictadura, allá por la década del 80, llamado “Alfil”, y el otro, estos últimos años, institucionalizado, similar y casi hijo del otro, generado por el gobierno municipal. No es lo mismo hablar de uno y del otro como “acontecimientos culturales”, entendidos como genuinos y naturales, para poder describirlos e identificarlos, ya sea desde el punto de vista cultural, político y/o administrativo. Uno no fue igual al otro. El “Alfil” (1985) fue generado, desarrollado y luego abandonado por una ONG, “El Círculo de Ajedrez”, entidad constituida por –en aquellos tiempos- gente joven y pujante, idealista en muchos aspectos, con muchos deseos de transformar una pequeña ciudad en un gran pueblo. Qué otra cosa inspiró a ese grupo que crear los fundamentos de la pertenencia y la identidad tan discutidos y nunca bien definidos. El otro, actualmente vigente, tiene otras características, otras connotaciones y otros objetivos políticos y culturales. (Creo que aún hoy no se conocen con claridad los fundamentos o las últimas intenciones de galardonar un medio periodístico junto a una peña folclórica). De este último dos cosas se pueden rescatar en la entrega de este año, el mensaje de Rosa Guimaraes Amores, y el rescate del olvido de dos maestros de una de las actividades artísticas milenarias, aquí y en el mundo entero, la cerámica, actividad realizada a veces en el anonimato y sin apoyo alguno en especial de aquellos que quisieron “administrar” la cultura por estos lares.

No es igual hablar de ciudad con respecto a Punta Alta, que hablar de pueblo. Ciudad, como entidad urbana, tiene características muy distintas, no sólo en cuanto a las dimensiones o servicios, o concepto político, de lo que entendemos por pueblo, donde prevalece el sentido de pertenencia y la conciencia del ser y del estar como lugar, con una historia bien clara y definida para sus habitantes.

Esta breve introducción sobre dos conceptos y dos hechos culturales quizá sirvan para encuadrar o enmarcar un poco la naturaleza de cada uno de ellos, quizá productos de una comunidad que aún navega sin mucha determinación y conciencia acerca del lugar que ocupa en la región.

La docente Rosa Guimaraes Amores, con mucha experiencia y sabiduría, al recibir uno de los premios, mencionó a Punta Alta como pueblo, más que como ciudad, recalcando que la cuestión no pasa por las dimensiones, sino más bien por esa conciencia que se nutre de pertenencia y arraigo.

La concepción urbanística de ciudad implica definir el perfil más frío y descarnado de nuestro lugar ¿Nos interesa a la hora de describir o descubrir nuestra cultura? Creo que no. Un alumno de geografía decía que a la hora de definir el concepto de ciudad entraban a jugar términos cuantitativos y cualitativos. Si un núcleo urbano destinaba menos del 25% de su actividad económica al sector primario, éste podía ser considerado “ciudad”, independientemente de su población censada. Ahora, desde el punto de vista cualitativo, mayores o mejores servicios o mayor equipamiento industrial pueden determinar también su calidad de ciudad.

Aunque suenen un tanto anticuados estos conceptos –calidad o cantidad-, se me ocurre que hoy los conglomerados poseen una dinámica que hace un tanto difícil de considerarlos; en cambio pueblo, sin entrar en la etimología de la palabra, es una entidad superior en tanto y en cuanto hace alusión a conciencia y pertenencia, como dijimos más arriba, algo difícil de sentir o aprehender en la gran urbe contaminada en todos sus aspectos.

Si se trata de definir una comunidad, aldea es un término aún más cercano a lo que queremos llegar a determinar, cuando se trata de una pequeña, muy poco numerosa, comunidad o conjunto de habitantes.

El ruso León Tolstoi concibió esta frase, que algunos han traducido así: “Pinta tu aldea y pintarás el mundo”. No hay duda acerca de lo que denota semejante frase. La conciencia de pueblo es la síntesis a la que nos lleva el afán de describir o fijar en imágenes nuestro lugar de pertenencia, de nuestra historia, de donde somos y al que pertenecemos. Sólo un ruso de esta magnitud, con la claridad conceptual, metafórica y vivencial podía explicar este sentimiento.

Tener “conciencia de pueblo” significa comprender quién eres en la sociedad donde habitas. Tener conciencia significa saber donde vives, qué intereses asumes, qué objetivos persigues, qué fines tienes. Esto constituye la esencia del pueblo. La extraordinaria carga de significación del lugar al que llamamos “nuestro pueblo” –equivalente a patria chica-, no es comparable a concepto de ciudad por más que la definamos en todos sus términos funcionales, semánticos, sociológicos, económicos o urbanísticos. Aún, creo, no hay una idea clara definitoria sobre el concepto de ciudad. Se apela a datos censales, a aspectos económicos, de servicios, comunicacionales, políticos y administrativos, pero siempre queda el hombre, la carga humana del grupo, o la “comunidad”, con todo lo que ello implica, fuera del concepto, o sea lo deshumaniza.

Por supuesto también engloba fines morales, conciencia de identidad y pertenencia, donde el otro, el prójimo cobra una dimensión que trasciende las categorías urbanísticas o censales para constituirse en el centro y motivo, o sea la razón de ser de la comunidad de ese lugar.

Temas como exclusión, pérdida, ocupación y lucha por la autonomía, son instancias que se van entremezclando, enlazando, uniendo, y definiendo con la sociedad. De eso se trató cuando, sugestivamente, se inició el movimiento autonomista en estos lugares. Pero, como toda cuestión histórica de trascendencia, donde la comunidad es la protagonista, los acontecimientos de pronto adquieren una envergadura incontenible y provocan o hacen surgir no ya un conglomerado informe e ignoto sino una sociedad, un pueblo que inevitablemente deberá tener su ser y su razón. La lucha por la posibilidad de la pérdida de esta condición, las luchas por afianzar y consolidar la pertenencia, las luchas por los derechos adquiridos, y las luchas por el crecimiento y el bienestar que todo pueblo abraza “per se”, son y serán objetivos inalienables e inclaudicables, por supuesto cuando esto funciona y la oposición no sobrepasa las fuerzas del grupo. “Fuenteovejuna” del español Lope de Vega (1562-1635), extraordinaria obra de teatro escrita en los comienzos del s. XVII, no es ni más ni menos que una de las mayores expresiones acerca de la conciencia de pueblo frente los desmanes de la autoridad. “En la plaza de Fuente Obejuna, LAURENCIA y PASCUALA hablan de los desmanes del COMENDADOR FERNÁN-GÓMEZ, señor de la villa”. Así comienza la jornada primera de esta genial pieza.

Por todo esto es que las palabras de la Srta. Guimaraes Amores cobraron tanta significación la noche del viernes 12 de diciembre en la sala del Teatro Colón. Quizá lo más inteligente y conceptualmente acertado, puesto en palabras, a la hora de ubicar en su lugar la obra cultural del habitante de Punta Alta.

Si un premio, así concebido, en un marco pseudo-cultural, por burocrático y acartonado, sin una plena participación de la vecindad (individualidades e instituciones), y dejado librado a criterios incoherentes y un tanto deshilvanados, es a lo más que podemos llegar como exponente del inmenso bagaje telúrico –muchos somos hijos de la patria profunda e inconclusa-, que cohabita cotidianamente en este pueblo, creo que no se ha mostrado mucho interés en incrementar la pasión por el terruño y la hermandad con el vecino. Elemental ¿no?

Héctor Correa
Punta Alta, 16 de diciembre de 2008

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