miércoles, 3 de noviembre de 2010

LOS LIMONEROS (Etz Limón -עץ לימון) O LOS MUROS DE LA VERGÜENZA



Dirección: Eran Riklis.
Países: Israel, Alemania y Francia.
Año: 2008.
Duración: 106 min.
Género: Drama.
Interpretación: Hiam Abbass (Salma Zidane), Ali Suliman (Ziad Daud), Doron Tavory (Navon), Rona Lipaz Michael (Mira Navon), Tarik Copti (Abu Hussam), Amos Lavie (capitán Jacob), Amnon Wolf (Leibowitz), Smadar Yaaron (Tamar Gera), Ayelet Ro-binson (Shelly).
Guión: Suha Arraf y Eran Riklis.
Producción: Bettina Brokemper, Antoine de Clermont-Tonnerre, Michael Eckelt y Eran Riklis.
Música: Habib Shehadeh Hanna.
Fotografía: Rainer Klausmann.
Montaje: Tova Ascher.
Diseño de producción: Miguel Merkin.
Vestuario: Rona Doron.


Explicar la presencia del pueblo judío en Palestina, o entender por qué los palestinos se encuentran ocupando la tierra del presunto estado israelí, es quizá una de las investigaciones acerca de los movimiento migratorios más extraordinarios de nuestra tierra. Las fuentes utilizadas por cada uno de los contendientes, mezcla de fuentes consideradas científicas con escritos y elementos sagrados o extraídos de textos religiosos, son a veces tan difíciles de entender como el incuestionable odio que se profesan profundo y milenario. Si a esto le agregamos la contribución del mundo occidental a la disputa, ya sea de la vieja Europa, como de América del Norte, ávidos por los recursos y el control de las rutas del petróleo y las drogas, los territorios árabes configuran un cóctel explosivo para el mundo entero fuera de todo control.



Un texto que reproducimos en su totalidad tomado de guiadelmundo.org.uy, quizá ayude a explicar en forma más detallada, hasta donde se puede, la naturaleza de las relaciones, ya milenarias, entre esos dos pueblos, y trata sobre el origen del pueblo palestino. Reproducimos textualmente lo allí relatado sobre este apasionante período de la historia de la humanidad, quizá uno de los más importantes para el nacimiento de la civilización llamada judeo-cristiana, y del mundo occidental:


El asentamiento de los cananeos (pueblo que junto a los filisteos está en el origen del pueblo palestino) en la tierra que se conoció como Canaán, y que luego se llamaría Palestina, tuvo lugar entre el 3000 y el 2500 a.C. Los jebuseos, una de las tribus cananeas, levantaron allí un poblado al que llamaron Urusalim, (Jerusalén), «ciudad de la paz».


Hacia el año 2000 a.C. pasó por Palestina otro pueblo semita nómade, los hebreos, conducido por Abraham. Siete siglos más tarde, volvieron, procedentes de Egipto, doce tribus hebreas al mando de Moisés. Se trabaron violentos combates por la posesión de la tierra.


Cuatro siglos después David unificó el reino judío. Tras la muerte de su hijo Salomón, los hebreos se dividieron en dos reinos, Israel y Judea, que más tarde cayeron en manos de los asirios (721 a.C.) y los caldeos (587 a.C.). En esta última fecha Nabucodonosor destruyó Jerusalén y llevó a los judíos en cautiverio a Babilonia.


Palestina fue conquistada por Alejandro Magno en el 332 a.C y quedó bajo dominio griego. A su muerte retornó al imperio egipcio de los Ptolomeos. Más tarde fue dominada por los seléucidas de Siria. Una rebelión encabezada por Judas Macabeo restableció un estado judío en el año 67 a.C.


En el 63 a. C. Palestina fue incorporada al Imperio Romano. Los romanos reprimieron severamente la resistencia de los macabeos, zelotes y otras tribus judías. Como parte de esa represión fueron crucificados miles de rebeldes, alrededor del año 30 d.C., en los tiempos de Jesús de Nazareth.


En el 70 d. C. el emperador romano Tito destruyó el Templo de Salomón. Años más tarde, en el 135 d.C., los judíos fueron expulsados de Jerusalén y el emperador Adriano construyó una ciudad pagana sobre sus ruinas.


