sábado, 31 de enero de 2009

EL CINE HECHO POR NEGROS o un presidente negro hoy viene a cenar a casa



-¿Y piensa que Barack Obama puede ganar las elecciones?-
“Hay esperanzas. Tenemos esperanzas, las mismas esperanzas que nuestros ancestros tuvieron durante la esclavitud, sobreviviendo, yendo a la iglesia, cantando canciones espirituales, rezándole al Todopoderoso, esperando que algún día podamos conocer al fin elegido... Mi abuela vivió hasta los 100 años. Su madre era esclava cuando nació y sin embargo, llegó a tener un título universitario. Pero ella jamás imaginó que hubiese alguna posibilidad de tener a uno de nosotros como Presidente de los Estados Unidos. Te da una idea del movimiento que ha generado este país. Hay muchos jóvenes norteamericanos que no tienen la imagen que vivieron sus padres o sus abuelos. Fíjate la gente que pretende desmitificar el hip hop y sin embargo el 70 por ciento de los chicos blancos lo consumen igual, demostrando que no van a dejarse imponer por las ideas diferentes. Todas las encuestas que están saliendo no creo que tengan en cuenta a esos chicos blancos que van a votar por primera vez. Todo tiene que ver con la esperanza y la oportunidad que tiene este país de concretar lo que nunca hicieron los padres fundadores. En las escuelas no lo enseñan, pero George Washington tenía esclavos. Thomas Jefferson también. Es gracioso, pero si alguien puede demostrar que es descendiente de Thomas Jefferson, puede estudiar en la Universidad de Virginia, completamente gratis. Pero eso lo hicieron mucho antes de que existiera el ADN (Ríe a carcajadas). Ahora, tal vez puedan lograrlo de verdad, porque Jefferson hacía lo suyo con la corte de esclavas.”
Entrevista realizada a Spike Lee en el canadiense Hotel Park Hyatt de Toronto por Fabián W. Waintal el 05-Octubre-2008


Antes que nada debo aclarar algo. Para hacer esta nota tuve que unir dos asuntos muy diferentes. Los desastres naturales en EE.UU y la cultura afroamericana. Pero esto tiene una explicación.

Nueva Orleans es una ciudad única. Dos tercios de su población son negros, y ha sido un puerto esencial en el comercio de esclavos. Además, no hace mucho se convirtió en un testimonio crudo y descarnado de lo que puede hacer un huracán impresionante sobre uno de los estados más pobres de EE.UU, un país poderoso, con muchos recursos humanos y tecnológicos, pero con una cultura despiadada dominada por la codicia, la segregación y los fanatismos religiosos.


Spike Lee, realizador cinematográfico norteamericano y negro, realizó un documental sobre el huracán Katrina que asoló EE.UU., titulado “When the levee broke: A Requiem in Four Acts (Cuando se rompieron los diques-Una tragedia americana-Requiem en 4 actos)”. Los cuatro estados más golpeados fueron Florida, Alabama, Mississippi y Luisiana, pero en el documental se centra en Nueva Orleans (Estado de Luisiana), porque es una ciudad única, como dije antes y ha dicho Lee, ha sido española y francesa, además fue uno de los puertos esclavistas más importantes y ha sido cuna de importantísimos géneros musicales donde dos tercios de la población son de raza negra. En EE.UU esto es muy importante. La ciudad quedó inundada en un 80% y sumergida en un caos del que todavía no se ha repuesto. El documental cuenta la historia del huracán, la ruptura de los diques y el desastre humanitario posterior. También muestra cómo son los planes de reconstrucción y cómo fue la actuación del Gobierno federal durante la tragedia, muy criticada por los afectados por su lentitud e ineficacia. Este testimonio cinematográfico se inicia cuando muestra el famoso desfile de comparsas, personajes y bandas de Nueva Orleans y un grupo de músicos negros encabeza un funeral al son de “Do You Know What It Means To Miss New Orleans” -cantada por ese extraordinario trompetista y mejor vocalista aún, que fue Louis Armstrong (nacido en esa misma ciudad)-, uno de los temas de la música negra más tradicionales y populares del país. El colorido, los movimientos, cómo arrastran sus pies los participantes o se deslizan por las calles de la ciudad, cómo los músicos se desplazan mientras sus instrumentos hacen sonar su lamento, mientras los distintos personajes que se muestran, típicos de ese rito tan particular de los pobladores negros mueven sus cuerpos armónicamente, son imágenes que impresionan por su fuerte compromiso vivencial con una historia de tristeza y esclavitud.

Este es un aspecto, la visión de un artista negro acerca del comportamiento del gobierno federal norteamericano frente a un desastre natural de graves consecuencias sociales y económicas en cuatro estados del sur poblado en su mayoría por negros. El otro aspecto es que la cuestión de la presencia del hombre negro (como realizador o productor) en la industria cinematográfica no ha sido muy numerosa, y por varias razones, entre ellas, étnicas, sociales y políticas, todo un fenómeno de los EE.UU. Alrededor de esto la discusión se ha centrado primero en las oportunidades y segundo en una polémica ideológica sobre la integración o no del negro en la sociedad norteamericana, y por supuesto en el cine.

Actores negros, como Sidney Poitier, en la década del 60, mostraron al negro sufriendo la segregación, la exclusión y el rechazo, pero con el típico atuendo del hombre blanco e incluso compitiendo en ámbitos y aspectos donde era difícil que pudieran descollar. Denzel Washington, uno de los más importantes actores negros de la actualidad, protagonista de numerosos films donde se enfoca con una aguda crítica ciertas actitudes de las fuerzas armadas norteamericanas, y también de su policía, encara en ellas una especie de continuidad de aquél Sidney Poitier. De todas maneras, a pesar de la forma tradicional y convencional de su cine -ha llegado a dirigir alguna película-, no escapa a las normas éticas y estéticas de la gran industria, y no nos extraña. Lo mismo podría decirse de Morgan Freeman o Forest Whitaker.

Es decir, para tratar de aclarar estos conceptos sobre la cuestión negra en Estados Unidos, el “star-system” es muy perverso; así como tuvo su lista negra en la época del macarthysmo mas virulento y su decálogo de moralidad anacrónica y recalcitrante, es capaz de tolerar cierta crítica hacia sí mismo, siempre y cuando los resortes, en última instancia, ético-financieros no impidan acrecentar los márgenes de ganancias convenientes para la continuidad de la explotación cinematográfica, y su consecuente expansión.

John Singleton es otro director negro, autor de Boyz N the Hood (1991), Poetic Justice (1993), Higher Learning (1995), Rosewood (1997), Shaft (2000), Baby Boy (2001), 2 Fast 2 Furious (2003), Four Brothers (2005), Tulia (2009), Luke Cage (2009). Sólo dos rescato, donde retrata Los Ángeles con crudeza y sin mucha consideración, aunque sin abandonar cuando puede algún tono poético, Baby Boy y Poetic Justice, con actores negros y problemáticas étnicas bien actuales.

En cuanto a la literatura escrita por negros, aunque no es tema ahora que quisiéramos abordar, por su complejidad y profunda trascendencia, no ha sido muy prolífica ni ha sido tema muy considerado por el stablishment cultural estadounidense y universal. Ha tenido y tiene, sin embargo, excelentes poetas y narradores, no hay duda.

Pero, sí ha sido muy prolífica la creatividad del negro en el terreno de la música. Esto explica los primeros planos y el fondo musical de “Cuando se rompieron los diques”, la evolución de la música negra desde la esclavitud, y la aparición de las distintas expresiones musicales que dieron origen a uno de los géneros musicales más ricos: el jazz.

En el cine, en el teatro, la comedia musical, los grandes creadores blancos (George Gershwin, Cole Porter, Jerome Kern, etc.) y los grandes músicos de distintas etnias, han bebido, se han nutrido y han producido música negra (jazz). No termina aquí, la música universal ha recibido su influencia, sobran ejemplos y daría pie a una nota mucho más extensa.

Pero en el cine, en la realización, en lo que respecta a la creación cinematográfica, otros rumbos se han perfilado en cuanto a la participación del hombre negro y de la cultura afroamericana en general. La multiculturalidad, esa compleja red cultural, expresión social de un fenómeno humano sin muchos precedentes, por razones étnicas y religiosas también, en este país, no se ha revelado o ha tenido un modo de manifestación muy peculiar, donde ha provocado obras muy ricas y ha dado lugar a injustas exclusiones que aún hoy se sienten y perciben. Otras etnias, otros pueblos, otros hombres de otros lugares del mundo han tratado, y lo han logrado, insertarse en esa civilización. Y surge así una cuestión relevante, por sus implicancias socio-culturales, y es que el origen de las grandes productoras de películas, no ha tenido lugar ni en la comunidad negra, ni en el criollismo, ni en el blanco puro norteamericano. Otro fenómeno se produjo e impregnó esta actividad de cuantiosos dividendos, ganancias, o como quieran llamarlo. Pero generó, por otro lado, uno de los resortes de expansión política y cultural más grandiosos de los últimos siglos.

