sábado, 14 de noviembre de 2009

EL SECRETO DE SUS OJOS. TRANSCULTURACIÓN O DEPENDENCIA



TÍTULO ORIGINAL El secreto de sus ojos
AÑO 2009
DURACIÓN 126 min.
PAÍS Argentina
DIRECTOR Juan José Campanella
GUIÓN Juan José Campanella, Eduardo Sacheri
MÚSICA Federico Jusid, Emilio Kauderer
FOTOGRAFÍA Félix Monti
REPARTO Ricardo Darín, Soledad Villamil, Guillermo Francella, Pablo Rago, Javier Godino, José Luis Gioia, Mario Alarcón, Mariano Argento, Ricardo Cerone, David Di Nápoli
PRODUCTORA Coproducción Argentina-España; 100 Bares / Tornasol Films / Haddock Films / Telefé


Antes que nada queremos decir algo sobre el cine que se hace en nuestro país. En nuestro universo el cine norteamericano, o sea el cine hecho en Hollywood, es el que prima, es así, nos guste o no. Pero, no sólo por la cantidad y la profusión con que se distribuye, sino y en especial porque toda una estética, una "forma" de crear y realizar films fue lo que determinó tal prodigalidad. Una forma que estuvo y está aún, y creo que por mucho tiempo más, enraizada en la cultura de ese imperio. Esto quiere decir que si bien los orígenes del cine podemos ubicarlo en otros países -se lo dejamos a los historiadores-; tuvo extraordinarios aportes de Rusia y la ex-Unión Soviética; se indagó, investigó y desarrolló por obra de profundos y minuciosos teóricos en toda Europa; pero en realidad fueron los estadounidenses los que lograron e hicieron una grandiosa, eficaz y provechosa industria del séptimo arte. Ahora, si bien el criterio comercial fue el que motivó y puso en marcha esta maquinaria, la praxis cinematográfica fue superada por un objetivo superior que algunos llamaron el "destino manifiesto", lo que significó en especial hacer del cine un vehículo propicio y apropiado para la difusión de un estilo de vida bien claro y definido, el occidental y judeo-cristiano.

Esta peculiar forma de fabricar films, por supuesto, no surgió espontáneamente, miles de años de desarrollo humano fueron necesarios para definir y llegar a la penosa conclusión de que la "cultura de masas" -y la implícita concepción del mundo-, era la expresión más práctica y eficiente de llegar a todos los rincones del mundo a través de la imagen en movimiento.

Esta pequeña introducción quizá sirva para explicar algunos aspectos de la masiva concurrencia a las salas de cine que provocó "El secreto de sus ojos". Esto es fácil de entender si acordamos que Franchela es un actor muy simpático y Darín atrae porque encarna como ninguno la idiosincrasia del porteño piola. Por otra parte muy pocos se acordaron de la historia que cuenta el director, una adaptación hecha, en forma conjunta con el autor de la novela, Eduardo Sacheri, escritor de cuentos sobre fútbol y costumbres del hombre medio de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, nombre éste un tanto aparatoso y ostentoso adoptado para nuestra Capital Federal. Y ahí se desarrolla la narración.

Declamar de nuevo sobre "La cabeza de Goliat" (Ezequiel Martínez Estrada), resulta un tanto aburrido a esta altura del partido. Ha corrido mucha agua debajo del puente, estamos en el s. XXI, pero aún sigue siendo un tema crítico y urticante para este extraño país, mezcla de estructuras culturales hundidas en los intersticios más profundos de etnias ancestrales con un fenómeno inmigratorio de una Europa deprimida y castigada desde fines del siglo XIX. Por lo tanto no podemos abandonar la idea, tremenda idea, de una cultura muy particular y cosmopolita. Pero, por sobre todo, asentada no en la Argentina "profunda" como le llaman ahora, sino en una capital absorbente y dominante, y muchas veces, extraña a los verdaderos intereses de todos los argentinos.