A partir del año 330 Palestina quedó bajo el dominio Bizantino. En el año 638 Omar Al-Khattaab entró en Jerusalén, puso fin a la era bizantina y dio inicio la era árabe-islámica. Según la tradición islámica, en esa ciudad ascendió al cielo el profeta Mohamed (Mahoma), con lo que Jerusalén adquirió carácter sagrado para las tres grandes religiones monoteístas, nacidas de un tronco común. La fe islámica y el idioma árabe unificaron a los pueblos semitas, excepto los judíos. Con breves intervalos de dominación parcial de los cruzados cristianos y los mongoles en los siglos XI, XII y XIII, Palestina tuvo gobiernos árabes durante casi un milenio e islámicos durante un milenio y medio.


En 1516 el Imperio Otomano conquistó Jerusalén y mantuvo allí su hegemonía hasta el fin de la Primera Guerra Mundial.


A partir de 1878 comenzaron a establecerse los primeros asentamientos de judíos en Palestina, impulsados por el movimiento sionista. Alrededor de 25 mil inmigrantes entraron ilegalmente desde el este de Europa. El barón francés de origen judío Edmond Rotschild apoyaba económicamente las actividades sionistas. En 1895 el total de la población de Palestina ascendía a 500 mil personas: 453 mil eran árabes palestinos y ocupaban 99% de la tierra; 47 mil eran judíos y eran dueños del 5% de la tierra.


El Fondo Nacional Judío, fundado por el V Congreso Sionista, se encargó de comprar tierras y entre 1904 y1914 se produjo la segunda ola migratoria. En 1909 se instaló el primer kibutz (granja colectiva) al norte de Yaffa.


Al estallar la Primera Guerra Mundial, Inglaterra prometió la independencia de las tierras árabes bajo el gobierno otomano, incluyendo Palestina, a cambio de su apoyo contra Turquía, aliado de Alemania.


En 1917, el ministro de Relaciones Exteriores británico envió una carta al barón Rotschild (conocida como «Declaración Balfour») en la que comprometía los esfuerzos de Inglaterra para la creación de un Hogar Nacional Judío. Los palestinos realizaron su primera conferencia en 1919 y se opusieron a la Declaración Balfour, pues aspiraban a la creación de un Estado Palestino independiente, tal como los británicos habían prometido a cambio de su apoyo durante la guerra.


En 1920 la Conferencia de San Remo garantizó el mandato británico sobre Palestina. Dos años más tarde el Consejo de la Liga de las Naciones promulgó un mandato que promovía el establecimiento en ese territorio de un Hogar Nacional para el pueblo judío. Durante seis meses los palestinos realizaron huelgas y movilizaciones en protesta por las confiscaciones de tierra y la inmigración ilegal, que tenía por objeto aumentar la escasa población judía y justificar sus aspiraciones territoriales.


El gobierno inglés publicó un nuevo «Libro Blanco», que restringía la inmigración judía y ofrecía la independencia de Palestina al cabo de 10 años. La resolución fue rechazada por los sionistas, quienes organizaron milicias y lanzaron una campaña sangrienta contra británicos y palestinos. El 9 de abril de 1948, un destacamento de la organización «Irgun», comandado por Menahem Begin, invadió la aldea de Deir Yassin y asesinó a 254 civiles. El terror provocó el éxodo de decenas de miles de palestinos.


Al fin de la Segunda Guerra Mundial, las Naciones Unidas aprobaron la partición de Palestina (Resolución 181). Los palestinos, que constituían el 70% del total de la población y tenían el 92% de la tierra, fueron reducidos al 43% del territorio. El resto fue entregado a los judíos, que representaban el 30% de la población y poseían sólo el 8% de la tierra. Jerusalén se consideró dentro del 1% que quedaría como zona internacional.


El 14 de mayo de 1948 los judíos proclamaron el Estado de Israel. Al día siguiente estalló la primera Guerra Árabe-israelí y nació el «conflicto de Oriente Medio». Palestina quedó dividida en tres partes: la que ocupaba Israel; la ribera occidental del Jordán (Cisjordania) que pasó a Jordania, y Gaza, que quedó bajo la administra-ción de Egipto. Unos 700 mil palestinos fueron expulsados de sus hogares, huyeron a los países vecinos y se instalaron en campos de refugiados.


En 1964 se creó la a Organización para la Liberación de Palestina (OLP), para defender los intereses del pueblo palestino y afirmar su identidad a nivel regional e internacional. En 1969 Yasser Arafat fue elegido presidente de la organización.


Los grupos palestinos que actuaban en la clandestinidad, como Al Fatah, desconfiaban de esa organización promovida por los gobiernos árabes y también de su énfasis en la lucha diplomática. Convencidos de que la recuperación del territorio sólo sería posible a través de operaciones militares, el 1° de enero de 1965 realizaron la primera acción armada en Israel.