Desde la caída del imperio otomano, desde la oscura edad media, con su excepcional peculiaridad en todos los órdenes de la vida, desde el renacimiento, con su particular modo de considerar al hombre y a sus obras, no ha habido una complejidad tan contradictoria y a la vez invasiva y desprejuiciada, como la que se creó con la aparición de la imagen fílmica. Si la literatura tuvo que pergeñar una expresión, a veces complementaria y otras independiente y con características propias; si la novela decimonónica tuvo que dar a luz un género que le diera continuidad semántica y actualizada a los nuevos tiempos, el cine fue ese prodigio, no hay duda.

La presencia del negro en el cine ha dado u originado otros fenómenos en la cultura norteamericana, tal es el caso de la “blaxploitation”, o sea un cine producido para actores negros, cuyo rol protagónico se destaca por sobre el blanco. Se destaca pero queda sin respuesta ante el planteo estético. Y sobre esto es necesario, también aclarar algo, no es lo mismo un cine hecho por blancos anglosajones para su difusión y desahogo por todo el mundo, que un cine hecho por otras etnias, sean negros, musulmanes o amarillos. No hay duda que cada expresión, provenga del mundo occidental y cristiano, o del mundo del lejano oriente, tendrá aristas y perfiles propios, peculiares, aunque el resultado final sea cine, un arte como cualquier otro. El hombre creará, realizará su obra y utilizará las herramientas y las formas del género en función de sus capacidades, dones, su subjetividad, y sin duda, la concepción del mundo que posea, es decir, según lo que quiera expresar y cómo lo quiera expresar.

Desde este punto de vista, hablar de un cine hecho por negros, o un cine de blancos, es una cuestión que no tiene mucho futuro ni aporta nada a la creación, ni al arte. Gustará o no gustará, tendrá, desde la forma, más belleza o no, pero desde la realización cinematográfica, el lenguaje, la imagen, etc., no dejará de ser cine.

Otro ángulo es, y los EE.UU se destaca, quizá, como el país más importante, la utilización de este género más allá de los fines puramente estéticos. La expansión cultural, política y económica de este país ha sido única en la historia del hombre. No creo que haya otra manifestación hecha por un país que se compare con este dominio, técnica y formalmente hablando.

En este contexto tan particular, surge un presidente negro. Pensemos si esta historia, en un país donde el prejuicio étnico se constituyó, en algunas regiones más que en otras -no olvidemos la guerra Norte-Sur-, en una forma de vida; donde el ghetto se asentó como una particular estructura urbana; donde el enfrentamiento de las distintas expresiones sociales y culturales generó paralelamente otros tantos enunciados de artistas y personajes de peso en el mundo del arte; pensemos si esta tan alardeada multiculturalidad, caótica, conflictiva y muy dura, puede originar gobiernos tolerantes, pacíficos y solidarios con el mundo entero.




No necesitamos irnos de Hollywood, ni del país, para explicar o ejemplificar, a través del cine, de la historia del cine norteamericano, cómo los distintos creadores, directores, guionistas, fotógrafos, actores, etc., desde el nacimiento de este fenómeno, concibieron o se hicieron eco de esta trama tan compleja de choques y acercamientos interétnicos. También podría suceder que es propia de esta peculiar universalidad, haber nacido y desarrollado así, y que continuará así por el resto de nuestras vidas sin cambios ni alteraciones sustanciales, podría ser. Este imperio es impredecible e imprevisible, o sea que podría, en sus entrañas, manifestarse de cualquier manera, independientemente de nuestra voluntad y racionalidad. Todo podría ser.

Héctor Correa
Punta Alta, enero de 2009

sábado, 17 de enero de 2009

JUNO. 4 meses, 3 semanas, 2 días



“Juno”

(año 2007)
Duración 92 min. País: EE.UU. Director: Jason Reitman. Guión: Diablo Cody. Música: Kimya Dawson, Matt Messina. Fotografía: Eric Steelberg. Reparto: Ellen Page, Michael Cera, Jennifer Garner, Jason Bateman, Olivia Thirlby, J.K. Simmons, Allison Janney, Rainn Wilson. Productora: Fox Searchlight Pictures
2007: Oscar mejor guión original. 4 Nominaciones: película, director, guión original y actriz (Ellen Page)

Juno, desde el punto de vista de su etimología, tiene una raíz, de una lengua anterior al griego, que significa “fuerza vital”. De esa raíz se puede inferir que deriva, hacia el latín, juvenil, hombre joven, y rejuvenecer. Pero en la mitología romana, Juno era la diosa del matrimonio, o también doncella de los nacimientos. Todo esto es interesante desde la óptica de la lingüística, la mitología, y el origen de ciertos nombres utilizados por casi todo el mundo.

Pero, desde el punto de vista de este film, donde la protagonista es una adolescente embarazada llena de fuerza y vitalidad –llamada Juno, como la mítica diosa-, puede tener otras connotaciones, o bien otras interpretaciones. Tres referencias importantes nos traen a nuestra pobre mente este personaje y su estado. Primero su edad, segundo su estúpido noviecito, y tercero el matrimonio, débil y casi quebrado, que había elegido, luego de una intensa y discutida búsqueda, para hacerse cargo del bebé luego de que nazca.

Si aceptamos que el cine, según algunos estudiosos, es un arte que ayuda a pensar, o al menos a eso debe aspirar, nosotros vamos a tratar de dilucidar algunos aspectos que nos parecen o creemos de cierta relevancia para ubicar la película en su contexto socio-cultural. Quizá una forma de intentar comprender el fenómeno cinematográfico –o al menos esta película-, o una de las tantas formas que deambulan por el universo del análisis y la crítica cinematográfica para tal fin.

La película tiene una estructura convencional, dirigida al rápido entendimiento del adolescente actual –y al casi adulto en transición hacia la adultez-, con una fresca y ágil actuación por parte de la protagonista y el chico futuro padre. La banda musical, excelente, se destaca y aporta una atmósfera entre melancólica y tierna, acorde al estado maternal que impregna toda la obra. Todo, hay que reconocerlo, muy acorde con las leyes y normas narrativas de la llamada “meca del cine”.

La frescura, la agilidad mental, la adultez que por momentos inspira Juno, contrasta, en el contexto de la cultura estadounidense, con la indecisión, las contradicciones o la imprevisibilidad del adulto que rodea y nos pega, a nosotros, que vivimos atormentados por la indolencia y la indiferencia del adolescente. Por otro lado, la atmósfera de escasa o nula preocupación y alarma que trae el acontecimiento del embarazo, refleja sin duda, cierta displicencia a la hora de considerar la llegada de un nuevo ser a este mundo, o al mundo “americano”, como ustedes quieran.

El tratamiento que de este “escandaloso” hecho –así considerado también en otras latitudes-, que hace el director, el candor, la frescura, la ingenuidad, la serena o calma en la reacción de los personajes, revela muchas cosas, y una de ellas es que aún en países súper desarrollados, con culturas muy adelantadas o presuntamente a la vanguardia en el tratamiento de ciertos temas con claras y profundas implicancias morales y éticas –quizá el otro caso sea la pena de muerte y la discriminación-, existe alguna desorientación a la hora de tomar una postura o decisión en el momento oportuno, justa y saludable.

No hay duda que en el mundo occidental, con EE.UU a la cabeza junto con los países más desarrollados de Europa, según Jason Reitman, director de Juno, la cuestión del embarazo de una adolescente es tratado social, moral y culturalmente como un tema “natural” y motivo de películas candorosas, simpáticas, tiernas, dulces, además de posibles candidatas al mayor premio del mundo cinematográfico hollywoodense.

Hay que reconocer una cosa -a la hora de ver films norteamericanos que mejor transparenten las costumbres, las normas morales y éticas, la forma de hacer política, el humor, los métodos y el bagaje bélico alimentado por la discriminación étnica y la xenofobia, la música, la delincuencia, y hasta la manera de considerar las adicciones como las drogas y el alcohol-, no hay nada mejor que analizar una buena película hecha en sus estudios, con toda su tecnología, con sus excelentes directores, y con sus mejores escritores y guionistas para comprender en toda su magnitud el alcance y la significación de esa cultura. La historia de la cinematografía estadounidense es la historia casi de la historia de la cultura universal. Han tomado las reglas aristotélicas sobre la estética y la forma, y han bebido de la religión judeo-cristiana sobre como manejar los contenidos y dotarlos de esa cualidad que los hizo universales, para todo público, sociedad y etnia. Pero no en todas la sociedades y culturas han tomado asiento tan fácilmente.

No podemos hablar de Juno sin mencionar esta otra película, pero de origen rumano: “La muerte del Señor Lazarescu” de Cristi Puiu, ni de esta otra: “4 Meses, 3 semanas, 2 días”. Pero quizá de esta última debamos ocuparnos sobre todo, hoy, en este análisis.

Rumania es un país que hoy pertenece a la Unión Europea y a la OTAN, limita con Hungría, Serbia, Ucrania, Moldavia, Serbia y Bulgaria. Se encuentra también junto al Mar Negro. El río Danubio y los montes Cárpatos son, quizá, parte de esa diversidad geográfica que le ha dado a este país, junto a una región llamada Transilvania –en el centro del país-, un carácter histórico-cultural muy particular. No podemos olvidar que una de las obras más importantes de la literatura universal, Drácula (Vlad Draculea), se desarrolla, por la calidad narrativa y poética del irlandés Brad Stocker en 1897, en esta región. Pero, en otros aspectos también -citaremos sólo dos grandes autores-, se le ha otorgado reconocimiento universal, en teatro –en especial su “teatro del absurdo”, realmente genial- Eugene Ionesco, y en la antropología Mircea Eliade, profundo y minucioso.

