viernes, 19 de febrero de 2010

“INVICTUS”. Cine, deporte y patria



Dirección: Clint Eastwood. País: USA. Año: 2009. Duración: 134 min. Interpretación: Morgan Freeman (Nelson Mandela), Matt Damon (François Pienaar), Marguerite Wheatley (Nerine), Patrick Lyster (Sr. Pienaar), Matt Stern (Hendrick Booyens), Julian Lewis Jones (Etienne Feyder), Penny Downie (Sra. Pienaar), Tony Kgoroce (Jason Tshabalala), Patrick Mofokeng (Linga Moonsamy), Adjoa Andoh (Brenda), Leleti Khumalo (Mary). Guión: Anthony Peckham; basado en el libro “El factor humano” de John Carlin. Producción: Clint Eastwood, Lori McCreary, Robert Lorenz y Mace Neufeld. Música: Kyle Eastwood y Michael Stevens. Fotografía: Tom Stern. Montaje: Joel Cox y Gary D. Roach. Diseño de producción: James J. Murakami. Vestuario: Deborah Hopper. Distribuidora: Warner Bros. Pictures International España.

"Yo he nacido para pelear con facciosos y demonios y para
estar siempre en campaña; por eso mis libros son
tempestuosos y batalladores. Mi destino es descuajar
troncos y cepas, cortar setos y espinos, rellenar ciénagas;
soy el rudo taladro que abre caminos en el bosque."
Lutero



Un mapa de Sudáfrica o República Sudafricana


Muchas veces no es necesario que el realizador confeccione una “obra maestra” cinematográfica para mostrar que la propaganda ideológica, tan criticada al régimen nazi o a la Unión Soviética del “realismo socialista”, es un instrumento muy usado por cualquier régimen político –en nuestro universo-, o creador individual coincidente con sus políticas, a la hora de querer expresar cómo ve o interpreta la realidad, incluso para su transformación o su conservación.

El deporte ha sido y es una disciplina propicia para ser utilizada con fines propagandísticos, como ha sido y es, un instrumento extraordinario para la formación y educación del niño. Así lo entendió, diez siglos antes de Cristo, la civilización griega. Werner Jaeger, en su “Paideia” (1933), describe meticulosamente cómo la cultura y la educación se asientan, mejor dicho cobran fundamento y esencialidad a partir de ese concepto tan particular que llamaron "paideia" (la formación del hombre griego). Y la política, en esa concepción (helénica), cobró una altura y una consideración que excedió lo meramente mundano o cotidiano, para constituirse en el mejor resorte moral y ético para el hombre como ser integral. Bueno, los griegos fueron los griegos y nosotros somos nosotros a miles de años de distancia, sin embargo ciertos principios, si aún esa palabra mantiene su vigor, deberían ser reconsiderados por el hombre contemporáneo.

Eastwood, en “Invictus”, recrea la posibilidad de que al llegar al poder y en ciertas circunstancias, el deporte pueda ser utilizado para fines nobles y patrióticos. Aparentemente así lo vio Mandela cuando, ungido Presidente de Sudáfrica, luego de casi 30 años de prisión, y a través de un deporte muy anglosajón, como es el rugby, lo utiliza inteligentemente, desde el gobierno, para poner en marcha una de las luchas más encarnizadas contra la discriminación étnica y la exclusión social. El deporte, al igual que en la Alemania de Hitler o en la Unión Soviética del Partido Comunista ruso, pasa a constituirse en una herramienta propagandística relevante dentro de la sociedad.

