viernes, 28 de diciembre de 2012

LA RED. MIEDO O IGNORANCIA

Tecnología. viernes, 23 de diciembre de 2012
Ciudadanos en red: señales de un poder transversal que la política no supo ver
PorAriel Torres|LA NACION
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Había sido un largo día en el diario. Había llegado la noche. Había vuelto a casa. Había encendido el televisor. Y había visto a varios políticos declarar que "la convocatoria había sido una sorpresa". Esto fue la noche del 13 de septiembre de 2012, el día en que Internet le dio una bofetada a la clase dirigente argentina y la dejó sin palabras. O, más bien, con una sola y sintomática palabra: sorpresa.
La explicación de por qué los sectores más poderosos de nuestro país (lo que excede largamente a la política, porque el fenómeno atraviesa toda nuestra vida cotidiana) no habían podido anticipar la clase de fenómeno que puede gestarse desde las redes sociales es bastante compleja, pero arranca con no haber advertido las señales a tiempo. ¿Hablo acaso de la "primavera árabe"? No, no hace falta irse tan lejos.
En octubre de 2011 la Argentina estaba segunda en la lista de las naciones cuyos habitantes pasan más tiempo en las redes sociales. Con 10,7 horas promedio mensuales por visitante, nuestro país se encontraba a un paso del puntero, Israel, con 11,1 horas, y muy por encima del promedio global, de 5,7 horas.
Esta señal -un formidable vaticinio del impacto que tendrían Facebook y Twitter en la política argentina durante los siguientes 12 meses-apareció en el radar de ComScore, una compañía que se dedica al análisis de Internet, en diciembre del año último, como parte de un informe público sugestivamente titulado "Es un mundo social". Además, el estudio revelaba otras tres tendencias que es oportuno mencionar aquí.
Primero, que las redes sociales se habían convertido en la actividad más importante de Internet.
Segundo, que el microblogging (es decir, Twitter) se había transformado en "una nueva fuerza disruptiva en las redes sociales" (ergo, en Internet; ergo, en el mundo).
Tercero, destacaba el impulso adicional que los teléfonos móviles estaban dándole al tsunami social que inundaba Internet conmarejada imparable.
Mientras escribía este texto, ComScore me adelantó los resultados de su nueva encuesta sobre redes sociales, de octubre de este año. Ya no estamos segundos. Ahora, la Argentina ocupa el primer lugar en el mundo en tiempo consumido en las redes sociales (Estados Unidos está en el puesto 16). Podría decirse que, en general, los latinoamericanos somos muy comunicativos y sociables, lo que se refleja en el promedio de 8,3 horas por persona en la región. Aún así, nuestro país estácasi dos horas por encima de ese valor. Permanece en 10,1 horas.
Pues bien, pese a que la Argentina es uno de los países con más penetración de Internet en la región, pese a que tiene la tasa más alta de teléfonos móviles capaces de usar redes sociales ( smartphones y socialphones ) en América latina y pese a ser el país del mundo que más horas pasa en las redes sociales, la convocatoria del 13-S sorprendió a la clase política.
Algunos números más, para poner la sorpresa en perspectiva. Facebook debutó en febrero de 2004; es decir, tiene casi 9 años, una enormidad de tiempo para el impaciente metabolismo de Internet (a propósito, 2004 fue el año en que Google salió a la Bolsa). Twitter nació en julio de 2006; con más de 6 años de vida, no ha hecho sino alcanzar la madurez. Ya no es de ninguna manera una novedad. Mucho menos una sorpresa. El pajarito azul está presente hasta en la publicidad de vía pública.
Pero no en la agenda política.
El axioma imperfecto
Hace un par de semanas participé de una reunión de la Fundación Vía Libre en la que se discutieron temas relacionados con Internet, la libertad de expresión, la privacidad, el copyright y el acceso a la información, entre otros. Habían sido invitados varios legisladores o, en su defecto, sus asesores. La única legisladora que nos honró con su presencia fue Laura Alonso, diputada nacional del PRO. Los demás enviaron a sus asesores o representantes de prensa. El Poder Ejecutivo ni siquiera respondió los mails.
Aunque, según me dicen en Vía Libre, la reunión estaba más bien orientada a asesores, la presencia de tan sólo una legisladora -que, acertadamente, además, asistió con dos de sus asesores-es un síntoma de que no sólo los temas de las tecnologías de información y telecomunicaciones siguen siendo un asunto que se delega al experto, lejos de la agenda caliente, sino también de que las rotundas advertencias del #13S y el #8N siguen sin ser percibidas como relevantes.
