martes, 4 de agosto de 2009

Okuribito. おくりびと. Departures (Despedidas)




Devuélveme mi sueño,
cuervo! La niebla empaña,
la luna que veo al despertar

Haiku de OHNITSURA

Ficha Técnica:

Dirección: Yojiro Takita
Guión: Kundo Koyama
Editor: Akimasa Kawashima
Reparto: Masahiro Motoki, Ryoko Hirosue, Tsutomu Yamazaki, Kimiko Yo, Kazuko Yoshiyuki, Takashi Sasano
País(es): Japón
Año 2008
Duración: 131 minutos
Idioma(s): Japonés
Distribución: Shochiku, Regent Releasing (USA), Golem (España)

Premios:
2009 Ganadora del Oscar a la Película de Habla No Inglesa
2008 Ganadora Festival Internacional de Cine de Montreal
2008 Asian Film Awards: (Mejor Actor) Masahiro Motoki Ganadora


“A diferencia de sus contrapartes en muchos países, en Japón los llamados servicios "nokanski" para asear y embellecer a los cadáveres se realizan en presencia de las familias, en un ritual que debe combinar una atmósfera de simpatía y reverencia.” dice Takita, quien ha hecho otros films:

1986 COMIC MAGAZINE
1988 THE FAMILY
1990 BYOIN E IKO
1992 YAMAI WA KIKARA: BYOIN E IKO 2
1993 WE ARE NOT ALONE
1993 THE CITY THAT NEVER SLEEPS
1994 THE TROPICAL PEOPLE
1997 SHARAN-Q NO ENKA NO HANAMICHI
1999 HIMITSU
1999 OJUKEN
2001 THE YIN YANG MASTER
2003 ONMYOJI 2
2005 ASHURA
2007 THE BATTERY
2008 OKURIBITO
2009 SANPEI THE FISHER BOY

Digamos que ha filmado bastante, pero es con esta película que ha conseguido cierto eco en los ámbitos de la crítica cinematográfica. El guión es de Kundo Koyama (famoso gracias al éxito del programa de cocina El cocinero de hierro) y música del excepcional Joe Hisaishi (compositor habitual de las películas de Hayao Miyazaki y de Kitano). Pero aquí hay que considerar un aspecto que trasciende la cuestión meramente formal, cuestión que no hay que ignorar en este director ya que vemos un tratamiento de las imágenes muy cuidadoso, y una estructura narrativa interesante lo que amalgama un cuidadoso guión con una dirección acorde con la temática y los contenidos desarrollados. No olvidemos que este tópico (la preparación hacia la muerte y la desaparición física del difunto) no es muy sencillo de tratar de acuerdo con la cultura -llena de prejuicios- japonesa.
Disparar todo un planteo de aceptación y rechazo de la profesión de “nokanshi” (amortajador) al que es sometido el protagonista, y al mismo tiempo pretender convertir dicho oficio en razón de ser de una vida que estuvo marcada intensamente por la música y su ejecución como actividad vital, es todo un desafío ideológico y una toma de posición sobre los aspectos más delicados de la vida de un hombre en esa sociedad.

El “Diario de un amortajador budista”, de Shinmon Aoki, es una de las bases en la que se asienta esta obra. “Ser Nacido En Un Loto” del Venerable Tai Kwong dice hacia el final:

“Normalmente un hombre señala su cuerpo y dice: “yo”. Esto es incorrecto.
El cuerpo en sí mismo no es “yo”. “¡Es “mío!” Es una herramienta para el
hombre. La naturaleza pura del hombre es su “verdadero “yo”. Todas las
herramientas y cosas usadas por el “verdadero yo” se gastarán o se
descompondrán. Ellas entonces deben ser reemplazadas. “Ayudar a cantar”
para enviar a alguien a ser renacido en el Sukhavati es permitirte ser
renacido en un loto y reemplazar tu cuerpo por uno nuevo.”




Ayuda y canto se constituyen en dos elementos destinados a apoyar y enriquecer la visión cultural de la historia, y ambos surgen precisamente de lo más rico de la religiosidad asiática, donde la preocupación del hombre está imbuida por la vibración y el timbre de su paso por la vida.

El film “Okuribito” se inscribe, y no puede ser de otra manera, en la particular tradición del cine oriental, o sea poner en primer plano la rica práctica del humanismo religioso con el sentido ritualista y místico de la cotidianeidad en el hombre común producto de esa conjunción social.

Si bien la percepción de la muerte en Japón está cruzada por el budismo, los mitos, el obscurantismo, arcaicas concepciones, y estructuras culturales muy complejas para nuestra mente occidental, incluidos el ocultamiento y la negación en algunos casos, autores de la talla de Akira Kurosawa han incursionado en este tema rompiendo tabúes y desafiando creencias populares. “Vivir”(“Ikiru”), “Rashomon”, “Los sueños de Kurosawa”, “Rapsodia en Agosto”(“Hachigatsu no kyoshikyoku”), y en otras películas más, todas de Kurosawa, la idea de la muerte corre en forma permanente y reiterativa. Una diferencia formal y que se transforma en conceptual, marca el estilo de este genial director en especial en este tema, y es que los ritos se insertan en la forma narrativa, y lo vemos claramente en el ritual funerario del protagonista de “Vivir”, y en el trabajo sobre los puntos de vista que hace del cuento “Rashomon”. En ambos films los personajes discurren sobre el muerto y la muerte, su vida y sus desdichas, pero sobre todo sobre el camino recorrido en vida y sus frutos, o lo que deja para los otros.