Por supuesto, no vamos a hacer recaer la culpa en Campanella, ni en Sacheri, ni menos en Darín de tener un país como el que tenemos. Los productos culturales –y el cine es uno de ellos-, son una consecuencia de múltiples factores, entre otros, la capacidad y formación del creador, su "creatividad", y por último de dónde y cómo -y me refiero al los ambientes socio-culturales- tomó las pautas y criterios estéticos que hicieron o determinaron que hiciera tal o cual obra. En este caso cómo el director de "El secreto de sus ojos" llegó a la conclusión de adaptar esta novela, confeccionar un guión, realizar el casting, y estructurar la narración haciendo uso del lenguaje cinematográfico de la mejor manera posible, todo en forma conjunta con el autor del libro repetimos, Eduardo Sacheri, quien merece, sin duda, un más minucioso tratamiento literario de su obra, independientemente del film. Y creo que la mejor manera, por prudente y presuntamente eficaz, era tratar de no abandonar en lo posible la forma narrativa que la tradición universalizó a través de Hollywood. Creo que lo logró; la cantidad, medida en butacas vendidas, así lo demostró, según los analistas y críticos de los medios metropolitanos. Ahora fue elegida para representarnos ante el premio mayor, o sea el Oscar, y otros galardones más.

Pero en este contexto se filma esta película. Los que han escrito y estudiado sobre la historia del cine argentino nos han enseñado que hubo distintos períodos en los que predominaron distintas expresiones y distintos creadores, temáticas y contenidos. Los de más esplendor fueron aquellos en los que se notó en mayor medida una influencia importante y determinante de Hollywood. También existieron aquellos donde, en algún momento poderoso, el cine europeo, Italia y Francia en especial, motivó a ciertos autores a contar historias que poco tenían que ver con las entrañas sufrientes del sur, o el norte pobre y castigado, pero pretendían mostrar que existía cierta sensibilidad frente a la inequidad y el drama del argentino provinciano o de la periferia (inmigrante) porteña. Y autores de la talla de Leonardo Favio, Lautaro Murúa, Hugo del Carril o “Pino” Solanas, tomaron la cámara y esgrimieron una suerte de cine denuncia, muy temerarios en cuanto a los contenidos, pero un tanto divagantes o incoherentes desde el punto de vista formal, quizá producto de una cine pobre, de escasos de recursos económicos, y rico en ideas e intenciones. Hoy, nuevos autores, han adoptado o han incursionado en temáticas y formas narrativas más vinculadas a criterios estéticos “realistas”, como Trapero, Burman o Lucrecia Martel.



Otro enfoque merece esta historia o esta película por haber sido catalogada dentro de las mejores obras del cine policial negro de nuestro país. Bien, se presta entonces para hablar un poco sobre el cine policial negro o blanco, tradicional o “films noirs” como lo llaman a veces. Desgraciadamente debemos volver sobre el cine norteamericano, o también, como consecuencia, sobre el policial inglés y un poco el francés, pero nada más. Los principales autores (del negro por supuesto), únicos por otra parte, se originaron y desarrollaron sus obras en EE.UU. Alrededor de Raymond Chandler (en 1939 inició su serie de novelas, con el protagonismo de Philip Marlowe en la mayoría de ellas, el detective privado que recorrería toda su obra. “El sueño eterno”, “Adiós muñeca”, “La ventana siniestra”, “La dama del lago”, “El largo adiós” y “Playback”, son algunas de sus creaciones), de Dashiel Hammet, (“El halcón maltés”, “El hombre delgado”, “Cosecha roja”, donde Sam Spade fue el personaje más notorio), o de Ross McDonald, quien creó el personaje del detective privado Lew Archer, (con obras como “El blanco móvil”, “Costa Bárbara”, “Dinero negro”, “La mirada del adiós”, etc.), por citar algunos, giró la creación y origen del policial negro. Cobró caracteres estéticos peculiares, gestó una literatura muy particular y tomó perfiles que en ningún otro país pudo emularse. Así es, y se puede observar haciendo un examen comparativo minucioso entre las obras de autores ingleses y franceses, por ejemplo, de los más conocidos, Conan Doyle, Agatha Christie, G.K Chesterton, en Gran Bretaña; Emile Gaboriau, Maurice Leblanc, Gaston Leroux, en Francia. Pero es en EE.UU donde nace, se desarrolla y adquiere perfiles peculiares y estéticos capaces de convertirse en un generador de verdaderas obras maestras del cine universal. Este trabajo excede la posibilidad de hablar de Alan Edgar Poe, de Bierce, o de Faulkner, pero es con estos autores de quienes se nutre este género, considerado menor a nivel literario, pero con joyas cinematográficas tremendamente significativas a nivel artístico, cultural y social. Me gustaría citar algunas de esta obras, entre otras, como siempre: “El Halcón Maltés” (John Huston), “Atraco perfecto” (Stanley Kubrick), “Testigo de cargo” (Billy Wilder), “El beso mortal” (Robert Aldrich), “Nido de ratas” (Elia Kazan), “Los sobornados” (Fritz Lang), “Tener y no tener” (Howard Hawks), etc.