Ubicar geográficamente el país de “4 Meses, 3 semanas, 2 días”, o sea el país de Cristian Mungiu, mencionar algo de su historia y sus personajes no es en vano. Significa, por el simple acto de situarnos en su espacio, poner las cosas en su justo lugar, con toda la significación que encierra, y entender de qué se trata cuando la narración adquiere un tono trágico, o se torna cálida y melancólica cuando retrata los personajes y los mueve en lugares –en este caso la urbe-, con cierta historia y características peculiares. Y conocer cómo, en este país, un director joven, de escasa trayectoria, pero dotado de mucha sensibilidad, encara un tema tan ríspido, controvertido y polémico, como el aborto, no hay duda que es entrar en una forma de pensar distinta, imbuido de otras aristas, otros aspectos y otras conclusiones.


“4 luni, 3 saptamini si 2 zile”

Director: Cristian Mungiu. País: Rumania. Intérpretes: Anamaria Marinca (Otilia), Laura Vasiliu (Gabita), Vlad Ivanov (Sr. Bebe), Alex Potocean (Adi), Luminita Gheorghiu (Sra. Radu), Adi Carauleanu (Sr. Radu), Madalina Ghitescu (Dora), Catalina Harabagiu (Mihaela), Sanziana Tarta (Carmen), Mihaela Alexandru (Daniela). Género: Drama.
2007: Cannes: Palma de Oro. 2007: Academia del Cine Europeo: mejor película, mejor director. Autor también de Occident (2001)




Desgraciadamente, el embarazo de una adolescente y el aborto van de la mano. Este es el tema de este film rumano. No son acontecimientos felices y anodinos, más bien, arrastran una aureola trágica que invita a reflexionar sobre los temas más trascendentes de la vida y el hombre. Si a esto le sumamos el contexto socio-político de una Rumania al borde del cataclismo mundial que desemboca en el desmoronamiento del muro de Berlín y el cambio de las condiciones geo-estratégicas a nivel (llamémosle globalización) de las relaciones continentales, la mirada del director no tiene más que detenerse un poquito en la estructura cultural y moral de ese pobre país de la Europa Central para recrear todas las condiciones propicias para desenmascarar los valores y decadencia de esa sociedad en plena desestructuración y crisis.

Antes que nada aclaremos que esta película es la primera de una serie enmarcada en un proyecto titulado Relatos de la edad de oro, aún en elaboración.

Por supuesto, se nos ocurre que el film –sobre el aborto en Rumania-, es una mirada sumamente personal del director. La desaparición de la famosa cortina de hierro trajo más de un problema cultural, social, político y, por qué no, religioso, a más de un país enrolado con la ex Unión Soviética.

De todas maneras, este tema no es problemático o crítico sólo en este país. Es, en el nuestro y en cualquier otro, tan polémico y conflictivo como ninguno. Sólo con analizar tranquilamente “La muerte del Señor Lazarescu”, donde vemos cómo un hombre moribundo recorre todo el sistema sanitario de la capital de Rumania, Bucarest, en busca de ayuda para su enfermedad terminal, vemos y sentimos que por estos pagos también se cuecen habas. Es el motivo por el cual la menciono. Y en esa tónica, el drama de Otilia y Gabita, para decidir y resolver la interrupción de un embarazo no deseado, entra en la antología de los episodios más trágicos de la historia de la humanidad.

Cómo hizo, Mungiu, esta película es otra cuestión muy distinta, puesto que abordó semejante tema con una economía de recursos realmente impresionante. Y no podía ser de otra manera, Bucarest no es Hollywood, ni el cine rumano tiene o goza de una trayectoria excepcional. Así que detenernos a bucear o desmenuzar cada encuadre, cada escena o secuencia, sería inútil, y no es el objeto de esta nota. Cada autor elige dentro del lenguaje cinematográfico aquella técnica, estilo o forma que más le gusta o mejor se adapta para los objetivos que persigue; si la versión final es coherente o no, el espectador comprende el mensaje o le resulta críptico y desarticulado, bello o desmañado y ridículo es harina de otro costal, merece, sin duda, un capítulo aparte o un análisis de otra naturaleza. De todas maneras, el cine de ciertos países del ex mundo comunista de la Europa oriental, Polonia, Hungría, Yugoeslavia, Checoeslovaquia, la Unión Soviética, etc., en especial durante las décadas del 50 y del 60 del siglo pasado, fueron de una calidad estética original y trascendente desde todo punto de vista. Vale recordarlo en este caso.

Héctor Correa
Punta Alta, enero de 2009

jueves, 8 de enero de 2009

ENFANT, L'


“En el mundo actual, y en el terreno que sea, sólo las obras excepcionales podrán dar brillo a Francia. Robert Bresson ejemplifica esta regla en lo referente al cine. Él es al cine lo que Dostoievski a la novela rusa o Mozart a la música alemana.”

Jean-Luc Godard


Dirección y guión: Jean-Pierre Dardenne y Luc Dardenne.
Países: Bélgica y Francia.
Año: 2005.
Duración: 100 min.
Género: Drama.
Interpretación: Jérémie Renier (Bruno), Déborah François (Sonia), Jérémie Segard (Steve), Fabrizio Rongione (Matón joven), Olivier Gourmet (Oficial), Mireille Bailly (Madre de Bruno), Samuel De Ryck (Thomas), Sophia Leboutte (Inspectora), Frédéric Bodson (Matón mayor), Léon Michaux (Policía).
Producción: Jean-Pierre Dardenne, Luc Dardenne y Denis Freyd.
Fotografía: Alain Marcoen.
Montaje: Marie-Hélène Dozo.
Diseño de producción: Igor Gabriel.
Vestuario: Monic Parelle.

Le fils

Dirección y guión: Jean-Pierre y Luc Dardenne.
Países: Francia y Bélgica.
Año: 2002.
Duración: 103 min.
Interpretación: Olivier Gourmet (Olivier), Morgan Marinne (Francis), Isabella Soupart (Magali), Rémy Renaud (Philippo), Nassim Hassaïni (Omar), Kevin Leroy (Raoul), Félicien Pitsaer (Steve), Fabian Marnette (Rino), Jimmy Deloof (Dany), Anne Gérard (Madre de Dany).
Producción: Jean-Pierre y Luc Dardenne, Denis Freyd.
Fotografía: Alain Marcoen.
Montaje: Marie-Hélène Dozo.
Diseño de producción: Igor Gabriel.
Vestuario: Monic Parelle.


No podríamos hablar de Enfant, L' sin mencionar Le fils. Y tampoco podríamos hablar de los hermanos Jean-Pierre Dardenne y Luc Dardenne sin recordar el cine de Robert Bresson y de François Truffaut. Pero vayamos de a poco.

Qué filmó Bresson y por qué fue y sigue siendo importante como creador. Por varias razones, primero porque sus films son un ejemplo del más genuino lenguaje cinematográfico, diría mejor que el lenguaje de la imagen se expresó a través de su cine. Luego, porque su concepción de la utilización de esa lengua en función de la historia no sólo se limitó al mero y simple desarrollo narrativo, sino que además la subordinó a un pensamiento trascendente sobre el hombre, los pequeños o grandes problemas de relación con la sociedad, a los grandes temas de conciencia y en especial al lugar que ocupamos en el mundo ya sea como individuos o como parte de una comunidad. La austeridad, la simpleza de los encuadres, los planos estoicos y serenos, los silencios y el mundo interior de sus personajes, llenos de profunda intencionalidad existencial, son quizá los principales rasgos de su cine. Los actos, la acción del hombre de Bresson, están imbuidos de humanidad y sentido, de trascendencia y espiritualidad, no se ajustan a la estrecha significación causal del cine convencional, o mejor de la forma convencional de la narración, la imagen está cargada de una sensibilidad donde forma y significado adquieren su máxima expresión para el fin, ideológicamente claro y transparente, del autor.

“Mouchette”, “Un condenado a muerte se escapa”, “Pickpocket”, o “Diario de un cura rural”, son verdaderas muestras de una concepción expresiva como nunca un autor de cine supo elaborar. “Mouchette” (1966), o la historia de la tremenda angustia de una adolescente violada, maltratada e incomprendida; “Un condenado a muerte se escapa” (1956), la idea de la realidad pura y descontaminada ya sea de la mano del autor como de los sentimientos del personaje; “Diario de un cura rural” (1950), la conciencia en primer plano de un cura frente a su entorno, crudo y directo, obra maestra sobre el uso de ciertos recursos narrativos como la misiva y la voz en off; o “Pickpocket” –El carterista- (1959), tremendo alegato acerca de la lucha interior de un hombre atrapado entre la injusticia, la sociedad, y la redención que lo premia con el amor; son –entre otros films-, muestras ineludibles de su capacidad de indagación formal, por un lado, y de compromiso artístico por los dilemas irresolutos de la condición humana. Ambos para nada tratados en forma aislada, sino más bien entrelazados, interrelacionados y encarados con realismo y preocupación dirigidos al hombre como un todo indisoluble, o a la sociedad y a la obra de arte como expresión total. Sobre esta imagen de Bresson trata la cita de Goddard con la que iniciamos esta nota.