En el fondo, y este fenómeno ocurre en todo el mundo, la clase dirigente está decidida a ignorar Internet. Es comprensible: la lógica de la política tal como la conocemos no puede procesar Internet, no tiene instrumentos para integrarla a su discurso, excepto como alguna clase de anomalía pasajera. ¿Por qué? Porque uno de sus axiomas es que la cantidad de poder que posee cada ciudadano es pequeña y está encapsulada, es decir, no puede articularse ni organizarse, excepto por medio de los aparatos partidarios.
Pero, debido a la aparición de computadoras económicas y portátiles y a la irrupción de Internet, el axioma ya no se cumple, o al menos no se cumple con igual consistencia. Hoy una parte sustancial de la ciudadanía lleva en el bolsillo más poder de cómputo que el que existía en todo el planeta a fines de la Segunda Guerra Mundial. Por añadidura, puede comunicarse prácticamente sin fronteras a costos irrisorios. Como ocurre con cualquier sistema de pensamiento, cuando algún axioma falla,todo el sistema falla. El primer síntoma es la confusión y la imposibilidad de prever. Nadie previó el 13-S. Muchos dudaron de que se repitiera en ocasión del 8-N. Ni propios ni ajenos pudieron hacer que sus manuales funcionaran. Esta confusión trasciende toda ideología.
Las explicaciones resultaron no menos delirantes. Por ejemplo, muchos creyeron ver en las convocatorias del 13-S y el 8-N el resurgimiento de la "antipolítica". Falso: las consignas de ambas marchas solicitaban en realidad más y mejor política. Pero parece que este nuevo orden de cosas en el que el ciudadano tiene más poder y puede articularlo fácilmente debe calificarse de anomalía (el 13-S está bien, pero no se va a repetir) o descalificárselo sin más (se viene la antipolítica).
Lo mejor y lo peor de nosotros
Que los argentinos aparezcamos en el tope de los pueblos que participan en esta movida no es tampoco una sorpresa. Los que vienen siguiendo las estadísticas de Internet saben que siempre fuimos extraordinariamente activos en la Red, en particular al crear contenidos y publicar blogs. Nuestros productos web (la página de este diario, sin ir más lejos) están entre los mejores del mundo. Somos uno de los países con más cuentas de Hotmail y Gmail. Desde luego, cuando aparecieron Facebook y Twitter, abrazamos las nuevas formas de comunicación con nuestro tradicional desenfado y entusiasmo. No nos quedamos ahí. En Instagram, la joven red social de las fotos instantáneas, ya tenemos grupos muy inquietos, como #igerslaplata. Es más: la Argentina fundó en 2007 su propia red social, Sonico, que hoy posee 53 millones de usuarios.
La transversalidad de las redes sociales está presente también en la forma en que usamos estos servicios. Con esa facilidad que nos caracteriza para abrirnos al otro, publicamos desde profundas reflexiones sobre filosofía, paternidad, salud o política hasta lo que estamos comiendo, incluyendo, claro está, laapetitosa foto. Como en una reunión familiar, todo es excusa para el comentario y el retruécano. Hacernos callar no parece la mejor idea del mundo, eso se cae de su peso.
Las redes sociales, en particular Twitter, se articulan de una manera casi perfecta, sin fisuras, con lo mejor que tenemos. Pero también con lo peor. Y no me refiero al horrísono humor negro del que somos perpetuos cultores (y del que me confieso admirador, muy a mi pesar), sino a la intolerancia de la que solemos hacer gala.
Las sangrientas batallas en Twitter y Facebook, muchas veces sazonadas por las tristemente obvias acciones de operadores oficialistas, se evitarían si nos diéramos cuenta de que en toda discusión casi siempre ambos contendientes tienen una parte de la razón, y que la verdad, como dijo genialmente Hans Urs von Balthasar, es sinfónica. Es algo que tenemos que aprender como nación y que en Twitter se ve a menudo. Se nos halla tan amigueros como divididos. Una paradoja que nos pinta de cuerpo entero.
Pero estamos siendo, cuanto menos, auténticos. En un mundo social, resultamos ser los que más tiempo pasamos socializando. Lógico..
 
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Para más información cinéfila ver este link:
http://www.cinenpunta.blogspot.com.ar/2011/01/social-network-la-red-social.html

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