En 1967 estalló la Guerra de los Seis Días: Israel ocupó todo Jerusalén, el Golán sirio, el Sinaí de Egipto y los territorios palestinos de Cisjordania y Gaza. La ONU llamó a Israel a retirarse de los territorios árabes ocupados por la fuerza y declaró el derecho de los palestinos al retorno y a la autodeterminación.


La derrota de los ejércitos árabes reforzó la convicción de que la lucha guerrillera era el único camino. En marzo de 1968, durante un combate en el pueblo de Al Karameh, los palestinos obligaron a los israelíes a replegarse. La escaramuza pasó a la historia como la primera victoria de las armas palestinas. Los grupos armados se integraron a la OLP y obtuvieron el respaldo de los gobiernos árabes.


El fortalecimiento político y militar de los palestinos fue percibido como una amenaza por el rey Hussein de Jordania, que hasta entonces había actuado como su representante y portavoz. En setiembre de 1970 esta situación se volvió insostenible. Elementos de la resistencia palestina en Jordania, conocidos como fedayines (del árabe fida’i, «el que sacrifica su vida por la causa») fueron atacados por fuerzas del rey Hussein, compuestas mayoritariamente por beduinos, en respuesta a varios secuestros de aviones civiles perpetrados por el Frente de Liberación Palestina, liderado por George Habash. Una guerra civil de 10 días derivó en 3.500 muertes y gran destrucción material en Jordania. La OLP fue expulsada de Jordania e instaló su cuartel general en Beirut.


El nuevo exilio redujo la posibilidad de realizar acciones armadas dentro de Israel y surgieron grupos radicalizados como «Setiembre Negro», cuyo nombre derivó de la lucha entre fuerzas del gobierno jordano y fedayines palestinos, que realizaron atentados contra instituciones y empresas israelíes en Europa y otras partes del mundo.


La dirección de la OLP pronto comprendió la necesidad de cambiar su táctica; sin abandonar la lucha armada, inició una gran ofensiva diplomática y pasó a dedicar gran parte de sus esfuerzos a consolidar la unidad e identidad palestinas. La Conferencia de Argel de los No Alineados, celebrada en 1973, identificó por primera vez el problema palestino, en lugar de la rivalidad entre Israel y los países árabes, como la clave del conflicto en Oriente Medio.


En 1974 una conferencia cumbre de la Liga Árabe reconoció a la OLP como «único representante legítimo del pueblo palestino». En octubre de ese año la OLP fue admitida como observadora por la Asamblea General de la ONU, que reconoció el derecho del pueblo palestino a la autodeterminación e independencia. El 10 de no-viembre de 1975, la Asamblea General de Naciones Unidas adoptó, por una votación de 72 a 35 (con 32 abstenciones), la Resoulción 3379, que estableció que el «sionismo es una forma de racismo y discriminación racial». La resolución fue revocada el 16 de diciembre de 1991, por una votación de 111 contra 25 (y 13 abstenciones).


El programa de la OLP, acordado en 1968, llamaba a sostener la lucha armada contra la «ocupación sionista», para liberar toda Palestina, incluyendo las fronteras internacionales del Estado de Israel, reconocidas antes de la guerra de 1967. «La lucha armada es la única vía para liberar Palestina. Esta es la estrategia general, no meramente una fase táctica». Ello implicaba, necesariamente, el fin del actual Estado de Israel. No obstante, sin renunciar a esta meta, la OLP pasó a admitir como «solución temporal» el establecimiento de un Estado palestino independiente «en cualquier parte del territorio eventualmente liberado por las armas o del que Israel se retire».


En 1980, el primer ministro israelí Menahem Begin y el presidente egipcio Anwar Sadat firmaron, con mediación estadounidense, un acuerdo de paz en Camp David. Israel se comprometía a retirarse de la península del Sinaí. Poco después se multiplicaron los asentamientos en Cisjordania, con apropiación de tierras palestinas aumentando la tensión en los territorios ocupados. Sucesivas votaciones contrarias a estas medidas en las Naciones Unidas quedaron desprovistas de todo efecto práctico, ya que el veto estadounidense en el Consejo de Seguridad hacía imposible cualquier tipo de sanción contra Israel.


En julio de 1982, en un intento de «resolver definitivamente» el problema palestino, fuerzas israelíes invadieron Líbano. Buscaban destruir la estructura militar de la OLP, capturar el mayor número posible de sus dirigentes, que desarrollaban ataques a lo largo de la frontera norte de Israel, anexar la parte sur del Líbano e instalar en Beirut un gobierno dócil. La masacre ocurrida en los campamentos de refugiados de Sabra y Shatila, llevada a cabo por el Ejército Libanés bajo las ordenes del Ministro de Defensa Israelí, Ariel Sharon, hizo surgir la simpatía internacional para con el sufrimiento del pueblo palestino. El cuartel general de la organización pasó a instalarse en Túnez y, en recorrida por Europa, Yasser Arafat fue recibido con honores de jefe de Estado en varios países, en particular en el Vaticano.