“Los cuatrocientos golpes”, obra cumbre de François Truffaut, no sólo se constituyó en film emblemático de un cine francés pleno de singularidad, originalidad, y sensibilidad hacia el tratamiento crítico del mundo y su relación con el hombre, sino que abordó la interioridad del niño, de la infancia, más como producto del crudo conflicto, sangrante y vivo, de ciertas ideas relacionadas con la sociedad y la familia cuestionadas por su inmoralidad e hipocresía, desgraciadamente aún vigentes. Truffaut, en la tradición bressoniana, es el director que indagó, con un ojo analítico sin precedentes, en los más oscuros e impenetrables rincones del hombre, primero como niño, luego como adulto y por último como parte de la sociedad, una sociedad que abandona, que hiere y lastima, y que busca sin cesar las formas más profundas de salvación. “Jules et Jim”, y “Disparen sobre el pianista”, sus otras dos obras cumbre, se constituyen en obras de una sensibilidad que nos conmueve de muchas maneras, pero en especial el mundo de los sentimientos y el mundo de la soledad y el abandono, ambos cabalmente registrados en toda su obra. Así, podemos explicar, por su calidad artística (como creador), y por su profunda humanidad, que por un lado haya podido realizar esa extraordinaria entrevista de quinientas horas nada menos que a Alfred Hitchcock, verdadero compendio de análisis de casi toda la obra de un verdadero genio, y por el otro, que haya sido invitado por Spielberg a participar en algunas escenas de “Encuentros cercanos del tercer tipo”, que aún hoy veo cada vez que puedo, claro homenaje a través de la emoción del encuentro y del reencuentro con una infancia ya perdida, dura y mágica a la vez.



De esto trata el cine de los hermanos Dardenne. La cámara sigue a los jóvenes protagonistas, a los personajes, como un ojo escrutador, como tratando de desentrañar lo más oscuros e indescifrables rincones de sus interioridades, constituyéndose en la mirada personal de los autores acerca de los conflictos, a veces incomprendidos o irracionales, de los adolescentes en este mundo lleno de sorpresas y falsas imágenes ofrecidas por aquellos mismos que ejercen el poder. Relaciones, desencuentros entre ellos mismos y con el adulto, las normas, la moral y la ética de una sociedad cada vez más dura e indiferente.

Analizar el comportamiento, extraño a los ojos del hombre mayor y de la sociedad, de personajes no adultos todavía, o con adolescencias tardías, frente a los grandes desafíos de la vida, como la paternidad, los avances tecnológicos y su influencia en el niño, o la supervivencia en el medio hostil de la vida de la gran urbe, es reconocer que todavía hay quienes nos alertan que el terreno es peligroso, y que la dura existencia cotidiana no es tan sencilla y está, sin duda, llena de peligros acechando, en especial al niño y al adolescente.

Héctor Correa
Punta Alta, enero de 2009

viernes, 26 de diciembre de 2008

NO a la violencia


Hoy iniciamos aquí quizá uno de los temas más apremiantes, más difíciles y sensibles que vive la sociedad, no precisamente por su actualidad o su recurrencia, sino por lo que refleja y representa en este mundo lleno de avances tecnológicos e innovaciones producidos por la tan aludida “globalización”. La degradación de una civilización, medida por el destierro de ciertos valores elementales, el incierto futuro que producen los avances de la falta de compromiso y el elogio de la inmediatez, como el hedonismo a ultranza, y una profunda incomunicación con el otro, todos factores coadyuvantes como determinantes de la violencia en todos los órdenes de la vida, nos produce esta imperiosa necesidad de ejercer nuestra tan relativizada racionalidad con el objeto de reflexionar sobre esta cuestión. No tenemos muchos instrumentos a nuestro alcance para luchar, pero volcaremos nuestro humilde y pequeño esfuerzo en contribuir con este instrumento, la red, para acercarles al menos cierta guía para aquel que quiera conocer un poco más sobre otras opiniones y puntos de vista, incluso desde otros lugares del mundo.

En el cine, fenómeno creativo de alto impacto artístico y emocional, suma “total”, como hemos dicho en otra ocasión, de todas las artes, autores de toda índole y extracción han tratado esta temática, con mucha o poca fortuna, algunos de ellos con altos objetivos y otros con pequeños o dudosos intereses, ha sido considerado y es todo un desafío que toca el aspecto de la creación –como elemento básico de la actividad artística-, y la cuestión ética y moral inherente al acto, que ha sido y es analizada constantemente por los grandes creadores, y que se resume en el objeto y el sentido de la obra.

La violencia hacia los niños, hacia la mujer, entre los hombres, grupos, tribus, países o lo que sea; la violencia psicológica o emocional, la violencia en el arte, en los medios de comunicación masiva; la violencia en la escuela, la que ejercen quienes se escudan en el poder, la violencia hacia los débiles, los discapacitados, los minusválidos; la violencia hacia los animales, hacia la naturaleza; la violencia invocada por cuestiones religiosas, entre disitintas etnias; la violencia laboral, por razones económicas, las guerras intestinas, o las grandes contiendas internacionales; e incluso aquellas que la inducen o la provocan indirectamente, etc., son sólo aspectos, formas que adquiere un solo y único tipo de violencia: la violencia del hombre hacia sí mismo.

En este espacio de nuestro blog trataremos de colocar links, sólo links a otras páginas o sitios, relacionados con esto que estamos diciendo. Pero también será motivo o dará pie a que algún lector opine, que nunca está demás, sobre este singular fenómeno que crece día a día.

Como dijimos más arriba, llamará a la reflexión, no sé, pero nos alertará y nos recordará que la práctica de la violencia, provenga de donde provenga, se dirija a quien se dirija, no es buena, ni nunca lo será.

Héctor Correa
Punta Alta, diciembre de 2008

martes, 16 de diciembre de 2008

SOBRE LOS PREMIOS EN PUNTA ALTA




Dos premios, instituidos para celebrar y galardonar aquellas instituciones y personas de Cnel. Rosales que se abocan o se hubiesen abocado a crear hechos o productos culturales, han cobrado cierta relevancia desde los albores de la ciudad, y del distrito todo; uno con el advenimiento de la democracia post-dictadura, allá por la década del 80, llamado “Alfil”, y el otro, estos últimos años, institucionalizado, similar y casi hijo del otro, generado por el gobierno municipal. No es lo mismo hablar de uno y del otro como “acontecimientos culturales”, entendidos como genuinos y naturales, para poder describirlos e identificarlos, ya sea desde el punto de vista cultural, político y/o administrativo. Uno no fue igual al otro. El “Alfil” (1985) fue generado, desarrollado y luego abandonado por una ONG, “El Círculo de Ajedrez”, entidad constituida por –en aquellos tiempos- gente joven y pujante, idealista en muchos aspectos, con muchos deseos de transformar una pequeña ciudad en un gran pueblo. Qué otra cosa inspiró a ese grupo que crear los fundamentos de la pertenencia y la identidad tan discutidos y nunca bien definidos. El otro, actualmente vigente, tiene otras características, otras connotaciones y otros objetivos políticos y culturales. (Creo que aún hoy no se conocen con claridad los fundamentos o las últimas intenciones de galardonar un medio periodístico junto a una peña folclórica). De este último dos cosas se pueden rescatar en la entrega de este año, el mensaje de Rosa Guimaraes Amores, y el rescate del olvido de dos maestros de una de las actividades artísticas milenarias, aquí y en el mundo entero, la cerámica, actividad realizada a veces en el anonimato y sin apoyo alguno en especial de aquellos que quisieron “administrar” la cultura por estos lares.

No es igual hablar de ciudad con respecto a Punta Alta, que hablar de pueblo. Ciudad, como entidad urbana, tiene características muy distintas, no sólo en cuanto a las dimensiones o servicios, o concepto político, de lo que entendemos por pueblo, donde prevalece el sentido de pertenencia y la conciencia del ser y del estar como lugar, con una historia bien clara y definida para sus habitantes.

Esta breve introducción sobre dos conceptos y dos hechos culturales quizá sirvan para encuadrar o enmarcar un poco la naturaleza de cada uno de ellos, quizá productos de una comunidad que aún navega sin mucha determinación y conciencia acerca del lugar que ocupa en la región.

La docente Rosa Guimaraes Amores, con mucha experiencia y sabiduría, al recibir uno de los premios, mencionó a Punta Alta como pueblo, más que como ciudad, recalcando que la cuestión no pasa por las dimensiones, sino más bien por esa conciencia que se nutre de pertenencia y arraigo.

La concepción urbanística de ciudad implica definir el perfil más frío y descarnado de nuestro lugar ¿Nos interesa a la hora de describir o descubrir nuestra cultura? Creo que no. Un alumno de geografía decía que a la hora de definir el concepto de ciudad entraban a jugar términos cuantitativos y cualitativos. Si un núcleo urbano destinaba menos del 25% de su actividad económica al sector primario, éste podía ser considerado “ciudad”, independientemente de su población censada. Ahora, desde el punto de vista cualitativo, mayores o mejores servicios o mayor equipamiento industrial pueden determinar también su calidad de ciudad.