En nuestro país, los intentos de confeccionar literatura policial fueron realizados por obra del genio de Jorge Luis Borges, “SEIS PROBLEMAS PARA DON ISIDRO PARODI”, con la colaboración de Adolfo Bioy Casares, cuentos que se insertan en el esquema del singular investigador, astuto, avezado y perspicaz de los autores ingleses y franceses. Más aquí “Plata quemada” de Ricardo Piglia intenta una forma más cerca del policial negro norteamericano, aunque, creemos, dista mucho de lograrlo. Por supuesto, hubo otros intentos, pero no alcanzaron en ningún momento conformar un “movimiento”, una forma propia, o un estilo definido que permitiera hablar de “cine policial argentino”.

Con esta pequeña introducción queremos decir lo siguiente: si bien Edgar Alan Poe fue el creador del cuento policial, y fue estadounidense, esta forma se desarrolló más que nada en Inglaterra y Francia. En cuanto al “policial negro” tuvo su origen y desarrollo en EE.UU y no hubiese podido ser de otra manera ya que las condiciones económicas y sociales, producto del vertiginoso y contradictorio crecimiento de la potencia, determinaron una literatura y un cine que reflejara ese proceso con la profundidad estética que implicaba describir ese fenómeno por parte de sus creadores. Magníficos creadores.

Volviendo a nuestra película, ahora hagamos nuestro análisis teniendo en cuenta esta historia del policial. Creo que no tenemos mucha tradición al respecto, así como nuestro país no tuvo las condiciones socio-culturales propicias como para gestar esa literatura. Hubiese sido necesario transgredir esas formas, esas estéticas y esas concepciones de la realidad norteamericana, para abordar otra manera de concebir la novela o el cine policial negro. En Buenos Aires no se vive como en Los Ángeles o San Francisco, no tuvo una súper industria cinematográfica, ni autores (de libros policiales al menos) que escribieran utilizando la jerga o los modismos del hampa y los servicios privados. En definitiva, para crear o generar una literatura o guiones se necesitan otras condiciones que hagan propicia la creación de tales productos. Imitar pensando que Darín puede convertirse en Marlon Brando o Humprey Bogard, o que Soledad Villamil se moverá en la pantalla con la soberbia de Barbara Sanwyck o Rita Hayworth, son pretensiones de una visión que excede la capacidad de nuestro cine, sin duda.

Siempre será arduo hacer un cine -para la industria y la comercialización-, que alcance el virtuosismo artesanal de algunos directores de Hollywood, pero más complicado aún es hacer algo que ellos –los norteamericanos-, y me refiero a ciertos géneros –como el policial-, han sido pioneros y los han llevado a su máxima expresión , desde todo punto de vista.

Creo que siempre estamos a tiempo de incursionar en un cine nuestro, con temáticas propias, con autores comprometidos con nuestras problemáticas y realidades, y con ansias de experimentar en formas de realización no anti-hollywoodenses porque es casi quimérico, pero sí más originales y estéticamente innovadoras. No creemos que sea imposible.

Héctor Correa
Punta Alta, noviembre de 2009




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