Discretamente la OLP inició conversaciones con dirigentes israelíes proclives a una solución negociada con los palestinos. La invasión del Líbano hizo surgir grupos pacifistas pequeños pero activos dentro de Israel, que reclamaban un diálogo con la OLP. Algunos grupos palestinos radicales cuestionaron esa aproximación y discreparon con la línea política de Arafat. La OLP se dividió y sus fracciones se enfrentaron, a veces violentamente.


En 1987, tras años de dificultades internas, el Congreso Nacional Palestino, reunido en Argel, recompuso la unidad de la OLP.


Ese mismo año los funerales de varios jóvenes palestinos muertos en enfrentamientos con patrullas militares israelíes llevaron a nuevas confrontaciones, huelgas generales y protestas civiles. Comenzó la Intifada (levantamiento popular) en la franja de Gaza, Cisjordania y Jerusalén Oriental. La Intifada marcó una nueva etapa en la lucha palestina: por primera vez la población –jóvenes, niños y ancianos– se levantaba contra del ejército de ocupación. Muchos civiles desarmados arrojaban piedras en las luchas callejeras, hecho que causó impacto mundial debido a la utilización, por parte de la ocupación israelí, de armamento pesado para reprimir las protestas. La Intifada duró aproximadamente cinco años y socavó la ya precaria economía de los habitantes de los territorios ocupados.


El 14 de noviembre de 1988, el Consejo Nacional Palestino (parlamento en el exilio), reunido en Argel, proclamó el Estado Palestino Independiente, de acuerdo a la resolución 181 de Naciones Unidas de 1948 que dividía Palestina en dos estados, uno judío y otro árabe palestino. Esto implicaba aceptar al Estado de Israel. Días después, 54 países reconocieron al nuevo Estado.


Arafat fue elegido presidente palestino y en esa condición habló en la Asamblea General de la ONU. Repudió el terrorismo, aceptó la existencia de Israel y pidió el envío de fuerzas internacionales a los territorios ocupados. Como consecuencia de su discurso, el presidente estadounidense Ronald Reagan decidió iniciar conversaciones con la OLP.


Al estallar la Guerra del Golfo en 1991, las simpatías pro iraquíes del pueblo palestino se expresaron claramente. Este apoyo privó a la OLP del sostén financiero de las ricas monarquías del Golfo, contrarias al régimen de Irak.


En setiembre de 1991 Arafat fue confirmado como presidente de Palestina y de la OLP, y el Consejo Nacional Palestino aceptó la renuncia de Abu Abbas, líder del Frente de Liberación de Palestina. Abbas fue condenado en rebeldía por un tribunal italiano a cadena perpetua por el secuestro del crucero «Achille Lauro», en 1985.


En 1991, auspiciada por Estados Unidos y la ex URSS, comenzó en Madrid la primera Conferencia de Paz para Oriente Medio. Palestinos e israelíes acordaron el reconocimiento mutuo.


En setiembre de ese año se firmó en la Casa Blanca la Declaración de Principios entre Israel y la OLP, que estableció un plazo de cinco años para la retirada de Israel de los territorios ocupados y para la discusión del estatuto definitivo de la franja de Gaza, Cisjordania y Jerusalén oriental, culminando con el establecimiento de un Estado Palestino independiente.


El parlamento israelí ratificó el reconocimiento de la OLP y la Declaración de Principios. El Consejo Central de la OLP aprobó, por su parte, el texto acerca de la autonomía.


Hamas y Hizbollah en el campo palestino, así como los colonos de los asentamientos ubicados en los territorios ocupados y la extrema derecha, del lado israelí, se opusieron al acuerdo. En un clima de hostilidad, se pospuso la retirada militar israelí de Gaza y Jericó, prevista para el 13 de diciembre.


En mayo de 1994, Rabin y Arafat firmaron el acuerdo de autonomía «Gaza y Jericó primero», mientras continuaba la retirada israelí, lo que permitió el regreso de soldados del Ejército de Liberación de Palestina exiliados en Egipto, Yemen, Libia, Jordania o Argelia.


Luego de 27 años de exilio Arafat llegó a Gaza en julio y asumió como jefe del Ejecutivo de la Autoridad Nacional Palestina (ANP). En las zonas donde regía la autonomía palestina comenzó una afluencia de inversiones de capitales palestinos y extranjeros, además de la ayuda internacional, para preparar los cimientos del futuro Estado.