Aunque suenen un tanto anticuados estos conceptos –calidad o cantidad-, se me ocurre que hoy los conglomerados poseen una dinámica que hace un tanto difícil de considerarlos; en cambio pueblo, sin entrar en la etimología de la palabra, es una entidad superior en tanto y en cuanto hace alusión a conciencia y pertenencia, como dijimos más arriba, algo difícil de sentir o aprehender en la gran urbe contaminada en todos sus aspectos.

Si se trata de definir una comunidad, aldea es un término aún más cercano a lo que queremos llegar a determinar, cuando se trata de una pequeña, muy poco numerosa, comunidad o conjunto de habitantes.

El ruso León Tolstoi concibió esta frase, que algunos han traducido así: “Pinta tu aldea y pintarás el mundo”. No hay duda acerca de lo que denota semejante frase. La conciencia de pueblo es la síntesis a la que nos lleva el afán de describir o fijar en imágenes nuestro lugar de pertenencia, de nuestra historia, de donde somos y al que pertenecemos. Sólo un ruso de esta magnitud, con la claridad conceptual, metafórica y vivencial podía explicar este sentimiento.

Tener “conciencia de pueblo” significa comprender quién eres en la sociedad donde habitas. Tener conciencia significa saber donde vives, qué intereses asumes, qué objetivos persigues, qué fines tienes. Esto constituye la esencia del pueblo. La extraordinaria carga de significación del lugar al que llamamos “nuestro pueblo” –equivalente a patria chica-, no es comparable a concepto de ciudad por más que la definamos en todos sus términos funcionales, semánticos, sociológicos, económicos o urbanísticos. Aún, creo, no hay una idea clara definitoria sobre el concepto de ciudad. Se apela a datos censales, a aspectos económicos, de servicios, comunicacionales, políticos y administrativos, pero siempre queda el hombre, la carga humana del grupo, o la “comunidad”, con todo lo que ello implica, fuera del concepto, o sea lo deshumaniza.

Por supuesto también engloba fines morales, conciencia de identidad y pertenencia, donde el otro, el prójimo cobra una dimensión que trasciende las categorías urbanísticas o censales para constituirse en el centro y motivo, o sea la razón de ser de la comunidad de ese lugar.

Temas como exclusión, pérdida, ocupación y lucha por la autonomía, son instancias que se van entremezclando, enlazando, uniendo, y definiendo con la sociedad. De eso se trató cuando, sugestivamente, se inició el movimiento autonomista en estos lugares. Pero, como toda cuestión histórica de trascendencia, donde la comunidad es la protagonista, los acontecimientos de pronto adquieren una envergadura incontenible y provocan o hacen surgir no ya un conglomerado informe e ignoto sino una sociedad, un pueblo que inevitablemente deberá tener su ser y su razón. La lucha por la posibilidad de la pérdida de esta condición, las luchas por afianzar y consolidar la pertenencia, las luchas por los derechos adquiridos, y las luchas por el crecimiento y el bienestar que todo pueblo abraza “per se”, son y serán objetivos inalienables e inclaudicables, por supuesto cuando esto funciona y la oposición no sobrepasa las fuerzas del grupo. “Fuenteovejuna” del español Lope de Vega (1562-1635), extraordinaria obra de teatro escrita en los comienzos del s. XVII, no es ni más ni menos que una de las mayores expresiones acerca de la conciencia de pueblo frente los desmanes de la autoridad. “En la plaza de Fuente Obejuna, LAURENCIA y PASCUALA hablan de los desmanes del COMENDADOR FERNÁN-GÓMEZ, señor de la villa”. Así comienza la jornada primera de esta genial pieza.

Por todo esto es que las palabras de la Srta. Guimaraes Amores cobraron tanta significación la noche del viernes 12 de diciembre en la sala del Teatro Colón. Quizá lo más inteligente y conceptualmente acertado, puesto en palabras, a la hora de ubicar en su lugar la obra cultural del habitante de Punta Alta.

Si un premio, así concebido, en un marco pseudo-cultural, por burocrático y acartonado, sin una plena participación de la vecindad (individualidades e instituciones), y dejado librado a criterios incoherentes y un tanto deshilvanados, es a lo más que podemos llegar como exponente del inmenso bagaje telúrico –muchos somos hijos de la patria profunda e inconclusa-, que cohabita cotidianamente en este pueblo, creo que no se ha mostrado mucho interés en incrementar la pasión por el terruño y la hermandad con el vecino. Elemental ¿no?

Héctor Correa
Punta Alta, 16 de diciembre de 2008

sábado, 6 de diciembre de 2008

SMOKE (1995) El otro: imagen y lentitud




Paul Auster, norteamericano, es el autor de este cuento de navidad que Auggie Wren (Keitel) le relata a Paul Benjamin -el escritor en la película-, o sea al propio Auster, lo que vendría a ser que se lo relata a sí mismo a través de Auggie. Es un cuento que tiene dos propiedades. Una que está insertado en esta película titulada “Smoke”, y la otra que está rodeado de toda la mística, la atmósfera, y la melancolía del personaje, de un personaje especial, de esos que en pocas ocasiones se construyen para el cine de hoy. Tendremos que transcribirlo para que el lector se de cuenta por sí mismo de lo que estamos hablando, es decir de la película “Smoke” del director Wayne Wang, nacido en Hong Kong en 1949, nombre tomado de su actor favorito John Wayne, de quien es difícil hablar - duro, intolerante, reaccionario y ultraconservador - sin mencionar que protagonizó y formó parte del “star system” del cine hollywoodense, del cual en casi todas nuestras notas hemos hablado. Otros títulos de Wang: “Blue in the Face” (1995) –que hay que ver a continuación de “Smoke”-, “A Thousand Years of Good Prayers” (2007), “The Princess of Nebraska” (2007), “Last Holiday” (2006), “Because of Winn-Dixie” (2005), “Maid in Manhattan” (2002), “The Center of the World” (2001), “Anywhere But Here” (1999), “Chinese Box” (1997), etc.

Auster nació el 3 de febrero de 1947, en Newart, New Jersey, por supuesto EE.UU. Es el autor del guión y co-director del film.

Hay algo interesante en esta película, fue dirigida por un autor chino con nombre de un mítico actor del cine norteamericano, sobre un guión de un escritor, también estadounidense, cuya concepción del mundo y de la vida en pleno Brooklyn se centra en dilucidar cuestiones como el sentido de pertenencia, la imagen como elemento ontológico, y el tiempo, eje y fundamento de la vida de los hombres que ven cómo todo transcurre de una manera sencilla o complicada pero irreductible. La percepción del transcurrir a través de distintas imágenes fotográficas tomadas en tiempos distintos, de un mismo lugar o punto, es el recurso de Auster para introducirse en una cuestión filosófica, profunda y cuestionadora, como es la vertiginosa vida del hombre y la necesidad de detenerse para obtener un mejor y mayor conocimiento de lo que sucede a su alrededor. No sólo eso, también para conocerse a sí mismo, para escuchar al otro, o para comprender el sentido de su existencia y el destino del mundo. Y quizá de estos temas trate la película.

Podemos, entonces, hacer dos cosas, o quedarnos con toda la película con sus historias llenas de desesperanza y fastidio, o leer detenidamente este pequeño cuento de navidad:


El cuento de navidad de Auggie Wren
(Paul Auster)


