sábado, 22 de noviembre de 2008

PARIS, JE T'AIME. UN MÚLTIPLE SOBRE EL AMOR





“París, je t’aime”. Países: Francia y Alemania (2006). Duración: 120 minutos. Directores (transición de los capítulos a cargo de Emmanuel Benbihy): Olivier Assayas (Quartier des Enfants Rouges), Frédéric Auburtin & Gérard Depardieu (Quartier Latin), Gurinder Chadha (Quais de Seine), Sylvain Chomet (Tour Eiffel), Joel & Ethan Coen (Tuileries), Isabel Coixet (Bastille), Wes Craven (Père-Lachaise), Alfonso Cuarón (Parc Monceau), Christopher Doyle (Porte de Choisy), Richard LaGravenese (Pigalle), Vincenzo Natali (Quartier de la Madeleine), Alexander Payne (14e arrondissement), Bruno Podalydès (Montmartre), Walter Salles & Daniela Thomas (Loin du 16e), Oliver Schmitz (Place des Fêtes), Nobuhiro Suwa (Place des Victoires), Tom Tykwer (Faubourg Saint-Denis), Gus Van Sant (Le Marais). Producción: Emmanuel Benbihy y Claudie Ossard.

Cuando Erich Fröm escribe su célebre “El arte de amar” en una de las primeras páginas coloca este párrafo de Paracelso, cuyo nombre completo era Philippus Aureolus Theophrastus Paracelsus Bombastus von Hohenheim, y había nacido en Suiza en 1493. Su otra frase, también célebre fue: "Tan pronto como el hombre llega al conocimiento de sí mismo, no necesita ya ninguna ayuda ajena.", después de haber denostado las obras de Galeno y Aviceno diciendo que en los cordones de sus zapatos había más sabiduría. Por supuesto, terminó siendo echado de Basilea, a más de uno no le gustó este tipo de comentarios. Fue muy famoso también como alquimista y la piedra filosofal.

“Quien no conoce nada, no ama nada. Quien no puede hacer nada, no comprende nada. Quien nada comprende, nada vale. Pero quien comprende también ama, observa, ve... Cuanto mayor es el conocimiento inherente a una cosa, más grande es el amor... Quien cree que todas las frutas maduran al mismo tiempo que las frutillas nada sabe acerca de las uvas.” PARACELSO

Esta película, o mejor dicho, estos dieciocho cortos (cinco minutos de promedio cada uno), intentan conformar un film. Un film sobre el amor, y en el afiche oficial recalcan que es sobre el amor romántico en la romántica y ardorosa geografía urbana parisina: sus barrios, sus calles, sus moradas y su gente.

Un cosa me gustaría señalar antes que nada, y es lo siguiente: lo del amor es secundario, pero los personajes que muestra, las calles que pinta, y las historias que algunos de los directores cuentan van más allá, y París ya no es ese mundo mágico sobre el amor, más bien es una tétrica y escandalosa ciudad cosmopolita y descarnada, como muchas otras de la Europa decadente.

Está compuesta la película de dieciocho cortometrajes, cada uno de los cuales sucede en un barrio distinto de la ciudad de París, nos dice la información oficial de los productores del film. Y es así. Los creadores de la idea quisieron que fuera así, los productores, los que convencieron a los distintos realizadores para que colaboraran cada uno con una pequeña historia sobre el amor en París.

No me quedo con la obra completa, hilvanada y cocida, me quedo con algunos cortos que retratan un París distinto, lejos de las promociones turísticas y la imagen light de la industria hollywoodense sobre el cine francés, cocinada precisamente para el norteamericano medio deseoso de recorrer esas míticas calles del más hipócrita sentimentalismo, y de las luchas por la libertad y la fraternidad universales.

Por otra parte no ha habido otro que como Woody Allen haya trabajado tanto para transformar una ciudad como Nueva York en una ciudad querible, entrañable y única, para él, por supuesto. Quizá sirva como ejemplo de cómo tratar la geografía urbana en función de objetivos estéticos y no meramente turísticos.