La lucha entre el histórico líder de la OLP y sus adversarios islamistas, opuestos a los acuerdos con Israel, se hizo cada vez más violenta. Arafat quería que Hamas participara en las elecciones generales palestinas de enero de 1996, lo que le hubiera dado mayor legitimidad a su liderazgo. Los islamistas boicotearon los comicios. Arafat fue elegido presidente con 87% de los votos y los candidatos oficialistas obtuvieron 66 de las 88 bancas en juego.


La elección de Benyamin Netanyahu, líder conservador del Likud, como primer ministro israelí (ver Israel) en mayo agravó la tensión entre ambos países.


Las difíciles negociaciones culminaron con el retiro de las tropas israelíes de la ciudad de Hebrón en 1997. Ese mismo año, y en base a los acuerdos entre ambas partes, se logró la liberación de presos políticos palestinos de las cárceles israelíes. A fines de 1997 se produjo un quiebre en las conversaciones, debido a que Netanyahu desconoció lo acordado y continuó con la construcción de nuevos asentamientos ilegales. El hecho originó fuertes enfrentamientos y duras condenas internacionales. Arafat manifestó que, vencido el plazo de cinco años establecido en compromisos asumidos, él declararía un Estado Palestino independiente con capital en Jerusalén Oriental.


En 2000, el presidente estadounidense Bill Clinton invitó a Arafat y al primer ministro israelí Ehud Barak a reunirse en Camp David. Las propuestas norteamericanas e israelíes para un acuerdo definitivo no cumplían las demandas palestinas básicas: no se desmantelaban los asentamientos ilegales de Cisjordania, no se contemplaba el retorno de los refugiados ni el control palestino de las fronteras. Jerusalén, ciudad santa para musulmanes y judíos, se convirtió en el mayor obstáculo para la negociación ya que las partes pretendían erigir allí su capital.


La tensión se agravó con la visita del ex ministro de defensa israelí Ariel Sharon a la explanada de las mezquitas, en Al Quds/Jerusalén, lugar sagrado para musulmanes y judíos. Fue el inicio de una nueva Intifada; una serie de ataques suicidas con bomba en centros urbanos israelíes provocaron numerosas víctimas civiles israelíes y Tel Aviv retomó sus bombardeos sobre poblaciones palestinas que dejaron 400 muertos.


La victoria de Sharon en las elecciones israelíes de febrero 2001 fue un nuevo golpe al proceso de paz. Ese mes la secretaría general de Naciones Unidas dio a conocer un documento que señalaba que el bloqueo económico impuesto por Israel en Cisjordania y la franja de Gaza ponía al gobierno de Arafat al borde del colapso por falta de fondos.


El enviado especial de la ONU a Medio Oriente, Terje Roed-Larsen, advirtió que si otros países no apoyaban monetaria y urgentemente a los palestinos (según el informe se necesitaban 1.000 millones de dólares para el resto de ese año) la violencia se incrementaría.


Durante los meses siguientes los combates aumentaron. La arremetida israelí y el estancamiento de las nego-ciaciones aumentaron la resistencia contra la ocupación y Sharon respondió con asesinatos selectivos a presuntos terroristas y amplió su ofensiva atacando núcleos y pueblos palestinos con helicópteros y barcos de guerra. Varios cientos de palestinos murieron durante la rebelión y las acciones militares continuaron con la ocupación de los territorios bajo relativo control palestino.


Tras los ataques contra Nueva York y Washington del 11 de setiembre de 2001, Sharon creyó que la opinión pública internacional y la actitud de los gobiernos occidentales podría volverse a su favor, y profundizó su ofensiva contra la rebelión palestina. Debido a la necesidad de sumar aliados a su campaña antiterrorista contra el régimen talibán afgano, George W. Bush prefirió mantenerse distante y evitar confrontaciones con el resto de los países árabes.


Numerosos atentados suicidas realizados por militantes radicales palestinos señalaron una nueva fase del enfrentamiento. Para reforzar la seguridad, Sharon limitó el tránsito de bienes y personas a través de las fronteras de Cisjordania y la franja de Gaza desde el inicio de la insurrección. La medida perjudicó tanto a obreros como a empresas palestinas.


En diciembre Sharon cortó toda negociación con Arafat. La nueva estrategia israelí pasaba por no considerar al líder palestino como interlocutor válido.