Le oí este cuento a Auggie Wren. Dado que Auggie no queda demasiado bien en él, por lo menos no todo lo bien que a él le habría gustado, me pidió que no utilizara su verdadero nombre. Aparte de eso, toda la historia de la cartera perdida, la anciana ciega y la comida de Navidad es exactamente como él me la contó. Auggie y yo nos conocemos desde hace casi once años. Él trabaja detrás del mostrador de un estanco en la calle Court, en el centro de Brooklyn, y como es el único estanco que tiene los puritos holandeses que a mí me gusta fumar, entro allí bastante a menudo. Durante mucho tiempo apenas pensé en Auggie Wren. Era el extraño hombrecito que llevaba una sudadera azul con capucha y me vendía puros y revistas, el personaje pícaro y chistoso que siempre tenía algo gracioso que decir acerca del tiempo, de los Mets o de los políticos de Washington, y nada más. Pero luego, un día, hace varios años, él estaba leyendo una revista en la tienda cuando casualmente tropezó con la reseña de un libro mío. Supo que era yo porque la reseña iba acompañada de una fotografía, y a partir de entonces las cosas cambiaron entre nosotros. Yo ya no era simplemente un cliente más para Auggie, me había convertido en una persona distinguida. A la mayoría de la gente le importan un comino los libros y los escritores, pero resultó que Auggie se consideraba un artista. Ahora que había descubierto el secreto de quién era yo, me adoptó como a un aliado, un confidente, un camarada. A decir verdad, a mí me resultaba bastante embarazoso. Luego, casi inevitablemente, llegó el momento en que me preguntó si estaría yo dispuesto a ver sus fotografías. Dado su entusiasmo y buena voluntad, no parecía que hubiera manera de rechazarle. Dios sabe qué esperaba yo. Como mínimo, no era lo que Auggie me enseñó al día siguiente. En una pequeña trastienda sin ventanas abrió una caja de cartón y sacó doce álbumes de fotos negros e idénticos. Dijo que aquélla era la obra de su vida, y no tardaba más de cinco minutos al día en hacerla. Todas las mañanas durante los últimos doce años se había detenido en la esquina de la Avenida Atlantic y la calle Clinton exactamente a las siete y había hecho una sola fotografía en color de exactamente la misma vista. El proyecto ascendía ya a más de cuatro mil fotografías. Cada álbum representaba un año diferente y todas las fotografías estaban dispuestas en secuencia, desde el 1 de enero hasta el 31 de diciembre, con las fechas cuidadosamente anotadas debajo de cada una. Mientras hojeaba los álbumes y empezaba a estudiar la obra de Auggie, no sabía qué pensar. Mi primera impresión fue que se trataba de la cosa más extraña y desconcertante que había visto nunca. Todas las fotografías eran iguales. Todo el proyecto era un curioso ataque de repetición que te dejaba aturdido, la misma calle y los mismos edificios una y otra vez, un implacable delirio de imágenes redundantes. No se me ocurría qué podía decirle a Auggie; así que continué pasando las páginas, asintiendo con la cabeza con fingida apreciación. Auggie parecía sereno, mientras me miraba con una amplia sonrisa en la cara, pero cuando yo llevaba ya varios minutos observando las fotografías, de repente me interrumpió y me dijo: - Vas demasiado deprisa. Nunca lo entenderás si no vas más despacio. Tenía razón, por supuesto. Si no te tomas tiempo para mirar, nunca conseguirás ver nada. Cogí otro álbum y me obligué a ir más pausadamente. Presté más atención a los detalles, me fijé en los cambios en las condiciones meteorológicas, observé las variaciones en el ángulo de la luz a medida que avanzaban las estaciones. Finalmente pude detectar sutiles diferencias en el flujo del tráfico, prever el ritmo de los diferentes días (la actividad de las mañanas laborables, la relativa tranquilidad de los fines de semana, el contraste entre los sábados y los domingos). Y luego, poco a poco, empecé a reconocer las caras de la gente en segundo plano, los transeúntes camino de su trabajo, las mismas personas en el mismo lugar todas las mañanas, viviendo un instante de sus vidas en el objetivo de la cámara de Auggie. Una vez que llegué a conocerles, empecé a estudiar sus posturas, la diferencia en su porte de una mañana a la siguiente, tratando de descubrir sus estados de ánimo por estos indicios superficiales, como si pudiera imaginar historias para ellos, como si pudiera penetrar en los invisibles dramas encerrados dentro de sus cuerpos. Cogí otro álbum. Ya no estaba aburrido ni desconcertado como al principio. Me di cuenta de que Auggie estaba fotografiando el tiempo, el tiempo natural y el tiempo humano, y lo hacía plantándose en una minúscula esquina del mundo y deseando que fuera suya, montando guardia en el espacio que había elegido para sí. Mirándome mientras yo examinaba su trabajo, Auggie continuaba sonriendo con gusto. Luego, casi como si hubiera estado leyendo mis pensamientos, empezó a recitar un verso de Shakespeare. - Mañana y mañana y mañana - murmuró entre dientes -, el tiempo avanza con pasos menudos y cautelosos. Comprendí entonces que sabía exactamente lo que estaba haciendo. Eso fue hace más de dos mil fotografías. Desde ese día Auggie y yo hemos comentado su obra muchas veces, pero hasta la semana pasada no me enteré de cómo había adquirido su cámara y empezado a hacer fotos. Ése era el tema de la historia que me contó, y todavía estoy esforzándome por entenderla. A principios de esa misma semana me había llamado un hombre del New York Times y me había preguntado si querría escribir un cuento que aparecería en el periódico el día de Navidad. Mi primer impulso fue decir que no, pero el hombre era muy persuasivo y amable, y al final de la conversación le dije que lo intentaría. En cuanto colgué el teléfono, sin embargo, caí en un profundo pánico. ¿Qué sabía yo sobre la Navidad?, me pregunté. ¿Qué sabía yo de escribir cuentos por encargo? Pasé los siguientes días desesperado; guerreando con los fantasmas de Dickens, O. Henry y otros maestros del espíritu de la Natividad. Las propias palabras "cuento de Navidad" tenían desagradables connotaciones para mí, en su evocación de espantosas efusiones de hipócrita sensiblería y melaza. Ni siquiera los mejores cuentos de Navidad eran otra cosa que sueños de deseos, cuentos de hadas para adultos, y por nada del mundo me permitiría escribir algo así. Sin embargo, ¿cómo podía nadie proponerse escribir un cuento de Navidad que no fuera sentimental? Era una contradicción en los términos, una imposibilidad, una paradoja. Sería como tratar de imaginar un caballo de carreras sin patas o un gorrión sin alas. No conseguía nada. El jueves salí a dar un largo paseo, confiando en que el aire me despejaría la cabeza. Justo después del mediodía entré en el estanco para reponer mis existencias, y allí estaba Auggie, de pie detrás del mostrador, como siempre. Me preguntó cómo estaba. Sin proponérmelo realmente, me encontré descargando mis preocupaciones sobre él. - ¿Un cuento de Navidad? - dijo él cuando yo hube terminado. ¿Sólo es eso? Si me invitas a comer, amigo mío, te contaré el mejor cuento de Navidad que hayas oído nunca. Y te garantizo que hasta la última palabra es verdad. Fuimos a Jack's, un restaurante angosto y ruidoso que tiene buenos sándwiches de pastrami y fotografías de antiguos equipos de los Dodgers colgadas de las paredes. Encontramos una mesa al fondo, pedimos nuestro almuerzo y luego Auggie se lanzó a contarme su historia. - Fue en el verano del setenta y dos - dijo. Una mañana entró un chico y empezó a robar cosas de la tienda. Tendría unos diecinueve o veinte años, y creo que no he visto en mi vida un ratero de tiendas más patético. Estaba de pie al lado del expositor de periódicos de la pared del fondo, metiéndose libros en los bolsillos del impermeable. Había mucha gente junto al mostrador en aquel momento, así que al principio no le vi. Pero cuando me di cuenta de lo que estaba haciendo, empecé a gritar. Echó a correr como una liebre, y cuando yo conseguí salir de detrás del mostrador, él ya iba como una exhalación por la avenida Atlantic. Le perseguí más o menos media manzana, y luego renuncié. Se le había caído algo, y como yo no tenía ganas de seguir corriendo me agaché para ver lo que era. Resultó que era su cartera. No había nada de dinero, pero sí su carnet de conducir junto con tres o cuatro fotografías. Supongo que podría haber llamado a la poli para que le arrestara. Tenía su nombre y dirección en el carnet, pero me dio pena. No era más que un pobre desgraciado, y cuando miré las fotos que llevaba en la cartera, no fui capaz de enfadarme con él. Robert Goodwin. Así se llamaba. Recuerdo que en una de las fotos estaba de pie rodeando con el brazo a su madre o abuela. En otra estaba sentado a los nueve o diez años vestido con un uniforme de béisbol y con una gran sonrisa en la cara. No tuve valor. Me figuré que probablemente era drogadicto. Un pobre chaval de Brooklyn sin mucha suerte, y, además, ¿qué importaban un par de libros de bolsillo? Así que me quedé con la cartera. De vez en cuando sentía el impulso de devolvérsela, pero lo posponía una y otra vez y nunca hacía nada al respecto. Luego llega la Navidad y yo me encuentro sin nada que hacer. Generalmente el jefe me invita a pasar el día en su casa, pero ese año él y su familia estaban en Florida visitando a unos parientes. Así que estoy sentado en mi piso esa mañana compadeciéndome un poco de mí mismo, y entonces veo la cartera de Robert Goodwin sobre un estante de la cocina. Pienso qué diablos, por qué no hacer algo bueno por una vez, así que me pongo el abrigo y salgo para devolver la cartera personalmente. La dirección estaba en Boerum Hill, en las casas subvencionadas. Aquel día helaba, y recuerdo que me perdí varias veces tratando de encontrar el edificio. Allí todo parece igual, y recorres una y otra vez la misma calle pensando que estás en otro sitio. Finalmente encuentro el apartamento que busco y llamo al timbre. No pasa nada. Deduzco que no hay nadie, pero lo intento otra vez para asegurarme. Espero un poco más y, justo cuando estoy a punto de marcharme, oigo que alguien viene hacia la puerta arrastrando los pies. Una voz de vieja pregunta quién es, y yo contesto que estoy buscando a Robert Goodwin. - ¿Eres tú, Robert? - dice la vieja, y luego descorre unos quince cerrojos y abre la puerta. Debe tener por lo menos ochenta años, quizá noventa, y lo primero que noto es que es ciega. - Sabía que vendrías, Robert - dice -. Sabía que no te olvidarías de tu abuela Ethel en Navidad. Y luego abre los brazos como si estuviera a punto de abrazarme. Yo no tenía mucho tiempo para pensar, ¿comprendes? Tenía que decir algo deprisa y corriendo, y antes de que pudiera darme cuenta de lo que estaba ocurriendo, oí que las palabras salían de mi boca. - Está bien, abuela Ethel - dije-. He vuelto para verte el día de Navidad. No me preguntes por qué lo hice. No tengo ni idea. Puede que no quisiera decepcionarla o algo así, no lo sé. Simplemente salió así y de pronto, aquella anciana me abrazaba delante de la puerta y yo la abrazaba a ella. No llegué a decirle que era su nieto. No exactamente, por lo menos, pero eso era lo que parecía. Sin embargo, no estaba intentando engañarla. Era como un juego que los dos habíamos decidido jugar, sin tener que discutir las reglas. Quiero decir que aquella mujer sabía que yo no era su nieto Robert. Estaba vieja y chocha, pero no tanto como para no notar la diferencia entre un extraño y su propio nieto. Pero la hacía feliz fingir, y puesto que yo no tenía nada mejor que hacer, me alegré de seguirle la corriente. Así que entramos en el apartamento y pasamos el día juntos. Aquello era un verdadero basurero, podría añadir, pero ¿qué otra cosa se puede esperar de una ciega que se ocupa ella misma de la casa? Cada vez que me preguntaba cómo estaba yo le mentía. Le dije que había encontrado un buen trabajo en un estanco, le dije que estaba a punto de casarme, le conté cien cuentos chinos, y ella hizo como que se los creía todos. - Eso es estupendo, Robert - decía, asintiendo con la cabeza y sonriendo. Siempre supe que las cosas te saldrían bien. Al cabo de un rato, empecé a tener hambre. No parecía haber mucha comida en la casa, así que me fui a una tienda del barrio y llevé un montón de cosas. Un pollo precocinado, sopa de verduras, un recipiente de ensalada de patatas, pastel de chocolate, toda clase de cosas. Ethel tenía un par de botellas de vino guardadas en su dormitorio, así que entre los dos conseguimos preparar una comida de Navidad bastante decente. Recuerdo que los dos nos pusimos un poco alegres con el vino, y cuando terminamos de comer fuimos a sentarnos en el cuarto de estar, donde las butacas eran más cómodas. Yo tenía que hacer pis, así que me disculpé y fui al cuarto de baño que había en el pasillo. Fue entonces cuando las cosas dieron otro giro. Ya era bastante disparatado que hiciera el numerito de ser el nieto de Ethel, pero lo que hice luego fue una verdadera locura, y nunca me he perdonado por ello. Entro en el cuarto de baño y, apiladas contra la pared al lado de la ducha, veo un montón de seis o siete cámaras. De treinta y cinco milímetros, completamente nuevas, aún en sus cajas, mercancía de primera calidad. Deduzco que eso es obra del verdadero Robert, un sitio donde almacenar botín reciente. Yo no había hecho una foto en mi vida, y ciertamente nunca había robado nada, pero en cuanto veo esas cámaras en el cuarto de baño, decido que quiero una para mí. Así de sencillo. Y, sin pararme a pensarlo, me meto una de las cajas bajo el brazo y vuelvo al cuarto de estar. No debí ausentarme más de unos minutos, pero en ese tiempo la abuela Ethel se había quedado dormida en su butaca. Demasiado Chianti, supongo. Entré en la cocina para fregar los platos y ella siguió durmiendo a pesar del ruido, roncando como un bebé. No parecía lógico molestarla, así que decidí marcharme. Ni siquiera podía escribirle una nota de despedida, puesto que era ciega y todo eso, así que simplemente me fui. Dejé la cartera de su nieto en la mesa, cogí la cámara otra vez y salí del apartamento. Y ése es el final de la historia. - ¿Volviste alguna vez? - le pregunté. - Una sola - contestó. Unos tres o cuatro meses después. Me sentía tan mal por haber robado la cámara que ni siquiera la había usado aún. Finalmente tomé la decisión de devolverla, pero la abuela Ethel ya no estaba allí. No sé qué le había pasado, pero en el apartamento vivía otra persona y no sabía decirme dónde estaba ella. - Probablemente había muerto. - Sí, probablemente. - Lo cual quiere decir que pasó su última Navidad contigo. - Supongo que sí. Nunca se me había ocurrido pensarlo. - Fue una buena obra, Auggie. Hiciste algo muy bonito por ella. - Le mentí y luego le robé. No veo cómo puedes llamarle a eso una buena obra. - La hiciste feliz. Y además la cámara era robada. No es como si la persona a quien se la quitaste fuese su verdadero propietario. - Todo por el arte, ¿eh, Paul? - Yo no diría eso. Pero por lo menos le has dado un buen uso a la cámara. - Y ahora tienes un cuento de Navidad, ¿no? - Sí - dije -. Supongo que sí. Hice una pausa durante un momento, mirando a Auggie mientras una sonrisa malévola se extendía por su cara. Yo no podía estar seguro, pero la expresión de sus ojos en aquel momento era tan misteriosa, tan llena del resplandor de algún placer interior, que repentinamente se me ocurrió que se había inventado toda la historia. Estuve a punto de preguntarle si se había quedado conmigo, pero luego comprendí que nunca me lo diría. Me había embaucado, y eso era lo único que importaba. Mientras haya una persona que se la crea, no hay ninguna historia que no pueda ser verdad. - Eres un as, Auggie - dije -. Gracias por ayudarme. - Siempre que quieras - contestó él, mirándome aún con aquella luz maníaca en los ojos. Después de todo, si no puedes compartir tus secretos con los amigos, ¿qué clase de amigo eres? - Supongo que estoy en deuda contigo. - No, no. Simplemente escríbela como yo te la he contado y no me deberás nada. - Excepto el almuerzo. - Eso es. Excepto el almuerzo. Devolví la sonrisa de Auggie con otra mía y luego llamé al camarero y pedí la cuenta.