No vamos a hablar de Sudáfrica, del período de la plena vigencia del apartheid –que duró muchos años, y aún dura-, ni de las luchas de Nelson Mandela contra la segregación impuesta, incluso institucionalmente, por uno de los países más poderosos del mundo: Inglaterra. Sería una labor muy rica e interesante pero muy ardua y extensa, para este trabajo. Pero, reivindicar la estrecha relación que en el mundo mantiene la política con el deporte, ya sea como política de estado, o como simple instrumento para establecer cierto dominio o poder social, es ya un objetivo muy interesante porque, además nos remite a ciertas cinematografías de países que tomaron muy en serio esta concepción, y a otros que ignoraron “olímpicamente” esta posibilidad. Nosotros, en cierto período de nuestra rica y triste historia, fuimos uno de ellos, ya como herramienta de propaganda ideológica, ya como instrumento digno de ignorar, aunque otros pueblos hayan demostrado que es importante para la formación del hombre. Las Olimpíadas siguen demostrando en forma permanente que son relevantes en todo sentido para el mundo entero. Por supuesto, tenemos bien en claro las raíces ideológicas de tales posturas frente al deporte, aquellas que fueron ricas y beneficiosas para el hombre y aquellas que promocionaron la iniquidad y la muerte.

En la historia del arte, podemos, sin mucho esfuerzo, percibir cómo el poder se rodeó de creadores, grandes creadores, que cantaron sus logros y sus sacrificios a través de los tiempos, y también para perpetuarse en sus imágenes y sus versos. Y los juegos deportivos, como las obras de arte, cumplieron el mismo rol, constituyéndose en un medio de comunicación poderoso -pueblo-poder-, en un asunto de estado en las relaciones internacionales, o como en un elemento educativo de honda y rica trascendencia por sus fines y propósitos humanísticos.

Si, por tomar otro camino, analizamos esta película como parte de un sistema de obras de un realizador, donde debemos tomar en cuenta su concepción del mundo y por supuesto su estética, podemos vislumbrar lo siguiente: primero, su claro y contundente propósito de acercarse a los temas interétnicos, la violencia (lo bélico, el western, y el policial) que a veces impregna sus historias, y la visión tan particular de la sociedad norteamericana, cruzada por una honda y oscura línea de intolerancia, corrupción y exclusión. Así se ha visto en sus films, que algunos hemos comentado. "Gran Torino" e "Invictus" se insertan en aquellos donde la cuestión étnica cobra relevancia y mucha preocupación en su temática.

Pero, podemos escribir muchas palabras, hojas enteras sobre la realización de este film, sus aspectos técnicos y semánticos, cómo cierta morosidad impregna sus escenas y secuencias, cómo construyó un personaje tan lleno de “negritud” y política frente al blanco intolerante y segregacionista, cómo las distintas partes de la historia se van estructurando de acuerdo a una evolución temática y deportiva peculiares, y, sin duda, cómo toda la mejor historia hollywoodense, la de los directores “artesanos” del mejor cine, descolla y dirige la acción fílmica. Pero, se nota, en todo esto, resalta y domina, lo étnico en toda su magnitud, como eje temático, como advertencia moral y como técnica narrativa, todo junto al servicio de una concepción muy espacial e integracionista de los conflictos interétnicos y territoriales. Eastwood ha sido muy claro en toda su filmografía sobre estas cuestiones, cruciales para el hombre, especialmente el hombre medio norteamericano, y es un brete que cuesta solucionar, difícil de resolver y muy profundo como para no prestarle la atención adecuada. Si Mandela, en la Sudáfrica segregacionista, a través del rugby, cree que el apartheid ha sido erradicado, en Brasil la favela será erradicada también en cualquier momento por obra del fútbol. Todos sabemos que no. Si Eastwood cree que la poesía y el deporte son los mejores instrumentos para afrontar uno de los problemas más crudos y crueles de la humanidad, no habría hecho esa magnífica película que fue "Río Místico", de la que hablamos en otra nota en este mismo blog. Sería demasiado ingenua su postura si no tuviera detrás la conciencia y la religiosidad que inspiró toda la historia de EE.UU desde las trece colonias inglesas. Tendríamos que conocer un poco más a Lutero, el protestantismo, y las grandes transformaciones religiosas de la historia anglo-sajona.

Por lo tanto, esta película se inscribe como una más dentro de la filmografía de Eastwood, claro y transparente artesano, y dentro del cine norteamericano pleno y rebosante de obras sobre el destino manifiesto, la caza de brujas y la vida del hombre medio de ese poderoso país.

Héctor Correa
Punta Alta, febrero de 2010

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