Las restricciones al movimiento de bienes y personas en Israel y los territorios ocupados tras 18 meses de rebelión situaron a la economía palestina al borde de la quiebra. El cierre continuado de los puestos fronterizos causó daños irreparables. El desempleo se triplicó, afectando a casi el 30% de la mano de obra palestina.


En marzo se celebró en Beirut la cumbre de países árabes, a la que Arafat no pudo asistir porque Sharon lo mantuvo sitiado en su búnker de Ramala durante más de un mes.


Pese al caos que marcó su inicio, la cumbre culminó con la aprobación de un plan de paz que incluía una deci-sión histórica: los firmantes se comprometían a reconocer al Estado de Israel, siempre que éste se retirara a las fronteras anteriores a 1967 y permitiera el regreso de los tres millones de refugiados palestinos, y la formación de un Estado palestino con parte de Jerusalén como su capital. Israel calificó de «inaceptable» la propuesta.


En abril Al Fatah, Hamas, Jihad Islámica, el Frente Popular y el Frente Democrático para la Liberación de Palestina, acordaron por primera vez un plan de lucha común «para hacer frente a todo ataque israelí». La mayoría de los 82 suicidas que habían atacado objetivos en Israel y en los asentamiento judíos desde el comienzo de la Intifada, militaban en esas organizaciones integristas.


Ese mismo mes, el campo de refugiados de Jenín fue escenario de sangrientos bombardeos israelíes y cientos de palestinos murieron. Terje Roed-Larsen, el enviado de la ONU, calificó de «desastre humanitario moralmente repugnante» lo ocurrido en Jenín y declaró a Sharon «persona no grata». Tras las incursiones en Jenín y otras áreas bajo relativo control de la ANP, Israel hizo prisioneros a unos 5 mil palestinos.


En junio de 2002 Bush llamó a los palestinos a repudiar el liderazgo de Arafat y buscar un líder que no estuviese «comprometido con el terrorismo». En diciembre Arafat postergó la realización de elecciones, responsabilizando a Israel.


En marzo de 2003, Mahmoud Abbas (un político moderado, conocido como Abu Mazen) asumió como primer ministro palestino. En abril, Bush presentó a Sharon y a Abbas un nuevo plan de paz conocido como «Hoja de Ruta», impulsado por el denominado «Cuarteto de Medio Oriente» (EE.UU., la UE, Naciones Unidas y Rusia), que debía conducir a la creación de un Estado palestino y a la solución de todos los problemas pendientes para el año 2005. Acusado por los sectores radicales de hacer demasiadas concesiones a Israel, Abbas renunció en julio.


La violencia se intensificó. A ello se sumó la construcción de un muro de separación en Cisjordania, que según Israel buscaba impedir el ingreso de terroristas. Los palestinos consideraron el muro como un intento por demarcar unilateralmente las fronteras con un eventual Estado palestino, en condiciones ventajosas para Israel. La Asamblea General de la ONU exigió que Israel detuviera la obra, pero la Unión Europea y EE.UU. pidieron a la Corte Internacional de Justicia que se abstuviera de pronunciarse sobre la legalidad de la construcción. La barrera privó a miles de palestinos de acceder a servicios esenciales como el agua, la salud y la educación, así como a fuentes de ingresos como la agricultura y otras formas de empleo.


En marzo de 2004, tras un doble atentado suicida de Hamas en el puerto de Ashdod, Israel respondió con un plan de «asesinatos selectivos» de líderes de movimientos radicales palestinos. Con un misil disparado desde un helicóptero, Israel mató al líder espiritual de Hamas, el jeque Ahmed Yassin, de 67 años, cuando salía de una mezquita de Sabra (Gaza). Aunque el asesinato provocó el rechazo unánime de la comunidad internacional, EE. UU. vetó en el Consejo de Seguridad de la ONU una moción de condena.


Sharon anunció, en abril de 2004, el «Plan de separación unilateral con los palestinos» que incluía la evacuación de los asentamientos de la franja de Gaza y el desmantelamiento de seis colonias de Cisjordania. A cambio, Israel pretendió el apoyo de EE.UU. para el mantenimiento de «bloques de colonias» en Cisjordania, donde vive la mayoría de los 230 mil colonos israelíes, y una declaración del presidente Bush negando el derecho al retorno de los refugiados palestinos.


En octubre, las fuerzas israelíes demolieron las casas de cientos de palestinos y derribaron obras de infraestructura, matando a más de 70 personas en lo que constituyó el ataque más cruento en la Franja de Gaza en años. El ataque se realizó luego de que dos niños israelíes murieran a causa del disparo de un cohete por parte de Hamas.