Smoke & Blue in the face, Paul Auster. Editorial Anagrama

Podríamos resaltar por un lado la cuestión de la naturaleza, la identidad o las características peculiares de un “cuento de navidad”, y por el otro la captura o la revelada conclusión sobre el tiempo, pero sobre el tiempo interior del hombre, aquel que lo define tanto como un ser con la conciencia de su estar en el mundo, como la de su declinar inevitable, pero con cierta capacidad de fijarlo, detenerlo, aunque sea un instante a través de la imagen fotográfica. Quizá uno de los temas más discutidos, polémicos y estudiados en torno a la naturaleza del cine y sus profundas relaciones con el tiempo y el espacio humanos.

Este cuento es un bello cuento. Sencillo, con una estructura narrativa simple y fácil. Pero detrás quizá encierre un dilema aún sin resolver. Cómo hacer para detener el tiempo real, del mundo en el que vivimos; o planteado de otra manera cómo dejar de andar en forma vertiginosa, alocada e incontrolable, para poder vernos a nosotros mismos y al otro. Cómo transformarnos en seres lentos, tranquilos, pausados, parsimoniosos, contemplativos, frente al acelerado ritmo de nuestro entorno. Y cómo esa cualidad, la lentitud, es vital, esencial para el hombre, si quiere recuperar valores también esenciales y vitales, como la bondad, la generosidad o la solidaridad, los grandes ausentes de la vida y la sociedad actuales.

Por supuesto el film está construido sobre este cuento. Las historias que se desarrollan no son más que pequeñas incursiones sobre la vida de neoyorquinos corrientes y comunes, que giran en torno a un pequeño y común negocio con sus frecuentadores y clientela corriente de cualquier kiosco de una gran ciudad. La geografía urbana aparece otra vez. El hombre se diluye en la gran ciudad, pierde esa noción esencial de sí mismo, y como consecuencia lo aparta del otro. Qué otra cosa es este cuento, o esta película, que el intento de un comerciante –kiosquero-, fumador y un tanto solitario, sin mucho rumbo en la vida, de plasmar la realidad, su realidad y su espacio vital, en una instantánea, como una forma casi obsesiva de encontrarle sentido a su pasar, su estar, y su ser en definitiva. En medio de ese contexto urbano por excelencia, en medio de esos edificios, de esas calles, y de esos ignotos transeúntes, historias de personajes sin mucho sentido más que de pertenecer a ese transcurrir descontrolado, se desarrolla dentro otra pequeña historia producto de una necesidad primordial, la de encontrarle sentido y objeto a nuestra existencia.

Una nota interesante, fechada el 06/12/08 -Ignorar al otro, un signo de estos tiempos- acerca de lo que estamos diciendo o comentando, apareció en el Diario La Nación. Consideré oportuno citar sólo la última parte del mismo.

Congreso de psicoanálisis / Individualismo extremo Ignorar al otro, un signo de estos tiempos. Expertos en salud mental debaten sobre las razones que llevan a los argentinos a olvidar que los otros son también personas. Tesy de Biase

Para LA NACION

Prohibido hacerse el autista

Uno de los resortes psicológicos que subyacen a este pase de magia que esfuma al otro tiene seguramente una raíz primitiva: "Quien no ha sido percibido, tratado ni sentido como persona en sus primeros años no puede desarrollar él mismo la capacidad de hacerlo", explica Painceira. Las personas con estas características "no sienten, viven desconectadas de sus afectos, en un cuerpo que sienten como un objeto más en un mundo de objetos".
Sin embargo, la multiplicación del fenómeno permite pensar en mecanismos sociales que activan los engranajes del individualismo extremo. "En nuestra cultura cada vez es menos frecuente la relación yo-tú, y cada vez es más frecuente el contacto puramente instrumental del otro, que pasa a existir exclusivamente cuando es un obstáculo o cuando lo necesitamos."
Para muestra, un estudio reciente realizado por el Instituto Nacional contra la Discriminación, la Xenofobia y el Racismo (Inadi) detectó que el 70% de los argentinos asume conductas discriminadoras, especialmente hacia las personas pobres. Es decir que la mayoría de nosotros segregamos a quienes no vemos como semejantes, salvo cuando resuelven nuestras necesidades.
La manifestación de esta devaluación del otro se manifiesta en hechos cotidianos que, en opinión de Renata Pavani, demuestran "una brutal pérdida de valores y prioridades, además de una despersonalización de nosotros mismos".
Desde la experiencia que adquirió invirtiendo tres horas diarias en viajar desde y hacia su trabajo como product manager de una editorial médica, comenta: "Hemos llegado a tal nivel de patetismo, que el otro día en el subte descubrí un cartel, paralelo al oficial, que decía «Prohibido hacerse el dormido», y se veía a una mujer embarazada colgada del pasamanos y a un chico joven sentado, que «parecía" dormido...".
"El mecanismo es similar con las normas de tránsito y tantas otras normas -concluye-. Todos sabemos lo que tenemos que hacer, pero cuando nos toca hacerlo, nos hacemos los autistas."