Pero no quiero decir que esta película, así estructurada, haya perseguido esos fines banales o superficiales, sin pretender menoscabar la famosa “industria sin chimeneas”, así llamada también la labor turística. Algunos de los cortos han ido más allá, no hay que negarlo. Otros, se han limitado a mostrar, detrás de una floja historia, las calles de París y la Torre Eiffel, símbolo irreductible de la industria metal-mecánica tal vez.



Analizar cada uno de los 18 cortos quizá sea una labor pesada y a lo mejor sin mucho sentido. Sólo uno me gustaría recordar en este momento, el de los hermanos Coen (“Tuileries”) por dos razones: primera, de Jarden de Tuileries (bellos jardines sin duda) sólo se ve el cartel en la estación del metro parisino, y segunda razón, el hombre francés es más violento de lo que parece, y su romanticismo está impregnado de irracionalidad y fatuidad. Dos cuestiones que desmitifican y nos acercan o nos ilustran más que nada acerca de la humanidad del parisino, que no escapa a las miserias del resto del mundo y del hombre contemporáneo.

Sobre el tema de la geografía urbana y del tratamiento que los distintos directores han hecho de ella no hay duda de la influencia que sobre el hombre ha tenido la naturaleza en lo que se refiere a su relación con la imagen y su percepción, sobre todo con la imagen en movimiento. La ciudad es y deviene naturaleza, los personajes se mueven en ella como el pez en el agua, se mueven, lloran y se ríen, sufren y son felices, aman y odian, en sus calles, bajo sus techos, en sus lugares más recónditos y en los espacios menos imaginables. El cine tiene innumerables ejemplos, a través de su historia, de esta intensa relación entre cine y urbe, o entre cine y naturaleza. La literatura, especialmente la novela del siglo XIX, Balzac, Sthendal, Flaubert, Zola, Jane Austen, las hermanas Brönte, Tolstoi, etc., le ha legado la forma de contar, la arquitectura del personaje, y el escenario, todos recursos narrativos que aún hoy guardan cierta vigencia en el cine que vemos día a día. Pero, sólo algunos pocos realizadores han intentado replantear las formas, y han incursionado en técnicas y puntos de vista, relaciones contextuales, y construcción y deconstrucción de personajes con tanteos rupturistas donde nuevas concepciones del mundo y nuevos conceptos sobre la realidad tratan de modificar la manera no sólo de ver nuestro entorno si no, también, las relaciones entre los hombres.

En la última jornada donde vimos esta película, organizada por el profesor Gustavo Junciel, en el Instituto Superior perteneciente al ex Colegio Nacional de Punta Alta, en el ciclo "Fotogramas de la posmodernidad", dijimos en la pequeña introducción que nos tocó desarrollar, que el tema del amor en estos tiempos que corren podría ser tratado en cualquier ciudad del mundo con los mismos rasgos, aristas y problemáticas que los productores del film quisieron resaltar, por lo que la cita de Erich Fröm nos pareció apropiada en tanto y en cuanto alude a la capacidad del hombre de ver y observar como una forma de llegar al amor refiriéndose a la universalidad de ese estado, regido por el conocimiento del otro, como condición esencial y vital. Ver y observar son dos términos entonces apropiados para interpretar el cine como arte, y entonces la imagen adquiere una entidad inconmensurable ya que entraña esa unidad por la que el hombre hace carne su entorno y se inserta en el contexto de la naturaleza de la que forma parte esencial. Por supuesto el ojo de Paracelsus, que vivió allá por finales del siglo XV, no es el mismo del hombre del siglo XXI, no es el mismo el ojo, el hombre ni la realidad por la cual transita y se mueve. Pero ese párrafo, citado por Fröm, adquiere relevancia porque en estos cortos de “París je t’aime”, el ojo del realizador trata, intenta, captar ese entorno y contar una historia de amor, del amor según su idea y su intención, que no es la misma que la mía o la del lector.

Bajo esta perspectiva, mirar este film es todo un desafío, no sólo porque podremos comparar distintas concepciones y formas de narrar, sino, además, porque podemos interrogarnos a nosotros mismos cómo contaríamos una historia en esta ciudad donde vivimos, en estos barrios y estos habitantes, con nuestros problemas, nuestras angustias, y nuestras calles.

Héctor Correa
Punta Alta, noviembre de 2008

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