El cine japonés ha sido, y sigue siéndolo, un cine trascendente a nivel universal. Hacia 1940 Akira Kurosawa estrena su primer film. Pero antes, Japón tuvo también su cine mudo, cuando ya Hollywood producía películas sonoras, y sus directores recibieron el influjo del poder industrial y estético de los EE.UU. sin duda.



También tiene Japón sus propios géneros cinematográficos, peculiares, y muy orientales algunos de ellos. Si los citamos muchos los reconocerán con claridad dada su permanente y universal difusión, casualmente muchas veces por la propia industria norteamericana. Y, por supuesto, esto nos trae a la memoria una de las polémicas más ríspidas que en estos momentos se encuentra vigente dentro de la sociedad nipona: lo que algunos han llamado la occidentalización de la cultura japonesa, y más allá, de la cultura oriental. Sin lugar a dudas un fenómeno producido por la penetración occidental de la mano del país más poderoso hoy, pero ayer de la Europa colonialista (v.gr. Inglaterra y Francia) desde hace unos cientos de años. Estos géneros, el Anime (cine de animación), el Jidaigeki (cine de época), el Cine de terror, el Kaiju (cine de monstruos), el Pink films o cine pornográfico (también de animación y muy difundido), el Yakuza (la mafia japonesa), etc., constituyen la peculiaridad del actual cine japonés, un cine dirigido claramente a la industria y a la intensa comercialización que se desprende de ella, o sea al consumo. Nada de esto, quiero aclarar, tiene que ver con Yasujiro Ozu, Hiroshi Inagaki, Nagisa Oshima, Shohei Imamura, o con Akira Kurosawa. Éstos han hecho un cine con una claridad estética y conceptual muy marcada y han influido mucho en el cine de otros ámbitos y pueblos. Bergman, Allen, Tarkovski, Eastwood, o Kubrick, han bebido de estos autores orientales, y han volcado sus enseñanzas de una manera magistral.

Sobre Kurosawa podríamos extendernos un poco más, y en especial sobre un tópico que abordó durante toda su carrera hasta constituirse en una especialidad para ciertos grupos de realizadores japoneses. El tema de la violencia, a diferencia del tratamiento que le ha dado el cine comercial, fue un universo conceptual y semántico de alta significación en la obra de A. K. Casi podríamos decir que la podemos dividir en dos grandes grupos, estéticamente hablando: la violencia producto de las raíces étnico-culturales del japonés, y la violencia de la sociedad contemporánea, donde la “occidentalización” y la lucha por liberar de ese yugo a su cultura, jugaron un papel preponderante. El “samurái” símbolo y leyenda, más las guerras crueles e intensas que cruzaron la historia milenaria, representan el primer grupo, y el más shakesperiano de su perfil estético; la penetración de los EE.UU., la bomba atómica, y la deshumanización de la cultura primordial, encarnan el segundo grupo, constituyéndose en el más occidental de sus perfiles, por el cual fue criticado injustamente. De todas maneras ambos significan la amplitud y la profundidad del pensamiento de este gran director japonés fallecido hace casi diez años.

Pero hay otro aspecto que aflora irremediablemente de esta concepción del hombre y de la violencia, y es el surgimiento de ciertos autores -no japoneses- que han abordado de una manera muy particular esta temática, me refiero al coreano Park Chan-wook (del sur) con “Old Boy”, y al alemán Michael Haneke autor de “Siete fragmentos para una cronología del azar”, ambos, sin duda, productos de Kurosawa y de Sam Pakinpah, dos de los más concienzudos y estudiosos maestros de la violencia en la sociedad contemporánea -y en el cine-, junto con Kubrick, a quien nunca podremos dejar de lado, sea el tema que sea.

La “violencia” es una temática que ha sido abordada por los críticos y analistas en todos sus aspectos y en todas sus particularidades, y sobre ella han llegado a conclusiones profundas e interesantes, tanto desde el punto de vista de la estética que generó como de la indudable persistencia en el séptimo arte, en los realizadores como en los creadores de las historias del cine universal. Hasta algunos han creído que sin ella no hubiera existido el cine, o, lo que es lo mismo, han creído que cine y violencia han sido lo mismo, o han constituido el mismo fenómeno.

Pero la película de Yojiro Takita, “Okuribito”, tiene la valentía y la particularidad de mostrar un costado sesgado del mayor acto de violencia “natural” en la vida del hombre, la muerte, o la pérdida de la vida, o el comienzo de su viaje a la eternidad, al más allá, o donde sea, lo que implica, ni más ni menos que su despedida. En Takita esta partida deja de ser un acto violento para constituirse en una acción ética y estética, generosa y solidaria, dirigida a embellecer y acompañar la despedida. Toda una concepción, extraña para el hombre occidental, pero vitalmente arraigada en la idiosincrasia del oriental. Quizá, el rito, este rito en sí no tenga la aceptación masiva y sea rechazado por sectores del pueblo japonés. Pero, muestra, en su carácter excepcional, el carácter y el sentido de la obra y la idea plasmada por Takita. Un film lleno de contemplación, hacia su propia sociedad y hacia el hombre bombardeado por culturas deshumanizantes y deshumanizadas, líquidas y livianas, egoístas y egocéntricas, enajenadas y alienadas, despreocupadas y vacías. Pero otra cosa también nos dice el film, no necesitamos el cine oriental para darnos cuenta de esto, nuestro cine, el occidental, está desbordado de este desmoronamiento, sólo necesitamos aprender a verlo.

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