La nota completa la podemos leer aquí

Héctor Correa
Punta Alta, diciembre de 2008

sábado, 22 de noviembre de 2008

PARIS, JE T'AIME. UN MÚLTIPLE SOBRE EL AMOR





“París, je t’aime”. Países: Francia y Alemania (2006). Duración: 120 minutos. Directores (transición de los capítulos a cargo de Emmanuel Benbihy): Olivier Assayas (Quartier des Enfants Rouges), Frédéric Auburtin & Gérard Depardieu (Quartier Latin), Gurinder Chadha (Quais de Seine), Sylvain Chomet (Tour Eiffel), Joel & Ethan Coen (Tuileries), Isabel Coixet (Bastille), Wes Craven (Père-Lachaise), Alfonso Cuarón (Parc Monceau), Christopher Doyle (Porte de Choisy), Richard LaGravenese (Pigalle), Vincenzo Natali (Quartier de la Madeleine), Alexander Payne (14e arrondissement), Bruno Podalydès (Montmartre), Walter Salles & Daniela Thomas (Loin du 16e), Oliver Schmitz (Place des Fêtes), Nobuhiro Suwa (Place des Victoires), Tom Tykwer (Faubourg Saint-Denis), Gus Van Sant (Le Marais). Producción: Emmanuel Benbihy y Claudie Ossard.

Cuando Erich Fröm escribe su célebre “El arte de amar” en una de las primeras páginas coloca este párrafo de Paracelso, cuyo nombre completo era Philippus Aureolus Theophrastus Paracelsus Bombastus von Hohenheim, y había nacido en Suiza en 1493. Su otra frase, también célebre fue: "Tan pronto como el hombre llega al conocimiento de sí mismo, no necesita ya ninguna ayuda ajena.", después de haber denostado las obras de Galeno y Aviceno diciendo que en los cordones de sus zapatos había más sabiduría. Por supuesto, terminó siendo echado de Basilea, a más de uno no le gustó este tipo de comentarios. Fue muy famoso también como alquimista y la piedra filosofal.

“Quien no conoce nada, no ama nada. Quien no puede hacer nada, no comprende nada. Quien nada comprende, nada vale. Pero quien comprende también ama, observa, ve... Cuanto mayor es el conocimiento inherente a una cosa, más grande es el amor... Quien cree que todas las frutas maduran al mismo tiempo que las frutillas nada sabe acerca de las uvas.” PARACELSO

Esta película, o mejor dicho, estos dieciocho cortos (cinco minutos de promedio cada uno), intentan conformar un film. Un film sobre el amor, y en el afiche oficial recalcan que es sobre el amor romántico en la romántica y ardorosa geografía urbana parisina: sus barrios, sus calles, sus moradas y su gente.

Un cosa me gustaría señalar antes que nada, y es lo siguiente: lo del amor es secundario, pero los personajes que muestra, las calles que pinta, y las historias que algunos de los directores cuentan van más allá, y París ya no es ese mundo mágico sobre el amor, más bien es una tétrica y escandalosa ciudad cosmopolita y descarnada, como muchas otras de la Europa decadente.

Está compuesta la película de dieciocho cortometrajes, cada uno de los cuales sucede en un barrio distinto de la ciudad de París, nos dice la información oficial de los productores del film. Y es así. Los creadores de la idea quisieron que fuera así, los productores, los que convencieron a los distintos realizadores para que colaboraran cada uno con una pequeña historia sobre el amor en París.

No me quedo con la obra completa, hilvanada y cocida, me quedo con algunos cortos que retratan un París distinto, lejos de las promociones turísticas y la imagen light de la industria hollywoodense sobre el cine francés, cocinada precisamente para el norteamericano medio deseoso de recorrer esas míticas calles del más hipócrita sentimentalismo, y de las luchas por la libertad y la fraternidad universales.

Por otra parte no ha habido otro que como Woody Allen haya trabajado tanto para transformar una ciudad como Nueva York en una ciudad querible, entrañable y única, para él, por supuesto. Quizá sirva como ejemplo de cómo tratar la geografía urbana en función de objetivos estéticos y no meramente turísticos.

Pero no quiero decir que esta película, así estructurada, haya perseguido esos fines banales o superficiales, sin pretender menoscabar la famosa “industria sin chimeneas”, así llamada también la labor turística. Algunos de los cortos han ido más allá, no hay que negarlo. Otros, se han limitado a mostrar, detrás de una floja historia, las calles de París y la Torre Eiffel, símbolo irreductible de la industria metal-mecánica tal vez.



Analizar cada uno de los 18 cortos quizá sea una labor pesada y a lo mejor sin mucho sentido. Sólo uno me gustaría recordar en este momento, el de los hermanos Coen (“Tuileries”) por dos razones: primera, de Jarden de Tuileries (bellos jardines sin duda) sólo se ve el cartel en la estación del metro parisino, y segunda razón, el hombre francés es más violento de lo que parece, y su romanticismo está impregnado de irracionalidad y fatuidad. Dos cuestiones que desmitifican y nos acercan o nos ilustran más que nada acerca de la humanidad del parisino, que no escapa a las miserias del resto del mundo y del hombre contemporáneo.

Sobre el tema de la geografía urbana y del tratamiento que los distintos directores han hecho de ella no hay duda de la influencia que sobre el hombre ha tenido la naturaleza en lo que se refiere a su relación con la imagen y su percepción, sobre todo con la imagen en movimiento. La ciudad es y deviene naturaleza, los personajes se mueven en ella como el pez en el agua, se mueven, lloran y se ríen, sufren y son felices, aman y odian, en sus calles, bajo sus techos, en sus lugares más recónditos y en los espacios menos imaginables. El cine tiene innumerables ejemplos, a través de su historia, de esta intensa relación entre cine y urbe, o entre cine y naturaleza. La literatura, especialmente la novela del siglo XIX, Balzac, Sthendal, Flaubert, Zola, Jane Austen, las hermanas Brönte, Tolstoi, etc., le ha legado la forma de contar, la arquitectura del personaje, y el escenario, todos recursos narrativos que aún hoy guardan cierta vigencia en el cine que vemos día a día. Pero, sólo algunos pocos realizadores han intentado replantear las formas, y han incursionado en técnicas y puntos de vista, relaciones contextuales, y construcción y deconstrucción de personajes con tanteos rupturistas donde nuevas concepciones del mundo y nuevos conceptos sobre la realidad tratan de modificar la manera no sólo de ver nuestro entorno si no, también, las relaciones entre los hombres.

En la última jornada donde vimos esta película, organizada por el profesor Gustavo Junciel, en el Instituto Superior perteneciente al ex Colegio Nacional de Punta Alta, en el ciclo "Fotogramas de la posmodernidad", dijimos en la pequeña introducción que nos tocó desarrollar, que el tema del amor en estos tiempos que corren podría ser tratado en cualquier ciudad del mundo con los mismos rasgos, aristas y problemáticas que los productores del film quisieron resaltar, por lo que la cita de Erich Fröm nos pareció apropiada en tanto y en cuanto alude a la capacidad del hombre de ver y observar como una forma de llegar al amor refiriéndose a la universalidad de ese estado, regido por el conocimiento del otro, como condición esencial y vital. Ver y observar son dos términos entonces apropiados para interpretar el cine como arte, y entonces la imagen adquiere una entidad inconmensurable ya que entraña esa unidad por la que el hombre hace carne su entorno y se inserta en el contexto de la naturaleza de la que forma parte esencial. Por supuesto el ojo de Paracelsus, que vivió allá por finales del siglo XV, no es el mismo del hombre del siglo XXI, no es el mismo el ojo, el hombre ni la realidad por la cual transita y se mueve. Pero ese párrafo, citado por Fröm, adquiere relevancia porque en estos cortos de “París je t’aime”, el ojo del realizador trata, intenta, captar ese entorno y contar una historia de amor, del amor según su idea y su intención, que no es la misma que la mía o la del lector.

Bajo esta perspectiva, mirar este film es todo un desafío, no sólo porque podremos comparar distintas concepciones y formas de narrar, sino, además, porque podemos interrogarnos a nosotros mismos cómo contaríamos una historia en esta ciudad donde vivimos, en estos barrios y estos habitantes, con nuestros problemas, nuestras angustias, y nuestras calles.

Héctor Correa
Punta Alta, noviembre de 2008

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