El 11 de noviembre de 2004, Arafat murió en París. El funeral de Estado se realizó en El Cairo (Egipto). Final-mente Arafat sería enterrado en la sede del cuartel de la Autoridad Nacional Palestina en Ramala, pese a su deseo de ser enterrado en Jerusalén (denegado por Israel).


Rauhi Fatuh, presidente del Consejo Legislativo Palestino, asumió la presidencia de la ANP por 60 días, hasta la celebración de elecciones generales, mientras Abbas fue nombrado presidente del comité ejecutivo de la OLP.


En las elecciones de principios de febrero de 2005, Abbas, candidato del Fatah, fue elegido presidente de la ANP con 62% de los votos e inmediatamente intentó persuadir a los grupos radicales Hamas y Jihad Islámica para que suspendieran sus ataques sobre Israel.


En febrero, Abbas consiguió convencer a Hamas y a la Jihad de que declarasen un período extraoficial de alto al fuego. Con este frágil marco, Abbas y Sharon anunciaron la voluntad de encontrarse en Egipto para iniciar conversaciones, pero este encuentro nunca se produjo.


En agosto, el ejército israelí concluyó el operativo de retirada de Gaza, que incluyó la evacuación –en muchos casos forzosa– de unos 8.500 colonos, poniendo fin a 38 años de ocupación militar de la zona. La continuación de este proceso se convirtió en una incógnita cuando Sharon sufrió una hemorragia cerebral y entró en coma en enero de 2006.


Ese mes, inesperadamente, Hamas ganó las elecciones parlamentarias y obtuvo 76 de los 132 escaños en disputa. El Fatah se negó a participar del nuevo gobierno formado por Ismail Haniyeh, quien asumió como primer ministro en febrero. El primer ministro israelí interino, Ehud Olmert, anunció que no negociaría con el nuevo gobierno a menos que Hamas renunciara a la violencia y reconociese al Estado de Israel, y dejó de transferirle los fondos derivados de impuestos e ingresos aduaneros recaudados por Israel en nombre de la ANP.


El congelamiento de las transferencias de fondos israelíes y la suspensión de la millonaria ayuda económica de EE.UU. y la UE, dejaron al gobierno palestino al borde de la asfixia financiera. El gobierno del Hamas resistió las presiones internacionales para lograr que reconociese a Israel y solicitó ayuda a los países musulmanes para poder pagar sueldos públicos atrasados durante meses.


Durante todo el período, Israel continuó con su política de «asesinatos selectivos» de líderes y militantes de organizaciones palestinas.


En mayo, enfrentamientos entre policías leales a Fatah y una nueva fuerza de seguridad creada por Hamas hicieron surgir temores de una guerra civil entre palestinos. Abbas, en una difícil situación desde la llegada de Hamas al poder, anunció que convocaría un referéndum sobre el reconocimiento a Israel y la viabilidad de la coexistencia pacífica de dos Estados –uno israelí y otro palestino– como solución al conflicto.


El primer ministro y líder de Hamas, Ismail Haniya fue sustituido por Abbas en junio de 2007 por Salam Fayyad. El presidente justificó la decisión aduciendo una «emergencia nacional».


El premier israelí Olmert y el presidente Abbas se reunieron, en agosto de 2007, en Cisjordania. Ambos se mostraron conformes y optimistas sobre la posible creación de un estado palestino. Haniya, dijo que se trataba de un nuevo «largo camino que no produciría ningún efecto positivo para el pueblo palestino».


El muro de Cisjordania es uno de los tantos muros que existen en nuestra tierra, muros que dividen tierras, países, pueblos enteros, muros de carácter étnico, militar, o político-social. El de Berlín, destruido en 1989, quizá el más conocido, dividía una ciudad, y un país. Simbolizó el carácter bipolar de las relaciones entre los países del mundo, o más bien, la lucha -llamada guerra fría-, entre dos grandes poderes económicos, dos grandes concepciones del mundo, o como quieran tomarlo, entre aquellos que querían imponer su poder contra otros que defendían un status o una forma de encarar las transformaciones en el mundo. Así fue y es la historia de la humanidad, pero no justifica la ignominia, la esclavitud ni la injusticia entre los hombres. Así y todo, todos los días aparecen o se crean nuevos muros: Uzbekistan-Tayikistan (Afganistán), China-Corea del Norte, India-Bangladesh, Arabia Saudí-Irak, Méjico-EE.UU., Bostwana-Zimbaue (Sudáfrica), etc., pero uno de los más notables es el que se extiende por casi 3.000 km en el Sahara Occidental en Marruecos (España), y el que más repulsión causa, custodiado por 1500 soldados y minado totalmente en uno de sus lados.


Podemos encarar nuestra visión de este film, quizá más israelí que palestino, desde varios ángulos. Desde los limones, una alegoría, símbolo o mito, sobre los vanos e irracionales conflictos de los hombres, un elemento antinómico frente a las alambradas y el muro que se yerguen entre palestinos e israelíes en Cisjordania; desde lo político-social, una tibia historia, cruzada con rasgos románticos y sentimentalidad, por la cual se advierte acerca de la irracionalidad del conflicto entre pueblos hermanos; desde lo histórico, milenaria historia llena de conflictos y enfrentamientos entre árabes y judíos, impregnada de cuestiones religiosas y étnicas que se remontan más allá de unos miles de años; o desde lo meramente estético, donde los elementos narrativos muestran costumbres, escenarios y personajes típicos de los pueblos involucrados, con un trasfondo histórico, social y político que enmarca una historia que trata de ganar en verosimilitud apelando a lo absurdo e inverosímil mostrando al Ministro de Defensa israelí quien decide radicarse con su esposa nada menos que en la zona de conflicto a metros del muro y la frontera con Palestina. Quizá le sirva al director del film para mostrar el despliegue de los servicios de inteligencia y de seguridad ante tan descabellada acción, su frialdad y deshumanización frente a la plantación de limones con su carácter ancestral, que contiene sin duda, por su carácter hereditario.


Dos vertientes nos acercan a la estética de esta película israelí. Por un lado, su costado intimista, por el otro, la influencia del realizador iraní Abbas Kiarostami. “El viento nos llevará” 1999, “El sabor de las cerezas” 1997, “A través de los olivos” 1994, “Primer plano” 1990, “La tarea del colegio” 1989, “¿Dónde está la casa de mi amigo?” 1987, “El informe” 1977, etc., son las obras de este autor. Me corrijo, más que sus films, su concepción de una forma de hacer cine, nada menos que en el Medio Oriente, o el Sudoeste de Asia, y por la lógica influencia geopolítica en el norte de África, zonas consideradas de las más críticas, desde todo punto de vista, del mundo. Aunque son dos caras de una misma moneda, dotar a semejante conflicto (árabe-israelí) de un carácter lírico, a veces romántico, es una empresa que incursiona en el perfil ingenuo o cándido de la realización, si tenemos en cuenta que no es precisamente esta característica la que define y marca la bélica y cruenta relación entre ciertos países de esa región. Pero creemos, y hay mucho elementos narrativos que parecen indicarlo, que el cine de Kiarostami -nacido en Teherán, en 1940- está muy impregnado de paisajismo, color local, y metáforas filosófico-políticas más para consumo occidental que iraní. Pero tampoco compramos incondicionalmente la visión hollywoodense del film (Oscar 2009) "Vivir al límite" de Kathryn Bigelow, o "Zona Verde" (2010) de Paul Greengrass, producciones que resaltan el tono violento y descarnado de la guerra fundamentalista que ha emprendido EE.UU contra el mundo musulmán. Películas que nos muestran en su costado más freudiano la forma en que el cine norteamericano ha encarado el conflicto. Actitud muy semejante a las obras hechas donde muestran la patología de las relaciones humanas y fronterizas con sus vecinos los mejicanos.


Lemonada (en la cultura palestina) es un refresco servido generalmente frío, hecho de limón o del jarabe de naranja, exquisito sin duda, y se lo ve surcando en forma continua y permanente este film. Todos lo toman, servido por la protagonista. Esta forma de presentar la bebida, llena de contenido mítico-religioso y buenas intenciones, más la milenaria presencia de los limoneros confieren a este film de cierto encanto dulzón, y una mágica llamada a la buena voluntad y sanos sentimientos de protagonistas y funcionarios.

Pero no sólo es el limón es un elemento de la cultura palestina, para la cultura judía la “cidra” en su variedad “etrog” es parte de la simbología de una fiesta religiosa lla-mada “de los Tabernáculos o festival de la siega”, dedicada al agradecimiento a Dios y a la abundancia de la cosecha. El cultivo de limoneros y olivos es parte de una ceremonia palestina, hoy en día, para repudiar la construcción del muro iniciado por los israelíes. El film de Eran Riklis retoma esta actitud, y construye esta película donde incorpora esta simbología, pero el voluntarismo y la ingenuidad que se advierte en sus imágenes y sus personajes, la hacen o la convierten en preocupante ya que su afán pacifista y reivindicatorio la ubican más sobre el terreno de los que verdaderamente detentan el poder que de las víctimas de las inequidades o injustos “daños colaterales”.

Héctor Correa
Punta Alta, noviembre de 2010

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